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domingo, 14 de mayo de 2023

Psicoanálisis y psicosomática. Julio Ortega B.

El término psicosomática, que fue revalorizado después de la Segunda Guerra Mundial por aquellos practicantes de la medicina que vieron múltiples trastornos en los soldados en el campo de batalla, y que fue establecido como un tema de interés para el mundo médico, una nueva aproximación al arte de curar, no es sin embargo, nuevo… sino casi tan viejo, como el mismo ejercicio de la medicina. Tratando de rastrear la definición del término psicosomática, uno puede darse cuenta de que ha sido, fuente de confusión desde el inicio mismo de su enunciación. Al parecer es un concepto, que trata de relacionar aquello que sucede entre el soma (el cuerpo) y la psique (el alma), que intenta unir aquello que responde al fenómeno del cuerpo y lo emocional. En los orígenes de la historia de la medicina, se perfilan varias ideas fundamentales, que van a incidir sobre su misma práctica. Aparecen ya dos líneas diferentes de conceptualización. Una de ellas, parte de la Escuela Hipocrática del cuerpo, la de Cos, con su concepción dinámica, humoral y espiritual que establece qué el paciente, es el que en su conjunto se encuentra enfermo y que nos dice que no existen enfermedades sino enfermos. Otra corriente, representada por la Escuela Cnidos, de orientación materialista y organicista, piensa que el paciente tiene una enfermedad. Esta escuela se centraba más en la enfermedad como entidad independiente, y dicha concepción se continuó en el tiempo con Galeno y de ahí hasta nuestro días. Esta orientación, con su trabajo, presta poca atención al estado general de los pacientes, y la patología prevalece sobre la persona enferma, como motivo de estudio e interés. Pero tratar una afección y atender un paciente consiste en algo más que clasificar o conocer una enfermedad, esto es algo que los médicos con experiencia llegan a valorar como cierto después de muchos años de clínica. Los médicos han sabido desde siempre, que la llamada vida emocional, tiene íntima relación con los padecimientos del enfermo, y sin embargo, los conceptos estructurales introducidos por Virchow, llevaron a una separación de la psyqué del soma, y a la consideración de que la enfermedad era simplemente una cuestión que involucraba órganos y células. Él estableció las bases para el moderno avance científico de la medicina, y se debe a él mucho de la práctica médica actual que ha salvado muchas vidas. Pero en esta concepción hay una confusión entre el orden pedagógico y el orden heurístico. La enseñanza de la medicina comienza justamente por la anatomía y la fisiología del hombre normal a partir de las cuales se puede deducir a veces con bastante facilidad, admitiendo ciertas analogías mecánicas, la causa de ciertos estados patológicos, por ejemplo, en el dominio circulatorio. Sin embargo, todo parece indicar que el orden de adquisición de tales correspondencias anatomo – fisiológicas ha sido el inverso. El enfermo es quien primero experimenta que "algo no anda", ha observado ciertas modificaciones sorprendentes o dolorosas de la estructura morfológica o del comportamiento. Equivocadamente o no, ha atraído hacia ellas la atención del médico. Alertado por el enfermo, éste ha procedido a la exploración metódica de los síntomas patentes y más aún de los síntomas latentes. Nos dice Canguilhem, se produce aquí un olvido profesional, susceptible de ser explicado por la teoría freudiana de los lapsus y actos fallidos. El médico tiende a olvidar que son los enfermos quienes llaman al médico, el olvido del sujeto aquí, es no sólo un error estúpido de la medicina, sino la pervivencia de una negación del ser humano sufriente. El fisiólogo tiende a olvidar que la medicina clínica y terapéutica, no siempre tan absurda como se la quisiera declarar, ha precedido a la fisiología. El pathos es quien condiciona al logos, porque lo requiere. Lo anormal es lo que suscita el interés teórico por lo normal. Las normas sólo son reconocidas como tales en las infracciones. Las funciones sólo se relevan por sus fallas. La vida sólo se eleva a la conciencia y a la ciencia de sí misma, por la inadaptación, el fracaso y el dolor. Con la introducción de nuevos métodos examen, producto del desarrollo tecnológico, de instrumentos de precisión, la aplicación de la ingeniería de la medicina se volvió inobjetable y en términos generales benéfica. Pero, ésta disciplina se contentó a sí misma con el estudio del enfermo y su organismo, cómo si fuese una simple máquina. Los estudios de laboratorio se volvieron entonces, el único método de investigación y los médicos dejaron de escuchar a sus pacientes, empezando lo que hasta nuestros días vivimos, y que podría denominarse la era de la mecanización de la medicina. Pioneros de la psicosomática como Edward Weiss (alumno directo de Freud) e English (Weiss e English, 1949), afirmaban que la tercera parte de los pacientes que consultan al doctor, tienen síntomas que son producto de su fantasía, lo cual no quiere decir que no debemos tomar en serio sus males o procedamos a responder con indiferencia ante ellos, sino valorar sus dolencias en el contexto adecuado, estos problemas que se han llamado funcionales, comprenden dolencias en el plano del aparato músculo esquelético, las vías respiratorias, el sistema urogenital, etc. También migraña, hipersensibilidad, otros signos y síndromes aparecen, y a veces varían, en el curso de un tratamiento en este tipo de pacientes . Otra tercera parte, tienen síntomas orgánicos que en parte dependen de factores emocionales, verbigracia: a) Úlcera péptica b) Colitis ulcerosa c) Asma bronquial d) Neurodermatitis e) Artritis rematoidea f) Hipertensión esencial g) Tireotoxicosis (Bekei, 1992) y nuestra lista puede extenderse a muchos otros padecimientos. Por caso, el término de neurosis histérica desapareció del DSM III en 1980. Los signos y síntomas característicos de esta patología se englobaron en otras entidades nosológicas, en estricto sentido de la palabra con razón ya que se desvinculan los síntomas de lo que supuestamente provocaba la enfermedad, que era la migración del útero, descartándose que pudiera presentarse en hombres, cosa que Charcot y Freud rebatieron. Pero, en 1976 se empezó a utilizar el término de fibromialgia para definir una enfermedad que se caracteriza por fatiga extrema, dolor corporal persistente, difuso y generalizado, con predominio en la región lumbar, cuello, tórax y muslos, calambres o espasmos dolorosos y localizados, rigidez de intensidad variable de músculos, tendones y tejido blando circundante, dificultad para dormir, sueño no reparador, ligero e inestable, con pesadillas, y gran cantidad de descargas dolorosas en los músculos durante la noche, lo que acentúa el cansancio y la fatiga, rigidez matutina, dolores de cabeza, problemas con el pensamiento y la memoria, síntomas que impiden el funcionamiento cotidiano; se presenta aproximadamente entre el 3 y el 6% de la población general, siendo más frecuente en mujeres, comúnmente entre los 20 y los 50 años de edad. Podemos decir, junto a nuestra colega Sánchez Valis (2012) ser que la fibromialgia ha venido a ser la heredera de la neurosis histérica en la medicina postmoderna. No se ha encontrado un origen o lesión específica al igual que a la histeria, como ya lo mencionó Freud (1888) en los primeros escritos sobre la misma. Este autor no encontró alteración anatómica del sistema nervioso, y decía que ni en el futuro con las técnicas refinadas se podría comprobar alteración anatómica alguna, ya que sólo se encuentran modificaciones fisiológicas del sistema nervioso. Dada la naturaleza de la fibromialgia, no existen pruebas de laboratorio disponibles para realizar el diagnóstico, y de hecho, los resultados de radiografías, análisis de sangre y biopsias musculares son normales en estos pacientes. Se han realizado estudios inmunológicos que han presentado ciertas alteraciones pero no han sido concluyentes. El diagnóstico es clínico y se establece por exclusión de otras patologías. El tratamiento propuesto para la fibromialgia es multidisciplinario: ejercicio, psicoterapia y fármacos. Dentro de los fármacos utilizados se encuentran los antidepresivos, relajantes musculares y analgésicos. De las psicoterapias propuestas no se incluye nunca la psicoanalítica. Volvamos atrás: ¿Cómo reacciona el médico habitualmente frente a los pacientes del primer grupo? Se les maltrata en muchos casos, se les dice que no tienen ningún padecimiento, lo que ocasiona que, busquen médicos deshonestos que realicen operaciones innecesarias, lleguen a prácticas de charlatanes o chamanes que -- por lo menos -- mermen su economía, y aterricen incluso, en experiencias iatrogénicas que acaban por quebrar su salud. Al paciente, no le basta que el médico le diga: “Está todo en su mente, olvídelo, piense en otra cosa”. Para Freud (El Yo y el Ello,1923) era claro que el Yo era no otra cosa que un Yo – piel. Esta afirmación, que no fue del todo desarrollada por el creador del psicoanálisis. Implica, sin embargo, que la piel no es sólo una envoltura o un ente orgánico sino que el cuerpo tiene un doble apoyo que es biológico y social. El médico tradicional tiende a menospreciar el aspecto emocional y busca siempre una causa física para encontrar una explicación al malestar del paciente. Piensa que si no aparece la causa enseguida, debe buscársele con más calma hasta que emerja y que las causas infecciosas, alérgicas, endocrinas, y metabólicas, responsables aflorarán tarde o temprano. En el segundo caso, los médicos tienden a dar muchas vueltas o se comportan de manera temerosa para hablar con el paciente y explicarle en términos entendibles y sencillos que la causa de su padecimiento es psicogénica, por miedo a ser menospreciados como doctores o quizá ofender a su paciente. Mucho ganarían en su aproximación al paciente si pudiesen permitirse ser más francos con él, y poder preguntar: ¿Hay algo en este momento que le inquiete particularmente? Produciría, sin ninguna duda, material de mucha importancia. También el hecho de que les dedicasen algo más que 15 minutos a los pacientes, se traduciría en mejoras indudables en su estado de salud, eso desgraciadamente, contradice los criterios de las instituciones de salud pública, por lo menos en nuestro país, dónde los números cuentan más que las personas. En un estudio en la Clínica Mayo, Macy y Allen (Op cit. Weiss, English, 1949), se examinaron los expedientes de 235 pacientes que después de seis años de haber sido diagnosticados como enfermos nerviosos crónicos, habían seguido siendo tratados con la idea de que un mal no reconocido de origen físico aparecería en algún momento. El diagnóstico final, probó que el 94 % de los pacientes no tenían ningún mal, sino de origen psicogénico. Pero es sumamente interesante, saber que en ese grupo, se habían realizado 289 cirugías sobre 200 pacientes. Pero en general, e infortunadamente, el criterio médico es que los factores físicos son suficientes para proporcionar una explicación de lo que es una enfermedad. Definir las dificultades funcionales es hoy el reto para la medicina. Se trata de una combinación variable de síntomas crónicos o recurrentes que no pueden ser explicados por anormalidades estructurales o bioquímicas. Ningún sistema del cuerpo parece estar exento de estos problemas. El psiquiatra orientado únicamente de manera neurológica y que no escucha a su paciente, se comporta como un técnico o un mecánico, opera con la simplicidad de un expendedor de refrescos, al que se le depositan monedas, proporcionando neurolépticos, antidepresivos, benzodiacepinas, y sedantes hipnóticos, atendiendo sólo a la demanda inmediata de la desaparición inmediata de los síntomas del paciente. Su respuesta al malestar, es habitualmente sedar al paciente, lo que satisface, muchas veces, una demanda del núcleo familiar que ya no soporta al enfermo (a). Hoy está por demás probado, que medicamentos estabilizadores del ánimo pueden causar problemas de nacimiento. La exposición de la madre, hasta 32 días antes del nacimiento, a este tipo de substancias, puede afectar el desarrollo del tubo neural, y la exposición entre los días 42 – 63 puede afectar el labio y el paladar (Yonkers et al 2004. Op. Cit. Wise y Rundell, 2005). El problema en esta aproximación, es la pésima comprensión del enfermo y la falta de conceptualización de los factores psicosomáticos y su importancia. Algunas veces, la existencia misma de los síndromes, es puesta a debate, pues algunos llegan a pensar que estas aflicciones fueron inventadas por la industria farmacéutica para conveniencia de sus intereses, favoreciendo la introducción de nuevos productos. La verdad es que los clínicos, muchas veces, carecen de las bases teóricas para entender a sus pacientes y no poseen lo que los antropólogos llaman, convincentes Modelos Explicativos. Trabajan sin un conjunto estandarizado de conceptos, prácticas y criterios para enfocar un tipo de problemática particular que sirva como referencia, para enfrentar y resolver nuevos problemas de índole similar. Su negación de los factores inconscientes, y de las aportaciones prácticas del psicoanálisis, les hace caer, en la necedad de operar en la obscuridad, en su clínica cotidiana. Por descabellado e increíble que parezca, el difundido Manual Clínico de Medicina Psicosomática de Wise y Rundell publicado en 2005, por la American Psychiatric Publishing, Inc. no tiene una sola mención a Freud, al psicoanálisis o al inconsciente. La medicina psicosomática, debería ser, nada más y nada menos, que una aproximación mulitidimensional. Peter Novak (En: Christodoulou, 2005) nos dice que es una manera comprensiva de mirar a la salud y a la enfermedad, sin caer en sobre/simplificaciones, dogmatismos cientificistas, y soluciones simples a problemas complejos. Los métodos de investigación han progresado y se han vuelto más sofisticados pero la moderna psicosomática se basa en dos conceptos antiguos: el concepto de holística, y el de psicogénesis. El punto de vista de Aristóteles sobre la práctica médica en la Ética a Nicómaco (Aristóteles, 2012) es aquí relevante. Mencionaré, sólo algunos puntos esenciales para integrar la aproximación holística de la medicina que Aristóteles nos legó, a la medicina moderna. Así, tendríamos que: 1) La medicina funcional somática debería basarse en un conocimiento integral y sistemático del cuerpo. Un buen otorrinolaringólogo debe saber también como trabaja el sistema circulatorio, el nervioso y el músculo esquelético. 2) La actuación sobre el cuerpo debe ser complementada por un conocimiento de la esfera mental. Y el descubrimiento de Freud de que hay una parte consciente y otra inconsciente no debería ser desechado fácilmente. Agregaría, el inconsciente es sexual, y no en términos urogenitales, sino en la comprensión de que es fundamentalmente empujado por el principio del Placer y su contraparte, la Pulsión de muerte. 3) La individualidad de cada caso particular debe siempre ser resaltada sobre el conocimiento general de la patología. Cada persona es única y se encuentra en un período irrepetible de su vida, reducir la práctica médica a la de simple ciencia aplicada, es empobrecerla y volver al médico, un similar al mecánico automotriz. 4) En toda intervención médica debería haber una reflexión cuidadosa sobre la relación entre método y fin. Tiene que imponerse una relación jerárquica del fin sobre el método, éste último siempre debe estar subordinado al fin. 5) Como en ninguna otra disciplina de las ciencias naturales o sociales, verbigracia, la biología o la política, la medicina debe seguir la racionalidad de la razón práctica. Esto no se excluye, sino se complementa, con el uso de los instrumentos que proporciona la ciencia, y la racionalidad de la investigación científica, pero la racionalidad de la medicina debe estar basada en un beneficio práctico para el paciente. 6) La práctica de la medicina no produce salud. La salud no es algo que pueda ser producido. Lo mejor que puede realizar la medicina es ayudar, auxiliar a que la salud se produzca por sí misma, la salud del paciente debe estar siempre por encima de cualquier consideración. 7) La razón práctica consiste en encontrar los métodos adecuados para tratar al paciente y significa también, que el derecho de las metas a alcanzar, sea subordinado a la ética y conocimientos del médico, que debe plantearse las distintas posibilidades y consecuencias, distinguiendo los fines correctos de los incorrectos. 8) La medicina sólo encuentra su justificación y su comprensión práctica en conexión con otras formas de conocimiento, que permitan en su conjunto que los seres humanos vivan en sociedad y felices. Vivir juntos en mutua tolerancia es el fin principal del bien común. Este fin se alcanza a través de cualidades y capacidades diversas. Debemos tener siempre presente la crítica de Nietzsche a la búsqueda de ideales: Los que más han amado al hombre le han hecho siempre el máximo daño, han exigido de él siempre lo imposible, como todos los amantes. 9) El énfasis en la racionalidad científica, el abandono y la subestimación de la razón práctica y la capacidad ética, el abandono de conceptos holísticos de la investigación médica, y la delegación del paciente y su sufrimento a un segundo término, haciendo prevalecer otros criterios que no hacen sino empobrecer la práctica médica, habitualmente reduciéndola a una sirvienta de los administradores y de los políticos. El diagnóstico de una enfermedad psicosomática debe depender no sólo del examen físico sino de un cuidadoso aprecio de la historia del paciente. No se trata sólo del historial de exámenes que se han realizado en él, sino de una entrevista cuidadosa que vaya más allá de consideraciones de laboratorio. Cuando una persona está enferma, se encuentra enferma por completo. Los otorrinolaringólogos pueden realizar un cuidadoso examen de las capacidades auditivas de su paciente que dice no oír del lado izquierdo bien, y llegar a la conclusión de que no es así, de que él no tiene disminuida su capacidad auditiva de ese lado. Pero si él insiste en que no oye bien de ese lado, tienen que prestar atención a lo que él pueda decir al respecto, encontrarán útil hacerlo. Habitualmente no se considera así, pero Freud desde sus primeros trabajos psicoanalíticos trabajó para fundar lo que hoy conocemos como: medicina psicosomática (England y Straind, 2006). De hecho, su formación médica como neurólogo y su posterior relación con los departamentos psiquiátricos de los médicos suizos, hizo posible que se trataran a pacientes renuentes a tratamientos médicos tradicionales en los departamentos psiquiátricos de diversos hospitales en Europa de principio, y con la diáspora freudiana, en América. Georges Parcheminey (Op. Cit. Mijolla de Alain, 2005), afirmaba ya en La Problématique du Psycho-Somatique, que data de 1948, que contrariamente a cómo se piensa, el término Psicosomática no fue una invención norteamericana, sino un desarrollo lógico a partir de la teoría de las Neurosis freudiana y su particular estudio de la histeria. La medicina psicosomática no existe por sí misma, sino es un desarrollo aislado de una concepción más antropológica de la medicina, una visión más sintética de toda la existencia humana. Muchos autores (Bick, Winnicott, Marty, etc) se han interesado por la función psíquica de lo táctil y lo corporal, su papel en el desarrollo y en la psicopatología de los individuos. Para Didier Anzieu (1994) la piel constituye no sólo un órgano de contacto y percepción con el mundo. El primer Yo es corporal, sensorial, y so-bre él se estructurará un Yo psíquico que permita acceder a la identidad, al sentido de si mismo y a la realidad. La piel, será el órgano que dará lugar al primer bosquejo del Yo, a los cimientos y la estructura de la mente. A través de los cuidados que se proporcionan al bebé: estrecharlo entre los brazos, acariciarlo, bañarlo, frotarlo, moverlo, masajearlo… se establece ese primer vínculo con la madre que inicialmente es perceptual y y corporal. Éste yo corporal es el paso previo necesario para la organización posterior del pensamiento y la palabra. Todas las experiencias del Yo-piel tanto placenteras como dolorosas son estructurantes, en sí mismas, son oportunidades para iniciar representaciones mentales, y ligar pulsiones internas a dichas representaciones. La representación de la piel nos permite acceder a la primera distinción entre dentro y fuera. El límite entre el Yo y el exterior desencadena el paso de un narcisismo primario –universal, omnipotente, fusional – a un narcisismo secundario y establece la primera separación entre el Yo y el objeto, aunque sea parcial. Winnicott también reconoce una entidad que sería el equivalente al Yo-piel de Anzieu y que llamará el psique-soma. Piensa que inicialmente el Yo del bebé se fundamenta en experiencias físicas, sólo con el tiempo, a esas experiencias se les atribuirá una característica emocional, psicológica o social. Este psique-soma se refiere “a la elaboración imaginativa de las partes, sentimientos y funciones somáticas, es decir, al hecho de estar físicamente vivo”. Si este psique-soma o yo corporal atraviesa adecuadamente las etapas más tempranas del desarrollo, comenzará a derivar en el desarrollo normal de la “mente” o yo psíquico. La relación de la madre y el hijo, es siempre muy intensa (Bekei, 1974). El contacto de la madre con su hijo, le exige la máxima empatía con éste, para poder responder a sus necesidades a través de los signos y movimientos de su cuerpo (hociqueo, estremecimientos, pataleos y retortijones) o sonidos no verbales del todo (llanto y balbuceo). Una madre narcisista que no escucha, y administra cuidados a éste… sólo tomando en cuenta sus propias necesidades, ejerce violencia sobre su bebé. Si al bebé se le alimenta cuando no tiene hambre, se crea una resistencia que puede ser pasiva (inapetencia, dificultad para tragar) o activa (vómito o regurgitaciones). Esto también puede provocar hiperexitación, insomnio, autosatisfacción en forma de narcisismo, y reacciones de protesta ante la madre. Éstas últimas, se manifiestan en forma de ataques imaginarios a la madre, debilitan al niño, pues lo agotan y llenan de culpa, producen síntomas y frenan su desarrollo. Por otro lado, no permitir, bloquear los intentos de autoafirmación del bebé por necesidades narcisísticas patológicas propias, rechazarlo cuando se aleja y sólo darle muestras de afecto si manifiesta su dependencia, se traduce en un temor creciente del niño a perder el amor de su madre. En este caso, la madre no puede renunciar a su narcisismo, y no acepta la capacidad creativa del niño. Ambas situaciones, se traducen en trastornos en el desarrollo y dificultades en la construcción de su Yo y la vinculación con su cuerpo, que son fuente de futuros trastornos psicosomáticos. Crean resentimiento y rabia, al mismo tiempo que una sensación de desamparo, de falta de amor. Amor y odio entran en conflicto, y finalmente puede negarse el odio, pero la agresión originalmente dirigida hacia la madre no desaparece sino que se vuelve contra el sí mismo. El cuerpo psicosomático nos dice Mc Dougall “no habla sino que obra”. Su pensamiento es deficitario y sólo parcialmente se relaciona con el otro, estableciendo con dificultad verdaderas relaciones de amor. Su pensamiento se centra en detalles teniendo dificultad para ver el conjunto y tiende a la actuación de sus conflictos de manera impulsiva. El funcionamiento mental en el caso de lo psicosomático, tiende a centrarse en el propio sujeto, aislándolo paulatinamente del resto de quienes le rodean. El paciente psicosomático crea sus propios símbolos y preocupaciones, en una especie de locura particular, que se autoalimenta a sí misma y que va a provocar diferentes tipos de actuación del conflicto. El afectado por lo psicosomático tiende a sobrecargar su aparato mental, llegando a producir en ocasiones, sintomatología que va desde la esfera hipocondriaca a presentaciones delirantes, por ejemplo, supuestas infestaciones al estilo de la parasitosis, y hasta la invención de órganos. Padecimiento psicosomático significa: formas deficientes de inclusión simbólica, acuse de experiencias traumáticas, malos cuidados maternales, e incluso maltrato infantil. Freud ubica ese goce en el más allá del principio del placer, lo llama "el placer del displacer". En éstos casos, la conducta de las personas, no busca una satisfacción simple, por curioso que parezca, lo que se busca es sufrir, ya sea por expiar una culpa o por deformaciones en el establecimiento de metas regulares para la satisfacción instintiva. Todos conocemos cómo se puede disfrutar del dolor, por ejemplo en el sado-masoquismo, y cómo en algunos pacientes sus enfermedades no remiten, pues representan la pérdida de beneficios añadidos por la enfermedad. También a este campo de estudio, se agregan nuevas problemáticas: existe, una entidad definida por primera vez por Hubbard (2001) (Op. Cit. Döll, Gálvez) que no está incluida en las clasificaciones DSM IV o CIE 10, la “esquizofrenia cenestésica” que se refiere precisamente a un subgrupo de pacientes esquizofrénicos que principalmente presentan sintomatología centrada en la aparición de sensaciones corporales anormales o fenómenos de control corporales. Esta variante de esquizofrenia, sin embargo, aparece frecuentemente en la literatura fenomenológica rusa e incluso en Japón se reconoce este subgrupo. La sintomatología cenestésica se presenta con características extrañas y bizarras: sensaciones térmicas y eléctricas, dolor, debilidad, sensaciones de movimiento, cambio o distorsión de partes del cuerpo, e incluso en su consistencia, hasta sensaciones cognitivas y perceptivamente más elaboradas (pacientes se sienten atravesados por agujas, espadas, o que sienten que les desnudan...). Estas sensaciones aparecen por fases o de forma paroxística, como oleadas que bloquean el funcionamiento mental de su aparato psíquico. Preguntas importantes serían: ¿Es posible articular el paso de un Yo-piel, a un yo psíquico que permita el pensamiento? y : ¿Qué podemos hacer con pacientes con un Yo-piel insuficiente (en todas sus variantes) y que por tanto, tendrá dificultades de poder acceder a un yo pensante y a la palabra del mundo simbólico? ¿Es posible reparar fallas que tienen que ver más con lo corporal y lo sensoriomotriz sólo con la palabra? Es cierto que el psicoanálisis clásico, no está diseñado para ayudar a pacientes con una neurosis mal mentalizada (Freud ya los consideraba pacientes no analizables), así que es perfectamente válido plantearnos qué tipo de tratamiento puede ser útil en estos pacientes. Numerosos autores Frosch, Masterson, Kernberg, Greenson, Marty, Fonagy, Bateman, han valorado y recomendado la necesidad de modificar los parámetros técnicos del psicoanálisis clásico, y entonces queda la cuestión de preguntarnos qué condiciones mantener y cuáles modificar. Si hemos dedicado espacio para hablar de la piel y lo táctil, parece lógico comenzar analizando una de las condiciones más fundamentales del psicoanálisis: ¨la prohibición de tocar”. Desde el comienzo del psicoanálisis la prohibición de tocar es una norma indispensable en la terapia como modo de acceder al pensamiento. El cuestionamiento de esta prohibición parece evidente inicialmente, si las fallas de este tipo de pacientes se pueden deber a carencias en el vínculo a nivel sensoriomotriz, ¿Es posible compensarlas a través de la relación terapéutica, sería lícito romper dicha prohibición? Hay varias psicoterapias de tipo humanista que consideran los contactos corporales como un medio para ayudar a estos pacientes, lo cual puede implicar muchos riesgos. Sin embargo, sí puede favorecerse o complementar la psicoterapia con los llamados mediadores relacionales que nos permitan estimular a los pacientes a realizar actividades centradas en lo sensoriomotriz, tales como la relajación, el ejercicio yoga, la danza, la pintura, diversas terapias ocupacionales. Es interesante señalar que casi de forma universal los terapeutas recomiendan estas actividades de una forma intuitiva, pero muy a menudo, no somos conscientes de cómo estas experiencias favorecen la alineación del aparato psíquico. Es importante señalar que el efecto contenedor y hasta organizador, que puede tener en el sujeto generar estas experiencias sensoriales, se debe a la introducción de un importante simbolismo en el que se re¬produce el vínculo materno más pri¬mitivo: la madre que nos mantiene limpios, calientes, nos alimenta… de ahí el efecto tranquilizador de estas experiencias casi de forma universal. A través de los mediadores relacionales se puede volcar a los pacientes a vivir nuevas experiencias con los Otros. La restricción del Yo es una constante, ya que evita experiencias que puedan ex¬ponerles a herir su Yo-piel. A través de estas actividades podemos transmitir al paciente la importancia de la relación de objeto, comenzamos a orientar su mirada hacia el Otro. Complementar la psicoterapia psicoanalítica, con estos mediadores, podría permitir refor¬zar aspectos que pertenecen a diferen¬tes estadios evolutivos del paciente, y que sólo pueden ser tolerados a través de la relación terapéutica, ya que de otra manera sería impensable. En el psicoanálisis, la interpretación es la he¬rramienta clave, que apela al orden de la palabra, pero su valor es cuestiona¬ble en estructuras preedípicas con gra-ves distorsiones del Yo, donde prevale¬cen las representaciones más primarias y las fantasías más voraces, que dificultan un acceso al verdadero mundo simbólico. Las interpretaciones “pro¬fundas” en estructuras fijadas en esta¬dios preverbales pueden ser experimentadas como ataques, se corre el riesgo de regresiones extremadamen¬te rápidas donde el paciente no podrá mantenerse en proceso secundario, y fácilmente se pueden desencadenar actings, actuaciones y pasajes al acto. Si invadimos ex¬cesivamente o demasiado pronto con la palabra podemos generar un daño interno, que paradójicamente será inelaborable, porque precisamente el paciente es incapaz de expresarlo. Es fundamental en estos casos esta¬blecer un vínculo terapéutico con el paciente que apele a su misma problemática, es de¬cir, al orden de lo preverbal. Utilizare-mos la palabra (al menos inicialmente) de un modo descriptivo para discrimi¬nar, ordenar, utilizando un orden lógi¬co, incluso en ocasiones, de modo psi-coeducativo, se animará al paciente a expresarse emocionalmente ante cualquier situación que se plantee, le ayudaremos a ordenar la sucesión de acontecimientos, buscando el nexo causal y a ligarlos a estados emociona¬les. Nos interesará más la forma de la relación que los contenidos. La pala¬bra será evocadora, importa mucho la función contenedora, la for¬ma en que se acompaña con el tono de la voz, el lenguaje no verbal del terapeu¬ta, que rememora al lenguaje de la madre e incluso rectifica la relación fallida con una madre mala, retrotayendo a la experiencia de la intersensorialidad, y reforzando la función sostén del Yo-piel. En definitiva, lo que hacemos, es reproducir la función paraexcitadora y continente del Yo-piel. Es importante respetar el encuadre dela forma más rigurosa posible: lugar, horarios, duración, puntualidad, frecuencia… En "La conferencia de Ginebra" Lacan, decía, piensa en lo Psicosomático como "un escrito en el cuerpo" que requiere ser descifrado como un jeroglífico. El jeroglífico "es una escritura en que no se representan las palabras con signos fonéticos o alfabéticos". En el caso del FPS (fenómeno psicosomático), hay una dificultad para que lo reprimido se pueda traducir a palabras. Se presenta la dolencia, la sensación de disconfort, como un algo que excede a las palabras. Los pacientes con FPS sufren de dificultad para preguntarse sobre su sufrimiento, enmarcándolo en su cuerpo, aislándolo por completo de cualquier relación con lo psicológico. Encontramos el FPS en ciertas neurosis, cuya demanda es por otros síntomas, o en psicosis, en donde pueden generarse a partir de este fenómeno cierta función estabilizadora. Estos pacientes no se preguntan ni les cuestiona su enfermedad, que sienten como destino. Debe brindarles confianza y ser sincero sobre la pertinencia de un tratamiento psicológico y mejor aún: psicoanalítico. Anzieu Didier. El Yo – Piel. Biblioteca Nueva. Madrid, 1994. Aristóteles. Ética a Nicómaco. Versión UNAM. Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Gómez Robledo, Antonio (Prólogo, Notas, Versión). 3ª Edición. México, 2012. Bekei Marta. Trastornos psicosomáticos en la niñez y la adolescencia. Ed. Nueva Visión. Argentina, 1992. Blumenfield, Michael; Strain, James J. Psychosomatic Medicine , 1st Edition Lippincott Williams & Wilkins. England, 2006. Canghilem Georges. Lo normal y lo patológico. Siglo XXI Editores Argentina. 1971. Döll Aurora, Gálvez Ana. La piel como camino al pensamiento. Revista Átopos. No. 14. España. Junio 2013. Freud Sigmund. El Yo y el Ello. Obras completas. Tomo XIX. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1976 . Hungin Pali. Sufferers with functional problems – patients with nothing wrong? Medicina Universitaria. Vol. 12. Núm. 48. Julio - Septiembre 2010. Lacan Jacques. Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. (4 de octubre de 1975). en Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1989. Mijolla de Alain. International dictionary of psychoanalysis. Thomson Gale, 2005. Novak Peter. Holistic concepts of illness in ancient greece and in contemporary medicine. En: Christodoulou George, editor. Psychosomatic Medicine. Past and Future. Plenum press • New york and London. 1986. Weiss Edward, English O. Spurgeon. Psychosomatic medicine. The Clinical application of Psychopatology To General Medical Problems. 2º Edition. Saunders Company, Philadelphia and London, 1949. Winnicott D. Mind and its relation with psique-soma. Br J Med Psychol. 1954;27(4): 201-9. Wise y Rundell. Clinical manual of psychosomatic medicine : a guide to consultation-liaison psychiatry. American Psychiatric Publishing, Inc. Arlington, VA 2005.

miércoles, 22 de junio de 2022

Comentario al libro de Alejandro Cerda: En la Penumbra del Sujeto. Aportaciones para una metapsicología freudiana. Comentario de Julio Ortega.

Alejandro Cerda Rueda es psicoanalista mexicano radicado en la Ciudad de México. Obtuvo su doctorado en la European Graduate School (Suiza) bajo la dirección de Alenka Zupančič, Mladen Dolar y Slavoj Žižek. Profesor de posgrado de la Universidad Iberoamericana (UIA) así como profesor invitado por la Sociedad Freudiana de la Ciudad de México (SFCM). Desde su fundación en 2009, ha ejercido como senior editor de Paradiso editores. Ha publicado Schreber. Los archivos de la locura (UIA, 2009), Sex and Nothing: Bridges From Psychoanalysis to Philosophy (Routledge, 2016) y En la penumbra del sujeto. Aportaciones para una metapsicología freudiana (Prometeo, 2020). El próximo año saldrá su libro A Witch Metapsychology: Apropos Psychoanalysis and the Outcome of Freud’s Legacy (Routledge, 2023). Beneficiario de la Andrew Mellon Foundation para ser becado y participar en la investigación Extimacies: Critical Theory from the Global South (2019-2022). Leer este texto es acercarse a una experiencia científica y estética. Como impresión general, diré que no es un libro común ni un texto psicoanalítico que transmita la teoría de manera lisa y redonda, con fórmulas cansadas y comunes. Creo que eso es un acierto, porque hay mucho de asociación libre en él que es puesto en letra. Algunas metáforas son más que afortunadas y me gusta que traiga citas literarias y las mezcle con filmografía... a mí personalmente no me gusta Volver al futuro... pero me encanta que el autor haga uso de cine, poesía, arte y literatura... estamos hoy día los analistas en un tiempo, que debe rechazar la falacia del argumentum ad baculum. Creo que debemos aprender a pensar y eso es precisamente lo que hace este libro: pensar en voz alta. Me gusta que use a Freud como la base permanente de su texto y creo que las citas a Lacan están muy bien pensadas, no como otros libros que intentan demostrar que siguen bien el evangelio lacaniano. El hecho de que Badiou, Nancy, Nietzsche... y otros autores, no necesariamemte del campo del psicoanálisis estén presentes es un acierto, pues recuerda en mucho el verdadero estilo freudiano. A diferencia de tantos libros que se producen hoy en nuestra teoría, que rondan por la admiración del discurso de Lacan a tal punto que parecen querer implantar una religión con algoritmos y nudos, vemos aquí emerger un texto original que no usa un solo autor, sino además de Lacan, vuelve los ojos a Winnicot, René Spitz, Piera Aulagnier, André Green, Fairbain, Otto Rank, Esther Bick y Lucy Irigaray. Esa pluralidad de autores, la rica discusión entre ellos, es para mí el espíritu que debe reinar en el psicoanálisis si de verdad quiere adquirir no digamos la talla de una ciencia, sino la de una disciplina formal, para mí la denominación psicoanálisis lacaniano es una negación del verdadero espíritu del psicoanálisis que debe ser plural en sus fuentes de investigación y conocimiento. Ayuda mucho a la constitución del texto la amplia cultura de nuestro amigo Alejandro, su deseo de combinar aquello que parece incompatible (astronomía, historia, lingüística, filosofía) para hacer un enjambre de ideas que van tomando forma poco a poco para decirnos, aquello que parecería por momentos obvio, pero que no lo hemos reconocido del todo aún en el psicoanálisis. Me gusta su forma de rastrear el origen de los conceptos y su transformación en el tiempo, consciente de que el logos se apoya precisamente en esa metamorfosis dialéctica. También me encanta que presente su clínica de una manera tan fascinante como simple. El psicoanálisis es ante todo clínica y eso no lo olvida el autor que nos presenta sus impresiones para que nosotros nos adentremos en su práctica, nos invita a ser sus acompañantes en el difícil arte de la primera entrevista. La puerta al estudio de la metapsicología la hace a través del estudio de la relación madre – hijo. Nos recuerda que el bebé es un animal prematuro arrojado a un mundo difícil y agresivo, la precariedad de su carga instintiva, y la torpeza de su adaptación natural son instrumentos precarios con los que el bebé se enfrenta a la naturaleza. En el hombre, las cosas suceden de manera prematura, pues el parto se adelanta al fin de su gestación completa, si el feto permaneciera en el vientre materno por un tiempo extendido a los nueve meses, su nacimiento correría peligro o incluso podría morir. Recuerdo cómo me llamaba la atención de niño, la mollera de otros niños más pequeños, me preguntaba por qué tenían que nacer incompletos, mucho más tarde al adentrarme en el estudio del psicoanálisis tuve a bien reconocer que la incompletud es la estrella de nuestra existencia y que somos seres trasquilados, imperfectos para toda la vida. Winnicott estableció que la necesidad básica para un bebé no es el alimento, sino el ser alimentado por un Otro que desee alimentarlo. Asimismo, Lacan enfatizó que en el acto de alimentar al bebé, la madre siempre ofrece algo más que leche materna: brinda contención, angustia, placer, satisfacción, y también una dependencia con incertidumbre. Por su parte, Aulagnier menciona que “el aporte alimenticio se acompaña siempre con la absorción de un alimento psíquico que la madre interpretará como absorción de una oferta de sentido”. Así pues, hay una inadaptabilidad desde el principio del niño ante el mundo, una asimetría entre el mundo y aquello con lo cual nacemos y que nos fue provisto por nuestra vida intrauterina. Por otro lado, no podemos hacer de principio una diferenciación entre el bebé y su madre, la precariedad del niño hace que esté atado a ella durante algún tiempo, hasta que más adelante él mismo busque desprenderse de ese lazo. Pero la identidad entre el Yo y el Otro es algo que se realizará muy poco a poco y no siempre con la cooperación de la madre, asimismo no habrá diferenciación entre “lo exterior, el objeto, lo odiado, que son idénticos al principio”. Así pues, cuando tiene que tomar una posición respecto a la constitución del Yo, Cerda se coloca junto al Freud de Introducción al Narcisismo (1914) que no considera unificado el Yo ante frente al mundo al principio de su enfrentamiento con el exterior, frente a las posiciones de la escuela kleiniana, Winnicott o de la escuela inglesa de las relaciones objetales. El Yo no es innato sino que tiene que ser desarrollado, no se nace con inconsciente dice Freud, se hace pellejo que luego toma forma de Yo – Piel y de ahí lo demás. Cerda trae a colación la posición de René Spitz en la que expresa que en el mundo del neonato no existe propiamente una diferenciación clara entre el Yo y el objeto, adentro y afuera, interior y exterior permanecen difusos. Esta prematuración del niño, requiere los cuidados de papá y mamá, que cuando no se presentan o se esconden, conducen a la locura al estilo de la paciente Reneé, de Madame Séchehaye. Ser arrojado al mundo para el bebé significa no solamente establecer un intercambio de deseo y demanda, sino ser atrapado en una cadena significante que está más allá de las exigencias de la carne. Las pulsiones son la génesis de nuestro dispositivo psíquico, apoyado sobre el primado de las pulsiones de autoconservación, se instaura el predominio de las pulsiones sexuales que toman distancia poco a poco del instinto. Así a partir de un remolino de fuerzas variables se va contruyendo la base sobre la cual se constituye el Yo, un dispositivo que nunca estará unificado del todo sino que siempre será un corpus escindido que trabaja en principio, al servicio del principio del placer y la coalición de las diversas investiduras yoicas; jalado también por el principio de realidad. Dice Safouan en Pleasure and Being: “El ser verdadero, es un ser que disfruta de la permanencia, y que el logos puede usar como apoyo, está del lado de las Ideas, y éstas constituyen un mundo que es distinto del mundo sensible” Otro problema en el que Cerda está particularmente interesado es la naturaleza de placer, que en el mundo griego orientaba no sólo hacia el disfrute sino al conocimiento de lo real, aunque Epicuro hacía notar que ese mismo placer podría producir una ruptura temporal con la vivencia misma. Por ello, el placer y la vida, tienen la característica de ser de naturaleza temporal y no constante. Refuta las enseñanzas de Sándor Rado que designa el afecto como un rol fundamental en cada conducta, al grado de modificar la noción freudiana del placer (lust) por la de emoción (emotion), o incluso la describe como un afecto pero no derivado ya de la pulsión sino como una respuesta biológica dirigida a fomentar la motivación. Asimismo rechaza la concepción bioenergética del placer de Wilheim Reich , que retoma las características cuantitativas de la exitación basándose en la motricidad del instinto, dejando también atrás el énfasis de Freud en la amalgama pulsional. Lo escencial de su elección freudiana es dejar atrás el mundo biológico como soporte único del sujeto. Platón en Filebo concebía al placer como lo indeterminable, y Aristótleles en Ética a Nicómaco dice “que el placer es el acto de un hábito conforme a la naturaleza”, en otras palabras no es una actividad o práctica, sino una disposición constante, si bien Aristóteles se muestra cauteloso ante la naturaleza del mismo, pues piensa que puede llegar a ser perjudicial. Pero es gracias al uso de la palabra que las sensaciones de placer y dolor, logran significarse. Más allá del hedonismo, el placer se sitúa en ámbito de deontología con un sentido político, es decir, el placer está siempre en virtud de la polis para alcanzar la areté o la excelencia. Según Hipias de Élide el fin de la enseñanza era conseguir la areté, para pensar, hablar y obrar con éxito, que es el caso de la obra que hoy presentamos a ustedes. Es interesante que traiga a colación la postura de Schulster en The Trouble with Pleasure dónde el placer aparecería ante la disminución de tensión tras un largo período de excitación, produciéndose entonces el alivio. Dice Schulster: “Lo que realmente impulsa a la vida es el dolor y el deseo de escapar de él; el placer solo es un alivio efímero en la corriente más grade del deseo y sufrimiento” . Ésta es la postura de Platón, y muy cercana a ella está el Proyecto de una Psicología para neurólogos de Freud. Así entre los griegos encontramos dos vertientes del placer, una postura negativa que le coloca como la cicatriz de una falta, y otra positiva que lo concibe como la perfección de una actividad. Mucho después en el Renacimiento, la función biológica del placer cobró mayor importancia, de tal manera que Telesio lo consideraba como una función vital para la conservación del organismo. Descartes le atribuyó un carácter de emoción, Spinoza lo definiría como una pasión. Hobbes retomará la función biológica del placer, pensando que es un efecto ante la receptividad o repulsión de alguno de los sentidos. Así se estableció que el placer era una experiencia netamente de la percepción, de tal manera que uno se podría cuestionar si el placer era real o fantaseado. Más tarde, la corriente hedonista, que se expresaba en contra de reducir el placer a un mero sentimiento, llegó a ubicarlo como un pilar del sustento moral, ya que si una acción libre es una acción deseada, todo lo que deseamos está motivado por el placer que resultaba de dicha acción. La psicología moderna ha ubicado la noción del placer a una mera cuestión de receptividad y respuesta. En algunos casos, el placer se encasilla dentro de los fundamentos del afecto, llegando a afirmar la presencia de afectos innatos. Pero los seres humanos no somos perros ni ratones. Freud en su Proyecto de psicología, ofrece una alternativa para pensar el carácter metapsicológico del placer sin descuidar su fuente orgánica. Como neurólogo, posiciona al dolor como la primera experiencia de vida, que a su vez impulsa a la búsqueda de placer. Pero esta dinámica no queda atrapada en la biología porque el trabajo psíquico se orienta a la relación interior – exterior. Las pulsiones tiene como origen su fuente somática pero dentro de la vida anímica no pueden ser conocidas sino a partir de sus metas. Widlöcher destaca la importancia de distinguir el placer psíquico como una función expresiva, mientras que puntualiza al placer psíquico como algo más complejo. Los dos mecanismos inseparables para la obtención de placer son: la satisfacción de una tendencia pulsional y el ahorro mínimo de energía. Cada ser humano es un individuo singular, y lo es gracias a su historia de placeres y sufrimientos . Pero estos archivos no tienen una sola regulación a través de la búsqueda de placer y el evitamiento del dolor, el displacer puede transmudarse en una experiencia de satisfacción, de tal manera que lo que se conserve sea el primado de las investiduras yoicas entendidas como la piel del narcisimo. La clínica lo demuestra claramente a través de los síntomas, las dificultades de enunciación de discurso y hasta las tendencias mismas de lectura y cultura. Barthes al retomar a Sade, destaca la importancia del placer de la lectura proveniente de ciertas rupturas o choques, incluso afirma que “el placer del texto no es forzosamente un placer de tipo triunfante, heroico, musculoso” . Y sin embargo durante el estado de no – diferenciación primario pareciera que lo que se juega es la fórmula: ¡Todo el placer es mío! Lagache enfatiza que la oposición entre fantasía y realidad nunca es tan radical, y que mucho de este antagonismo se debe a una insistencia de cierta objetividad como regla moral de las ciencias. Hace una afirmación sorprendente: “La realidad no sólo es una fantasía acerca del otro, sino también es en gran medida la fantasía del otro”. Bion por su parte, expone que aunque no haya mucha distinción entre el mundo interno del infante y el mundo externo de los objetos, se puede establecer que van conformándose objetos protoreales que pertenecen a una proto-realidad, como los primeros objetos de existencia, más allá de la conservación de sus huellas sensoriales dentro del aparato psíquico, es decir, anteriores al principio de realidad. Lacan en su conferencia “Más allá del “principio de realidad”” (1936), establece que el bebé será sostenido por la voz de la madre, su carne, su alimento, su demanda de amor y lo más importante, una red de significantes a la que poco a poco se irá acomodando. El infante es arrojado a un mundo simbólico, no se nace a la nada sino a una estructura lingüística, el funcionamiento del aparato psíquico (también el principio de realidad) sólo son posibles a través y centrándose en el lenguaje. Quizá debiésemos agregar que no es una red de significantes pura, sino ligada a un habla con tono de voz, ritmo, índice melódico, armónico. La importancia de las canciones de cuna, consiste precisamente en que tapizan la relación del niño con el mundo de afecto, antes de que éste se halle completamente metido en el lenguaje simbólico. Al analizar a Hartmann y su propuesta sobre un principio de realidad de índole adaptativa, que reduce como un acomodo a la realidad convencional, nos indica que esa idea no resuelve mucho del intercambio que subsiste entre el sujeto y el mundo. Por otro lado, en el desarrollo de su texto, nos enfrenta al hecho poco tomado en cuenta, de que muchas palabras del lenguaje cotidiano tienen raíz latina, pero en el caso del lenguaje freudiano, hay que tomar en cuenta que de su lenguaje debe su fuente a una etimología germánica. Así Laplanche al utilizar Lust, dice que desde su raíz germánica puede significar: placer o deseo. Deleuze y Guattari manifiestan: “la realidad del objeto en tanto que producido por el deseo es, por tanto, realidad psíquica”. Aún así, ante las múltiples opciones posibles de vivencias de satisfacción, Cerda indica que el paso lógico es el del uno al dos. Freud menciona que el relevo del principio de placer por el de realidad “no se cumple de una sola vez ni simultáneamente”. El concepto de placer conserva su dominio a partir de nuevas coordenadas expuestas en la realidad y con sustento en la fantasía. El acto del pensar se instaura gracias a la presencia del prójimo. En este vértigo, según Lacan, se introduce el fantôme del Otro, donde se produce el dispositivo en el cual “el inconsciente es el discurso del Otro” . No hay un significante primario que instaure un sujeto ni una lógica o cadena de significantes: un significante es lo que representa a un significante para otro significante. Freud afirmaba con lucidez, que el odio antecede al amor, el amor se instala en la esfera del puro vínculo de placer del yo con el objeto, y se fija en definitiva en los objetos sexuales que satisfacen a las pulsiones sexuales sublimadas. El Yo narcisista “odia, aborrece y persigue con fines destructivos a todos los objetos que se constituyen para él en fuente de sensaciones displacenteras, indiferentemente de que le signifiquen una frustración de una satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación” . Interesante lectura de Cerda hace del Señor de los anillos de Tolkien, un texto nacido del horror de la 1ª guerra mundial que nos develó escenas nunca antes vividas, como la batalla del Somme una de las más largas y sangrientas con más de un millón de víctimas. Interpreta al anillo que posee Frodo como un falo en el sentido más freudiano posible. Una joya que seduce y otorga todo el poder de la Tierra media, un poder de deidad, a cambio de eclipsar a su poseedor. Hay muchas críticas feroces al psicoanálisis pensando que al definir Freud al falo se refiere únicamente al miembro sexual del varón, incomprensión reduccionista fatal. El falo no es un órgano, no es una fantasía, ni un objeto concreto como el pene o el clítoris. El falo es una función de causa del deseo, un significante sin una significación concreta. Falo es la espada Excalibur, pero también unos tacones altos en la ropa de una mujer, un traje de Giorgio Armani, pero también un saco Carolina Herrera. Frodo desea algo más que el poder absoluto que otorga el anillo, ya que al ostentar brevemente ese falo, se produce el efecto de hacer que desee algo más y algo más, lo que conduce al borramiento del sujeto. Es la misma imagen que produce la fotografía de Dieter Appelt La marca en el espejo hecha por la respiración (1977) dónde la huella en el espejo es una etiqueta vital, momentánea como lo es nuestra vida, que hace desaparecer al semblante del sujeto ocultándolo. Esto es sólo parte del contenido del libro de Alejandro Cerda, que no deja atrás la filosofía para hacer psicoanálisis, pues no se queda con la idea de que éste es una teología, una deontología o sólo una técnica mecánica.

martes, 28 de julio de 2020

Transcripción no revisada clase sobre Las Palabras y las cosas. Facultad de Filosofía. Universidad Veracruzana.


Michel Foucault volvió, después de su trabajo que examinaba la locura, los ojos a la medicina, el giro de su mirada no carecía de cierto humor: primero el paciente y luego el médico. ¿Quién de los dos vive con los pies más asentados en el castillo de la Sin Razón? El Nacimiento de la Clínica[i] (1963) escudriñó la historia de la práctica médica con énfasis en el siglo dieciocho y principios del diecinueve. El libro trata el modo cambiante como la sociedad occidental ha conceptualizado la enfermedad y la muerte. Es un texto sobre el lenguaje, el espacio y la mirada, que lleva por subtítulo: “Una arqueología desde el punto de vista médico”. Es una continuación indirecta de la “Historia de la locura...” que cuestiona el nacimiento y las condiciones de posibilidad del saber médico, su edificación y puesta en monumento como ciencia. Esta historia cuenta el nacimiento de la medicina positiva, los tropiezos y experiencias que llevan al hombre a encararse consigo mismo y cómo este enfrentamiento tiene una relación estrecha - hay que enfatizarlo - con el momento de la muerte. La insensatez del final desemboca en un pensamiento que, ante ese horizonte finito, crea medios para intentar dominarla, en ese viaje el hombre adquiere un conocimiento positivo de sí mismo. Este libro que mereció poca atención del público en la fecha de su salida, es uno de los menos leídos por el público. Quizá por los conocimientos médicos deseables para enfrentar esta historia, no conozco ningún médico que haya leído el texto fuera de algunos amigos psiquiatras psicoanalistas.
Las tesis del texto son, sin embargo, sumamente importantes y ligadas al proyecto esbozado por Canguilhem en su notable y brillantísima obra: Lo normal y lo patológico[ii] que conserva su filo después de los años - independientemente de los recientes descubrimientos anatomofisiológicos - ya que explora con agudeza un campo empírico tradicionalmente adscrito al discurso científico cómo es el de la medicina, mostrando las enormes dificultades para establecer un margen definido entre ambos campos, sin atender a consideraciones de orden filosófico y social. Estas lecturas, que debieran ser obligadas para los médicos y psicólogos, están destinadas a engrosar los anaqueles más polvientos de sus Facultades y escuelas. El nacimiento de la clínica, no pasó indiferente a Lacan, quien se refiere muy extensamente a él durante una de las sesiones de su seminario e invitará a Foucault a cenar varias veces a su casa[iii] tratando de buscar su amistad. En 1965 aparece el pequeño libro: Nietzsche, Freud y Marx[iv] un texto que ha sido leído como un antecedente cercano al modelo de su posterior proyecto arqueológico o genealógico. Este libro es de importancia pues, está dedicado a rastrear, a través de un estudio pormenorizado de estos autores, la génesis de las técnicas de interpretación modernas que, fundaran el suelo de las interpretaciones dominantes del siglo XX que aún habitamos. En esta obra, considera a estos filósofos la base de un pensamiento que busca trascender las apariencias y llegar a lo esencial. Esta conciencia no es espontánea, sino que requiere de un aparato conceptual determinado que es adquirido con esfuerzo. Pueden detectarse en este texto rasgos de la influencia de su maestro Althusser que concebía esa ruptura con lo aparente como el fruto de una práctica científica, que trascendía la ideología y que permitía en consecuencia el esclarecimiento de las estructuras más profundas de un fenómeno. De acuerdo a esta concepción Marx habría roto con el empirismo de la economía; Nietzsche con el subjetivismo de la filosofía y la moral; Freud con el conciencialismo psicológico. Las Palabras y las Cosas, es una obra que marca un giro definitivo al carácter de su escritura. Sugestiva y literaria, devolverá a estos tres autores “revolucionarios” al siglo XIX, no sin servirse de ellos para realizar su agudo análisis genealógico. Uno de los temas de este complejo libro pleno de singular poesía, que extravía fácilmente al lector, es el examen e investigación de las llamadas epistemes (epistêmê), que pueden definirse como estrategias de juicio producto de las preocupaciones de una época, tienen una coherencia interna que hace posibles campos de conocimiento que obedecen y se conforman a contrapelo de cualquier voluntad conciente y estrictamente en base a determinantes históricas. Hay que recalcar, sin embargo, que el objetivo principal del libro es el análisis de las “ciencias humanas” y la fragilidad temporal de nuestras concepciones del mundo. En esta obra cuestionará el status científico de dichas ciencias. Nuestra episteme la representa como un triedro cuyas dimensiones serían: las ciencias deductivas, matemáticas y físicas; estas ciencias pondrían en relación elementos discontinuos pero análogos: lenguaje, vida, producción y distribución de riquezas; también la reflexión filosófica. Dichas dimensiones definen, a su vez, tres planos: el de lo matematizable, aplicado a la lingüística, la biología y la economía; el de las ontologías regionales que fundan a estas ciencias; el de la formalización del pensamiento. Como puede verse, el lugar de las “ciencias humanas” en este cuadro es el de una “repartición nebulosa”[v]. A esta crítica de su lugar impreciso en el estudio de los acontecimientos de la historia humana, se agrega la reflexión sobre su coherencia interna indefectiblemente ligada a una concepción temporal que se desea universal, pero que no puede ser sino de época.
La obra fue considerada en su tiempo, una crítica a la fenomenología y al marxismo que entonces se consideraba a sí mismo una ciencia. Dos disciplinas son analizadas en particular, debido a su lugar de privilegio en las concepciones mentales contemporáneas (nuestra episteme): el psicoanálisis y la etnología. El psicoanálisis intenta captar el discurso del Inconsciente, designando a la Muerte, al Deseo y la Ley como: “condiciones de posibilidad de todo saber sobre el hombre”[vi] y determinación de su finitud. La etnología se interesa por los pueblos cuya historia es más o menos inaccesible y busca las invariantes de estructura, para encontrar, tras las representaciones, normas, reglas y sistemas. Una y otra, pues, no se refieren directamente al hombre, sino a sus límites, de hecho: “No sólo pueden prescindir del concepto del hombre, sino que no pueden pasar por él, ya que se dirigen siempre a lo que constituye sus límites exteriores. De ambas puede decirse lo que Lévi – Strauss dijo de la etnología: que disuelven al hombre”[vii]. Estas conclusiones del libro son precedidas por reflexiones que aluden al nombre del libro: las relaciones entre las palabras y las cosas. El estudio de la franja de pensamiento occidental que va del Renacimiento a nuestros días revela cómo en el camino quedaron muchas “pseudo ciencias” que en su momento sobrevivieron, merced a la demostración “evidente” de sus hechos ante sus entusiastas defensores perdidos en el tiempo. El hilo conductor de este análisis es el descubrir el cómo, en cada momento, la relación entre lenguaje y fenómeno edificó un saber. Así, el Renacimiento ordenará las cosas de acuerdo a la amplia y vaga noción de la semejanza, que operará una división de la cosas del mundo en base a: la convivencia, la emulación, la analogía y la simpatía. Hay una “prosa del mundo” que remite a un texto oculto que debe encontrarse. En la época clásica las palabras y las cosas se separan, no son ya idénticas: “Las cosas y las palabras van a separarse. El ojo será destinado a ver; la oreja sólo a oír. El discurso tendrá desde luego como tarea el decir lo que es, pero no será más que lo que dice”[viii]. Todo es, a partir de este momento, representación y el orden se establecerá en base a series y cuadros en los que se suceden dichas representaciones. Identidad y diferencia sustituyen a la semejanza y la desemejanza. El orden adoptará la forma de la mathesis que reducirá las cosas a una medida o a una fórmula que da cuenta de lo complejo a través de una síntesis que puede transmitirse en forma sencilla. El saber, entonces, se nutre de la constitución de una lengua pasible de perfección que toma como modelo la combinatoria de Leibniz y el cálculo de Condillac. Se crearán entonces los diccionarios, conjuntos de representaciones que pueden ser correlacionadas entre sí. El hombre habla, clasifica, intercambia. El lenguaje es un medio de análisis que constituye discursos según reglas, su función es establecer un orden sucesivo en la simultaneidad de la experiencia. Se trata de establecer una gramática general independiente de toda historia y de toda lengua, un “estudio del orden verbal en su relación con la simultaneidad que está encargada de representar”[ix]. El fundamento de todas las proposiciones se basa en un verbo: Ser. En torno a él se articulan las cosas por nombre y adjetivo, formando un “cuadrilátero del lenguaje” (proposición, articulación, designación y derivación) cuyo fin es “atribuir un ser a las cosas y nombrar su ser en este nombre”[x]. La lengua que se busca constituir es una lengua universal que reconstruye la “génesis única y valedera para cada uno de los conocimientos posibles en su encadenamiento”[xi]. Los mismos fenómenos se encuentran en todas partes sin importar su ubicación temporal o espacial. El pensamiento se atiene a las realidades más visibles: la riqueza y el intercambio, propiedades relacionadas con un mundo en el que la actividad mercantil es dominante. En este contexto: (...) para el pensamiento clásico, los sistemas de la historia natural y las teorías de la moneda y del comercio tienen las mismas condiciones de posibilidad que el lenguaje mismo. Esto quiere decir dos cosas primero, que el orden en la naturaleza y el orden en las riquezas tienen, para la experiencia clásica, el mismo modo de ser que le orden de las representaciones tal como es manifestado por las palabras; y además que las palabras forman un sistema de signos suficientemente privilegiado, cuando se trata de hacer aparecer el orden de las cosas, para que la historia natural, si está bien hecha, y para que la moneda, si está bien regulada, funcionen a la manera del lenguaje. Lo que el álgebra es con respecto de la mathesis, lo son los signos y, en particular las palabras con respecto a la taxonomía: constitución y manifestación evidente del orden de las cosas[xii]. El panorama empírico de la Modernidad traerá como consecuencia un discurso en el que el lenguaje se dispersa. La representación no será más que un efecto de superficie atribuible al hombre. El orden pertenece ahora a las cosas mismas y a su ley interior, este movimiento da lugar a filosofías “materialistas” que rehuyen cualquier soporte metafísico. Se rompe, en este momento, la posibilidad de una mathesis universal y el pensamiento filosófico del siglo XIX se dividirá en dos direcciones: (...) por un lado, las metafísicas del objeto, más exactamente, las metafísicas de ese fondo, nunca objetivable, de donde llegan los objetos a nuestro conocimiento superficial; y por el otro, las filosofías que se proponen como tarea la sola observación de aquello mismo que se ofrece a un conocimiento positivo. A partir de esta crisis de la representación, la cultura europea se inventará un campo problemático que no toma como preocupación principal a las identidades, sino a fuerzas ocultas referidas a un sustancia que atiende a razones como el origen, la causalidad y la historia. Se constituyen tres modos de saber que fundan a su vez tres disciplinas: la biología, la economía fundada sobre la producción, y la filología. Términos como “posibilidades del Ser”, son reemplazados por: “condiciones de vida”. El lenguaje adquiere una significación nueva: conocerlo no es ya acercarse al conocimiento en sí, sino “aplicar los métodos de saber en general a un dominio particular de la objetividad”[xiii]. Se descubre entonces cómo estamos atravesados por el lenguaje que no pertenece a nadie y en este asombro se descubre la finitud del hombre. La analítica de dicha finitud consiste en: (...) la repetición de lo positivo en lo fundamental: allí va a verse sucesivamente repetir lo trascendental a lo empírico, al Cogito repetir lo impensado, el retorno al origen repetir su retroceso[xiv]. El lugar de lo trascendental es tomado por lo empírico, el discurso habla del hombre en particular, no ya del hombre mismo en unviersal. El hombre moderno es posible de ser pensado sólo en relación con esa finitud. Las ciencias humanas contemporáneas ven el esqueleto, por así decirlo, sin intentar reparar en la carne que lo recubre. Burgelin[xv] considera que son tres las nociones centrales para entender las tesis del libro: la noción de episteme[xvi], la de historia, la de existencia del hombre. El primer elemento refiere a que en una cultura y en un momento dado, hay sólo una episteme que define las condiciones de posibilidad de todo saber. El “humanismo” del Renacimiento es, en particular, su retorno a las fuentes antiguas. El conocimiento del mundo en esta época es una combinación de pensamiento científico combinado con una concepción mágica del universo basada en nociones pitagóricas, gnósticas, herméticas y cabalísticas. El segundo elemento involucra la comprensión de que para Foucault la historia no es un continuo ascendente que ofrezca alguna certitud sobre el futuro, las epistemes se suceden unas a otras por un orden no del todo comprensible y que, por momentos, parecería ligado a elecciones estéticas. La episteme se transforma por mutación, esta afirmación no consiste en una explicación, es simplemente una evidencia. La tercera cuestión atañe a la existencia del hombre y es aún más compleja de definir. En primer lugar, porque el planteamiento de la pregunta sobre su estatuto “no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el saber humano”[xvii]. El hombre es una invención de fecha reciente cuyo análisis develaría la arqueología de todo pensamiento. El hombre se disuelve, una y otra vez, en las categorías que surgen según la época: criatura resignada ante Dios, elemento de la Naturaleza, fenómeno social producto de la dialéctica natura y nurtura, combinación de genotipos humanos, etcétera. El autor y el editor de la obra fueron sorprendidos por el éxito sin medida de Las palabras y las cosas. El libro se publicó en abril de 1966 y la primera edición de tres mil quinientos ejemplares se agota. En junio se reimprimen cinco mil, después otra vez tres mil en julio, otros tres mil quinientos en septiembre y la misma cantidad en noviembre. ¿Cuáles fueron las consecuencias prácticas de esta obra? La noción tradicional de ciencia fue cuestionada por la filosofía de esta obra, y el valor del conocimiento científico relativizado, al punto de aparecer ligado siempre a las ilusiones de una época. La práctica científica será pensada un día por el autor de “Las palabras y las cosas” como: un modo determinado de regular y construir discursos que, a su vez, definen un dominio particular de objetos y simultáneamente determinan un sujeto ideal destinado a conocerlos[xviii]. El pensamiento humanista, de raíz existencialista y marxista, asimismo, fue cuestionado en sus ideales hasta sus cimientos. El libro es tachado y censurado en los círculos cercanos al Partido Comunista. Se le acusa de tratar de ocultar las “vías objetivas del porvenir”, de presentar al mundo como un “espectáculo y como un juego”, de tratar de mantener con sus ideas “el orden establecido”. La discontinuidad del discurso histórico, puesta de manifiesto en las tesis del libro, ofendió a todos los que defendían conceptos como progreso y conciencia histórica. El mismo Sartre en una entrevista que le hizo Bernard Pinguaud[xix] realizó un ataque frontal a sus posiciones afirmando que si el libro tenía éxito es porque se le esperaba y que sus reflexiones no eran más que “la última barrera que la burguesía todavía podía levantar contra Marx”. A estas críticas apasionadas siguieron otras más serias y más documentadas. En un destacado encuentro del “Seminario de estudios e investigaciones del siglo XVII”[xx] celebrado en 1967 se le cuestionó, sobre todo, lo difusa que era su noción de episteme y las dificultades de establecimiento de una transparente sucesión de una episteme por otra. Es decir, la dificultad de enlace entre el orden sincrónico de una nueva estructura epistemológica y el orden diacrónico de la historia. La misma idea de postular la existencia de una continuidad esencial de las visiones clásicas del mundo y la existencia de un supuesto lenguaje homogéneo en diversos ámbitos del conocimiento fue cuestionada vehementemente, criticándosele las mezclas y extrapolaciones que saltaban alegremente entre observaciones biológicas, desarrollos matemáticos y lingüísticos. El concepto mismo de historia de la Modernidad presentado por Foucault fue criticado, en tanto que, su noción de progreso - concepto importantísimo con historia reciente - se confundía con la de idea de irreversibilidad propia en Rousseau. Otra cuestión problemática en la filosofía de Foucault, que no dejó de llamar la atención, fue la de siempre mantener sus análisis a nivel de discurso, sin referencia a relaciones concretas de actores determinados, que invalidaría una concepción cultural uniforme sin fracturas ni asperezas y que por tanto, subestiman las razones de una obra personal en beneficio de las condiciones de posibilidad de los discursos. Hay, efectivamente, razones para que se lea a Diderot, Rousseau o Vico de una u otra manera en su tiempo. Sin embargo, estas razones no son necesariamente, la razón de la obra de estos autores. Este cuestionamiento será recusado más adelante por Foucault en sus referencias posteriores al problema del sujeto, pero no deja de tener pertinencia la crítica en relación con la temática del célebre artículo: “¿Qué es un autor?”[xxi] dónde resuelve disolver al escritor en el conjunto de determinantes que hacen posible su discurso no sin atender a la posibilidad de que sí puedan generarse discursividades de estilo definido. Los historiadores criticaron, asimismo, a Foucault por la generalización abusiva de ciertas nociones que las colocaba en un lugar de sistema y método, lo que desembocaba en una descripción que esquiva a la reflexión epistemológica y no coincidente con las discontinuidades marcadas por otros autores. Convinieron que su método apuntaba al cuestionamiento de la doxología, pero sus afirmaciones de los “hechos” parecían una interpretación privilegiada, que merecería un análisis más detenido que, generalmente, el lector medio no lleva a cabo. Aseveraciones como: “el lenguaje no es un sistema arbitrario”[xxii] requerirían una discusión extensa y no una aceptación acrítica. Por otro lado, despertó pánico a estos especialistas la impugnación de la historia pues podría deslizar al lector a asumir como imposible la posibilidad de representación de cualquier hecho histórico y a la desaparición de la historia misma. También el círculo de epistemología de la Escuela Normal Superior[xxiii] formuló sus críticas sobre la noción de episteme, en relación con, el concepto bachelardiano de ruptura epistemológica, y otras nociones regadas a lo largo de su libro como arqueología, doxología, transición, historicidad y finitud. Michel Foucault no despreció estas críticas y dio contestación a quienes se las formularon puntualmente, sin embargo, consideró necesario escribir aclaraciones más precisas sobre el método arqueológico que tomarán la forma del libro: La arqueología del saber[xxiv]. Es precisamente ahí dónde definirá la arqueología en base a cuatro puntos enunciados en tesis negativas[xxv]: * La arqueología no trata de revelar nada. Trata de aprehender al discurso mismo como un fenómeno en sí, no intenta descubrir intenciones ocultas, ni hacer transparente ninguna verdad reprimida. Toma al discurso como monumento y no como signo. No es una disciplina interpretativa. * No trata de encontrar ningún camino evolutivo entre los discursos.
* Simplemente los aprecia en sus diferentes modalidades. * No es psicología, tampoco sociología, ni antropología de la creación. * No trata de restituir lo pensado, experimentado, deseado por los hombres en el momento de enunciar su discurso. Es sólo una descripción sistemática del discurso en relación al objeto. Estas enunciaciones negativas dejarán sin resolver del todo los cuestionamientos al método utilizado. Tras de estas aclaraciones, se puede saber lo qué no es la arqueología, infortunadamente, el resto del libro no muestra con claridad cuál es la esencia de ese método, quedando al lector suponer en qué exactamente consiste. No permanecemos en total oscuridad: en sus planteos hay una refutación frontal a conceptos como ideología de clase, individuo y libertad. Dos cortes destacan en Las Palabras y las Cosas: el que divide la producción renacentista de conocimiento sobre la naturaleza y el hombre de la producción ilustrada; y el que acaba con la Ilustración e inaugura durante el siglo XIX la zona actual de pensamiento que habitamos. Cada uno de estos acontecimientos da lugar a un reordenamiento de los espacios o armaduras en los que se producen los actos de representación o de habla, y fuerza a cambios descendentes en los tres campos de investigación ligados a la vida, el lenguaje y el trabajo. Se alteran, a partir de estos pasajes y de manera definitiva, las formas mismas de definir, clasificar, ordenar, y dar cuenta del devenir de los objetos de estudio. Lo que sorprende, en todo esto, es la simultaneidad de los cambios, así como la análoga dirección que adquieren - en cada una de estas disciplinas - intereses que en apariencia debiesen ser inconexos. La hipótesis arqueológica, y el método genealógico foucaultiano presentan en esta obra, numerosos problemas a la lupa. Por un lado, parecería deslizar la idea de que hay una influencia clara, definida y particular en un solo sentido que da como consecuencia la presencia de mallas conceptuales  -ocultas pero develables- sobre los productos concretos de la indagación científica. También, la aceptación de ésta hipótesis tal y cómo la encontramos formulada en Las palabras y las cosas, sugiere que dicha influencia se produciría de manera vertical y determinaría objetos, estructuras, representaciones y modelos de explicaciones, que serán asumidos por los practicantes de las más diversas disciplinas científicas a un mismo tiempo y en un movimiento de absoluto acuerdo. La división histórica tajante sugerida produce un problema más. No es posible considerar que los cambios de una episteme a otra se den de forma radical y simultánea, sin dejar en el camino restos de la etapa anterior. Foucault fue conciente de estos problemas y reelaboró su punto de vista para solucionar, más adelante, las complicaciones implicadas. Saltando estos errores relativos y no irrevocables, esta obra arqueológica (o genealógica) parece  sólida al mostrar paso a paso la intención de su proyecto. La arqueología que más adelante definirá el rumbo de sus investigaciones, y que no se diferenciará mucho de la genealogía, es una especie de práctica estética que muestra en un plano, la aparición y desaparición de discursos, sin atender del todo a categorías como emergencia o intencionalidad. Revela sólo el acontecimiento y considera inútiles preguntas como: “¿Quién es el autor? ¿Quién ha hablado? En que circunstancias y en el interior de qué contexto? Animado de qué intenciones y teniendo qué proyecto”[xxvi].


[i] Foucault, Michel. El nacimiento de la Clínica. Ed. Siglo XXI. Novena edición. México 1983. [ii] Canguilhem, Georges. Lo normal y lo patológico. Ed. Siglo XXI. México 1983. [iii] Eribon, Didier. Michel Foucault. Ed. Anagrama Barcelona 1992. P. 209. [iv] Foucault, Michel. Nietzsche, Freud, Marx. Cuadernos Anagrama. Segunda Edición. México 1981. [v] Foucault Michel. Las palabras y las cosas. Ed. Siglo XXI. Decimosexta Edición. México 1985. P. 337. [vi] Ídem. P. 364. [vii] Ídem. P. 368. [viii] Ídem. P. 50. [ix] Ídem. P. 88. [x] Ídem. P. 125. [xi] Ídem. P. 90. [xii] Ídem. P. 201 y 202. [xiii] Ídem. P. 290. [xiv] Ídem. P. 307. [xv] Burgelin, Pierre. “La arqueología del saber”. En: Análisis de Michel Foucault. Editorial Tiempo Contemporáneo. Argentina 1970. [xvi] Definible por Foucault como: “un espacio epistemológico de un período particular”. Miller, James. La pasión de Michel Foucault. Op. Cit. P. 203. [xvii] Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. P. 375. [xviii] Miller, James. La pasión de Michel Foucault. Op. Cit. P. 193. [xix] Eribon, Didier. Michel Foucault. Op. Cit. P. 221. [xx] Balan, Dulan et al. Coloquio sobre Las palabras y las cosas. En: Análisis de Michel Foucault. Editorial Tiempo Contemporáneo. Argentina 1970. [xxi] Foucault, Michel. “¿Qué es un autor?”. En: Obras esenciales. Tomo II. Ed. Paidós. España 1999. [xxii] Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. P. 42. [xxiii] Balan, Dulan et al. Preguntas a Michel Foucault. En: Análisis de Michel Foucault. Editorial Tiempo Contemporáneo. Argentina 1970. [xxiv] Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI Editores. Tercera edición. México 1976. [xxv] Ídem. P. 233 y 234. [xxvi] Ídem. P. 288.

sábado, 16 de mayo de 2020

Reflexión analítica en tiempos del Coronavirus. Julio Ortega B.



Me han contactado para aclararme que EUA no se ha retirado del Protocolo de Montreal para proteger la capa de Ozono, a pesar de que fue uno de los últimos países que se unió y a veces parece que hace trampa. Lo que sí es cierto es que no se encuentra en el Acuerdo de París que establece medidas para la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) a través de la mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas a efectos del Calentamiento Global, lo que hace patente su desinterés por la protección del planeta.

lunes, 13 de enero de 2020

Presentación del libro de Horst Kurnitzky: La estructura libidinal del dinero. Un aporte al estudio de la feminidad (nueva traducción 2019) Julio Ortega B. presentación.



Julio Ortega B. presentación del libro de Kurnitzky.


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Horst Kurnitzky no necesita demasiada presentación, de todos modos diremos que él es filósofo, sociólogo, doctor en teología,  arquitecto y cineasta, que estudió.en la escuela de  Frankfurt con Adorno, Horkheimer y es discípulo también de Klaus Heinrich y Peter Szondi. Trabaja la mitad de su tiempo en la Universidad Nacional Autónoma de México y la otra mitad en La Universidad Libre de Berlín, pero también es invitado a otras universidades en Europa y América, y ha sido asesor de diversas universidades y gobiernos en Latinoamérica. Su producción literaria de ensayos y libros es muy prolífica y sería un poco difícil, exponer aquí toda su obra.
Pero el propósito de este evento, es presentar la nueva traducción de su libro:Triebstruktur des GeldesLa estructura libidinal del dinero.Que hoy en 2019 ve la luz nuevamente en español, después de su publicación en Siglo XXI en 1978  en una traducción que nunca acabó de gustar al autor.   Publicado en Alemania 1974 después de haber sido un trabajo con el que recibió el doctorado de Filosofía, y fue después traducido por Siglo 21 al español, para alcanzar su edición en 1978, cabe decirlo, en una redacción dudosa y que no transmitía del todo lo que el autor intentaba comunicarnos.
Yo tomé contacto con este libro por ahí de hace 40 años, cuando estudiaba psicología en la UNAM y me perfilaba para encontrar mi camino al psicoanálisis y leerlo ahora para esta presentación, me hace un efecto curioso parecido al Dejá vu, y que me hace comprender la importancia que tuvo para mí, leerlo cuando todavía estaba definiendo mi vocación al psicoanálisis. Creo que en su momento no entendí demasiado lo que leía, aunque sí aprecié la riqueza de sus propuestas y la complejidad de su obra, que me fascinó íntegramente. Por ahí me dije que sin duda quería llegar a ser psicoanalista, pues la aplicación de la teoría a los fenómenos sociales era algo que realmente me pareció pertinente, más allá de la clínica, comprendí que más allá de la clínica podía llevarnos a comprender a profundidad la realidad histórica. No se hablaba entonces de genealogía, pero sin duda Horst hace un trabajo pionero en una línea semejante, al excavar los orígenes de la civilización humana, y traernos a vista la importancia del dinero, el comercio, la religión, y sobre todo el sacrificio, como pilares nuestra cultura.El recientemente fallecido psicoanalista argentino Germán García, leyó el libro de Horst hace años, e hizo por ahí una reseña y crítica, en dónde califica su trabajo de ser una muestra de erudición alemana, y se queja de que no cite a Lacan y sí a Laplanche, pues como sucede con los lacanianos, si no se trabaja desde esa perspectiva, parece que no se hace psicoanálisis o de plano no hay valor en el trabajo. Igual reconoce, que el libro ha pasado un poco sin la atención que merece, pues sus propuestas son quizá demasiado espinosas.  La idea que desarrolla Kurnitzky a través de su libro es que la estructura social y económica que vivimos, no está basada en una economía de dones, cómo lo sostendría en su momento Marcel Maüs en su libro intitulado El ensayo del Don publicado por ahí de 1925.En esa obra publicada por el discípulo de Émile Durkheim, se afirma que los dones intercambiados crean una obligación de devolver los regalos o favores, regidos por una lógica en la que hay una prestación de bienes uterinos contra bienes masculinos.Este intercambio, que sería la base de la sociedad, según él, dará lugar a un compromiso entre donador y donante, una deuda, y una alianza que conduce a la estabilidad.
Si yo recibo, entonces debo de dar o de saber que en algún momento debo retribuir el favor.
 Su trabajo ha influido mucho Sobre Malinowski (quienes ustedes recordarán cuestionó en 1924 en su trabajo sobre La vida sexual de los salvajes del Noroeste de Melanesia, la universalidad del Edipo para ponerle el mote de complejo principal), también sus tesis marcaron a Lévi Strauss e incluso a Sohn – Rethel. La tesis principal de nuestro amigo Horst va en una dirección muy diferente: el intercambio de dones no sería el mecanismo que sostiene a nuestra sociedad. Esta idea, es errónea y precisamente el reverso de ella es sostenible, precisamente nos presenta un cúmulo de evidencias y que parecen obvias.
 Desde civilizaciones muy antiguas hasta nuestra contemporaneidad, lo que ha regido y rige, es la lógica del sacrificio. Analizar la forma en que este dispositivo se ha jugado, transformado, ocultado, disfrazado, es la tarea que se propuso en este libro que – coincido con Germán García – debería ser más tomado en cuenta como un texto esencial para el estudio de la lógica social, sobre todo en Occidente que se presenta a sí mismo como civilizado y regido por el mito del contrato social.
 Su propuesta me recuerda los fragmentos póstumos de cierto escrito inacabado de Walter Benjamin que lleva el nombre de: El capitalismo como religión.Un texto que Giorgio Agamben lo ha rescatado del olvido y trabajado cuidadosamente.Allí, nos dice que el socialismo ha sido visto por algunos autores como un fenómeno parecido a una religión se ha dejado de lado el hecho de que el mismo significado se puede dar al capitalismo. De esta manera el capitalismo no sería solamente como Max Weber lo querría ver, una secularización de la fe protestante, un fenómeno que se desarrolla como parásito a partir del cristianismo y deriva en un modo de producción, sino una religión de culto. Quizá la más extrema y absoluta que haya existido jamás, dónde todo en ella tiene significado sólo con referencia al cumplimiento de acciones sin freno ni límite pero imposibles de cumplir, con la finalidad de que el gran reloj de la explotación gire y gire como en Metrópolis de Fritz Lang, o se coma a los obreros como en Tiempos Modernos de Chaplin; pero también, en última instancia reviente los intestinos, estómagos, hígados y colones de los capitalistas. El dinero es rastro de un sacrificio pasado, aseguramiento del presente y promesa del futuro: todo excremento al fin y al cabo. La felicidad se convierte en un ideal inalcanzable, pues entre días hábiles y fines de semana no hay diferencia alguna. En este culto, la fiesta significa trabajo y no potlach. Este escenario, me recuerda la novela American Gods, de Neil Gaiman, dónde los Dioses arcaicos están en lucha contra los Dioses Modernos (provenientes del panteón de silicio y cristal líquido) que los quieren substituir, sin reconocer que ambos bandos lo único que buscan es sangre y sacrificio por parte de los humanos.
 También menciona Agamben siguiendo a Benjamin, que el culto capitalista, tiene la característica de no remitir a la redención, al descanso, a la expiación de culpa. Su propósito es la compulsión a la repetición del pecado, condena de cualquier forma, al fin y al cabo. La máxima de la acumulación de dinero, diría Horst, se extrapola al conocimiento, al gusto estético, al consumo de bienes, la satisfacción es reprimida, vivimos como impotentes que no logran llegar jamás al orgasmo. Así la gente visita los museos sólo por poner la foto en el Instagram, viaja sólo por decir que ha estado en tal y cual lugar frente a los amigos, acumula libros que no leerá jamás, tazas que no usará, botellas que no beberá, compra ropa que no se pondrá más allá de una vez.
  Sería éste, el único caso de un culto no expiatorio sino culpabilizador, dónde se alimenta una monstruosa conciencia incriminadora sin opción a la salvación o al rescate, sino a un tormento eterno como el del purgatorio. Esa culpa es perene y universal, alimentada por un Dios que no ha muerto como quisiera Nietzsche, sino que sigue ahí en la obscuridad atrapado, vigilante como un Padre superyoico sometido a la obligación de castigar sin piedad a sus hijos.
 Y detrás de toda religión, nos lo muestra muy claramente el libro de Horst, está el rito del sacrificio de lo que más queremos. No se trata por otro lado, de esperar nada a cambio, el sacrificio es simplemente la condición de existencia. El capitalismo es una fe sin esperanza. También Horst, nos muestra que en este ritual, la primer sacrificada es la mujer, condenada a la maternidad y a la atención al hombre en una sociedad falocrática. Por eso también, nos dice del descuido de los estudios de psicoanálisis sobre la madre, lo que me hace pensar que la mitología de Melanie Klein es también en cierto sentido una ficción bizarra dónde el pecho es una representación de un falo (especialmente en el caso del pecho malo) y no una fuente generosa de leche que alimenta al bebé sin esperar ninguna retribución.
 Cita Horst el mito de Lilith, la primera mujer de Adán, que aparece prácticamente borrada de las versiones extendidas de la Biblia. Según esta historia, ella se rebela contra Adán porque siempre le quiere hacer el amor acostada, ella quiere comérselo también, cree que tiene derecho como él a tener una posición activa. Le dice: «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? Yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual».Puesto que Adán se opone, ella lo deja, y su destino será tener comercio sexual con demonios, abandonarse a la lujuria, y tras de negarse a los ángeles que le envía Dios para volver a casa, sus hijos serán castigados con la muerte. Ella entonces, se dice, se vengará matando a los niños menores de 8 días, incircuncisos. Sacrificio de su deseo, su independencia y su sangre, parece ser el destino que el mundo judeocristiano depara a la mujer. Eso se ve muy claro en las bodas arregladas y la dote obligatoria – expresión de oblación también – del mundo judío hasta nuestro días.
 La serpiente de Eva, el puerco del sacrificio, son símbolos del sexo femenino al que representan. La sexualidad de la mujer debe estar sometida al varón. La religión del capitalismo se basa también en este sacrificio. Aún en nuestros días que la mujer usa jeans, trabaja fuera de casa y controla su fecundidad con el ginecólogo, supuestamente para gozar libremente de su sexualidad, se le exige finalmente el sacrificio de su deseo de diversas maneras, desde la fidelidad, hasta el convertirse en objeto fetiche y alimentar con su propia mano, cuerpo, sexo, la falocracia; de tal manera que pueda ser reconocida como mujer acompañante y/o esclava del hombre a riesgo de no ser tomada en cuenta, perderse en la nada del pantano del olvido. Este fenómeno lo vemos en nuestra cotidianeidad, en mujeres jóvenes y maduras, solas o que así se sienten, a lo mejor divorciadas, que se lanzan con desesperación al uso de redes sociales como el Badoo, Lovoo, y Tinder, buscando respuesta a su demanda de amor y encontrando sólo sexo. También esa tendencia al sacrificio se ve en la moda de los pantalones razgados que muestran las piernas de las chicas como si hubiesen sido víctimas de una violación, la manía curiosa, también ha pasado al hombre, todos somos torturados y mártires finalmente.
 Kurnitzky es crítico severo del trabajo de análisis del psicoanálisis, dice que se queda en un nivel básico de investigación de los fenómenos culturales, sin tener conciencia de la historia. Capitalismo y socialismo son analizados como formas equivalentes de falocracia. La caída del muro de Berlín y del socialismo en los países del este de Europa, la industrialización de China que lo convierte en el más importante productor hoy día, le dan la razón.
 Va más allá, analiza el mito de Prometeo como la representación de que el robo y el sentimiento de culpabilidad están en el comienzo de la civilización. El fuego por su origen de frotación es consonante al coito, y por tanto ligado al fantaseo incestuoso. El castigo a este Titán amigo de los mortales, es una variante de la castración y la represión de nuestros impulsos, fuente de la cultura. En esa línea de análisis, Pandora, la primera mujer representa el retorno de  la madre reprimida por el patriarcado.
 El dinero toma diversas formas, no es sólo moneda de oro o billete, sino ganado, puercos, cacao, maíz, conchas, collares, caracoles, su forma no es esencial sino su función de sacrificio y después de intercambio, sobre esta base se constituye la vida material.
 También es crítico de la teoría marxista ortodoxa que nunca consideró en su análisis económico, la libido y el deseo, como elementos transcendentales para el análisis de la mercancía y sus canjes. Quizá porque no había Freud desarrollado aún el psicoanálisis es que Marx no consideró estos aspectos, pero sus seguidores extendieron su análisis parcial hasta nuestros días, ignorando la economía pulsional en las relaciones de producción.
Libro complejo, original, crítico que se publicó cómo les decía hace 40 años, hoy en día tiene vigencia y nos complace ver una nueva traducción, que su esposa Marialba nos hizo el favor de hacer, y que nos trae nuevas pistas sobre la intención del autor en relación a un tema que no ha sido suficientemente valorado. Hoy tenemos aquí a Horst, y es un honor, un gusto para nosotros que podamos interactuar con él.




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Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.