lunes, 26 de junio de 2017

El Otro. Un cuento.

EL OTRO.



¿Por qué una mujer acepta a un hombre como suyo? ¿Su consentimiento depende de esa sensación ácida, dulce y picante llamada amor? ¿Eso que llamamos amor, no perdura? ¿Por qué los hombres y las mujeres necesitan a un otro, que no acaban de comprender nunca? ¿Qué quiere una mujer?


Estas preguntas le habían acompañado como una picazón ardiente toda su vida. No eran grandes interrogantes y lo sabía muy bien. El carnicero de la esquina y el portero del edificio se preguntaban lo mismo y seguramente tenían alguna respuesta que les satisfacía. Pablo se quedaba absorto y petrificado ante esas preguntas, tratando de olvidarlas y deseando que éstas se resolvieran solas con el paso del tiempo.


Las respuestas no vinieron y las interrogantes parecían tener la intención de quedarse a fastidiarlo. Atravesaron la vida de su cuerpo adolescente que tiraba hacia delante y buscaba llenar un vacío que se antojaba insondable. La neblina del tiempo, sepultó su juventud y se despreció a sí mismo por ocuparse de esas necedades amargas.


Se decía que el amor inextinguible no era más que una mentira que nos contamos. La amarga realidad consistía en que la gente se olvida de cualquier cosa al darse la vuelta, no importa lo mucho que suceda entre dos amantes: las vueltas y sudores en la cama, las promesas hechas en la oscuridad. Pero, quería en el fondo: encontrar un amor ideal. Una mujer que le tratara con cariño y admiración, que lo mimase en las mañanas al despertar, discutiese con él sobre cine, literatura ó filosofía, y pudiera también, volverse una niña traviesa dispuesta a gritar de alegría ante las cosas más simples.


Tratando de olvidar esta búsqueda y no querer saber más de asuntos que sólo le generaban angustia, se había casado con una esposa sin dobleces que le había hecho padre de dos hijos y había sellado – pensó – el sobre con esas interrogantes. Quería conformarse con una felicidad con minúscula, al fin y al cabo, la única posible. Pero en su corazón, siempre permaneció ese espacio interno de soledad que él identificaba a un paraje sombrío y horrendo, un Maelstrom que le sorbía siempre hacia la tristeza. Aún así, convirtió a su consorte, en la razón que modulaba sus emociones y la madre limitante de sus locuras, que afortunadamente él llevaba a cabo a escondidas.


Y la felicidad poquita que había encontrado: cómo vino, se fue. Su compañera desapareció del mundo, después de casi tres lustros, dejándolo más desamparado que nunca frente a un universo de relaciones humanas ininteligible.


Cuando desapareció el luto, los hijos fueron creciendo como tercas yerbas silvestres, sin necesitarle demasiado y más rápidamente de lo que esperaba. Le asombraba que tuvieran más seguridad y más decisión para vivir, que su padre con toda una carrera académica.


Vino de nuevo la tormenta. Siguieron en su vida encuentros fortuitos con mujeres que nunca amó demasiado por no comprenderlas o porque de plano, rechazaron su egoísmo y el lastimero extravío que le amargaba. Una mujer atinó a decirle: "No sabes escuchar a las personas... sólo te oyes a ti mismo" Otra le dijo: "Las personas son juguetes para ti y además acabas por romperlas". Su vida siguió más sola que nunca. Sus hijos crecieron, siempre más fuertes y mejor preparados para afrontar, cualquier tipo de dificultades. Si tan sólo hubiese tenido una hija, quizá eso le hubiese aproximado con la naturaleza femenina, con el cosmos, en el fondo con su propia alma. Pero su destino había sido diferente y había permanecido fuera de cualquier reconciliación posible con el otro sexo.


Decidió no volver a casarse y dedicar su vida a la Universidad, a ser el maestro de la voz monocorde y sabia, que dice todo sobre nada. Se había convertido en el puntual maniquí que las jóvenes alumnas admiraban, sin distinguir al hombre que les miraba con hambre insaciable desde dentro.


Aprendió con los años el arte de parecer un buen padre, un triste solitario, de los que dicen haber atravesado cualquier tipo de experiencias, hasta alcanzar eso que llaman madurez. A pesar de su máscara, despertó la compasión de Ella, brillante estudiante de la maestría, que empezó a escucharle como mujer y terminó arrimándose como enfermera dispuesta a ofrecer sus cuidados al animal herido.


Se resistió con todas sus fuerzas a ese amor, trabajo le había costado alcanzar su torre inexpugnable, para tirarse de rodillas ante una fémina a la que llevaba, nada más y nada menos, que 23 años. Sus hijos "felizmente" casados y aproximadamente de la misma edad que ella, vieron con recelo el interés de esa mujer animosa y con aire adolescente – mucho más bella que sus esposas – que aleteaba alrededor de ese viejo, a quien habían terminado por despreciar, cada vez más, desde la muerte de su madre. Les molestaba que fuera guapa, inteligente, elegante y despierta, dulce y sensual. La miraban con positiva rabia y en el fondo con deseo.


La boda se produjo a los pocos meses con desencanto, pocos invitados asistieron y hubo que regalar al jefe de meseros, gran parte del banquete dispuesto para la ocasión. Para él, empezó una nauseabunda sensación de humillación frente a esa espléndida mujer. Mientras más convivía con Ella, más se daba cuenta de que se había ganado la lotería, pero empezó a sospechar que había de por medio una trampa, ó un precio que pagar por su fortuna. Se percibía a sí mismo frágil, viejo y cansado, imaginaba que para los que los veían juntos resultaba inexplicable que un árbol añoso se apoyara en una rosa floreciente. Empezó a sospechar burlas y comentarios que darían cuenta de la fragilidad de la relación. No aguantaría el paso de una joven, un viejo que usaba – desde hace años – dentadura postiza.


El viaje de bodas logró atemperar un poco la cascada de dudas y reproches que él mismo se hacía. Después de todo – el argumento recurrente que hace la infelicidad de otros – tenía derecho a la felicidad. Esta vez, estaba ante sí, la oportunidad de consumar sus sueños y llenar ese horrendo vacío que le había acompañado toda su vida. Quería interrogar a esa niña que resumía todas las mujeres del mundo y encontrar por primera vez respuestas. Se decía en una broma algo patética, que por fin había encontrado la mujer de su vida – y por esos años que les separaban –, la de su muerte.


La admiración casi infantil que tenía por él, le proporcionaba una sensación de afinada seguridad, de relajante sosiego que recordaba un baño caliente y perezoso de tina en un día vacacional. Su confianza flaqueaba cuando pensaba con angustia que el tiempo corre aunque se cierren los ojos y quizás un día se despertase impotente. Más aún, con alguna enfermedad terminal dispuesta a truncar su paraíso. Se imaginaba que cuando estuviese moribundo en el lecho de enfermo, Ella sería un fruto maduro y jugoso en el cual se habrían afinado más, todos los rasgos sutiles y bellos que hoy la hacían brillar entre otras mujeres. Entonces venían las peores inquietudes que lo atacaban, cómo los pájaros del filme de Hitchcock.


Su morbo depravado le empujaba a pronosticar que no se mantendría casta y fiel ante la basura de hombre en que se convertiría, y que no estaría allí esperando con paciencia, cerrar amorosamente, sus ojos sin vida. La imaginaba entonces, revolcándose con otros hombres: siempre mejor parecidos que él, más atrevidos, más salvajes, y sobre todo, más jóvenes.


El regreso a la cotidianeidad revolvió de manera extraña sus turbios pensamientos. ¿Por qué había aceptado su amor? Un destello de rencor empezó a crecer en él y las que habían aparecido como razones de su fortuna se transformaron en el material de su desdicha. Se decía que Ella no le había tenido amor, sino lástima y que ese sentimiento es más propio hacia un perro que conveniente a un amante. Empezó a sospechar de todos sus movimientos y salidas, imaginó que empezaría a engañarlo pronto, si no es que ya estaba saliendo con algún imbécil diplomado en arte, ciencias administrativas ó comunicación. Luego empezó la sospecha de que no tendría por qué ser sólo un amante. Una hembra a su edad, está en el punto más crecido de su apetito sexual.


Lo más importante era la sensación de humillación, de sentirse traicionado por alguien en quien había depositado toda su confianza y fortuna. Nunca pudo probar que todo fuese sólo una sospecha con fundamentos y algo más que su imaginación, pero aún así, no dejaba de atormentarse. Una de las cosas que más le molestaron desde el principio de la relación hizo crisis: él la precisaba y no podía tolerar esa necesidad. Se sentía un crío desvalido ante ese sentimiento de dependencia que había abominado y, paradójicamente, deseado por tanto tiempo.


Al cabo de unos meses de mortificarle con sus celos, notó los signos obscuros del desamor. La dulzura y paciencia que le había conocido cedieron su lugar a un enfado e irritación constantes que él no se daba cuenta, había provocado con sus amargores y desconfianzas. Sucedió que dejaron de hacer el amor y buscar el antes cálido y complementario cuerpo del otro. Empezaron a echar a un lado, invitaciones y salidas con amigos, las excursiones de los dos, antes deseadas con entusiasmo, terminaban en reproches: Ella había sido demasiado amable con el mesero ó volteado a ver coquetamente algún comensal en otra mesa.


Su mundo empezó a volverse negro como el abismo que se retorcía en su dentro y Ella parecía moverse a la discordia que a él siempre lo embargó. Empezaron a encerrarse en sí mismos: el odio, la tristeza y la miseria, los iban consumiendo sin más.


Los pocos amigos que les rodeaban empezaron a retirarse sin que esto les importase. ¿Cómo podrían hacerse cargo de alguien más? ¿Debía importarles el mundo exterior cuando su intimidad se hallaba rota en pedazos?


Un amigo médico con las mejores intenciones, les recomendó tomar una terapia de pareja. La idea escurrió de su cabeza como baba de caracol, pues siempre fue impermeable a todo psicologismo. Se repetía – cada vez que podía – que la psicología no era otra cosa sino "filosofía sin rigor, ética sin exigencia, medicina sin control". Para salir de cualquier atolladero, estaba la razón y la inteligencia, no artificios ni supercherías.


En un momento de verdad, Ella entrevió que quizás esa posibilidad fuese su última esperanza. Tras una amarga discusión comprendió cuán inútil era tratar de hacerle entender tal cosa, al señor en su torre inexpugnable. Él parloteaba que quería tirar dinero a charlatanes sin autoridad moral, ni conocimientos suficientes para dar un buen consejo. Remataba gritando: "¡La psicología y sobre todo el psicoanálisis son para pendejos!" ¡"Los psicoanalistas creen tener la verdad y no son más que usufructuarios del confesionario!". Se decidió entonces a dar un paso adelante en la dirección que él más detestaba. Tomó el directorio telefónico y buscó una referencia. Si quería salvarse – pensó – sería sola, y quería encontrar la claridad necesaria para tomar los pasos hacia su liberación. Llamó al primer nombre de la lista y se animó a solicitar entrevista con un psicoanalista.


Los celos de Pablo, se acrecentaron. Y, de pronto, en su torcida mente empezó a pensar que tal vez esa terapia podría cambiarla no sólo a Ella, sino toda la situación. Especuló que, después de todo, la labor de un buen curandero consiste en hacer que el paciente se adapte a su realidad de la manera mejor posible. Comprendería que la elección que tomó con él era juiciosa, quién sino él, podría ofrecerle una vida segura y estable. Con suerte la dejaría soltera pronto, para que buscase otro amante más a su medida. Si en verdad lo quería, debía comprender sus inseguridades y aceptar con paciencia sus exabruptos, por absurdos e irracionales que fuesen. El verdadero amor – se repetía mentalmente – está en el sacrificio por los otros y en el cumplimiento con la sociedad del compromiso contraído, no había hijos de por medio pero así sería más sublime su entrega.


Al principio las cosas empezaron a caminar de manera diferente, la veía regresar de sus sesiones liberada y para tomar a broma sus reclamos. Parecía más jovial y más fresca que antes, era cómo si el análisis la hubiese entonado en una clave diferente. Sus bromas tenían un aire sarcástico que lo desarmaba completamente y le hacían soltar la carcajada para acabar riéndose de sí mismo. Le empezó a mimar de nuevo con un cariño agigantado que prácticamente lo asfixiaba, de pronto había sucedido el cambio que él codiciaba y aún así, se sentía mal. Se había acomodado en el tren desdicha y no podía salir de ese riel.


Conforme pasaba el tiempo, las cosas volvieron a estancarse en la medida que la terapia progresaba. A pesar de que tenían nuevamente relaciones sexuales, empezó a notar, paulatinamente, un aire de pasmo ante todo y alejamiento del mundo.


Se preguntó que le estaba ocurriendo con desesperación. Tal vez se estaba culpando del mal rumbo de su relación, cuando no era su culpa lo que había estado pasando. Quizá esa vuelta del cariño inicial era solamente una actuación ó período ciclotímico en su carácter variable, a lo mejor necesitaba medicación y no palabras ó simple escucha.


Pensó en la famosa transferencia de amor y empezó a sospechar que se estaba chiflando por su psicoanalista. Le horrorizó sobremanera pensar en la posibilidad de que un profesional no ético se aprovechase de su confianza. Cada día que transcurría, se hallaba más extraña, como fuera de este mundo.


El extraño misterio que en Ella ocurría siguió avanzando.


Sus sesiones nocturnas de análisis se incrementaron de dos a cuatro veces a la semana. De pronto, empezó a mirar a través de él. Su vista iba siempre más allá de donde él estaba, incluso hacia ninguna parte. Una furia se empezó a desatar en su dentro ante su conducta, él había dejado de existir y no lo esperaba para comer ni para acostarse. Parecía que hacía su vida de soltera y que no le importaba en absoluto seguir compartiendo el mismo espacio. Más pronto que tarde, llegó un momento en que cada quien ocupó una habitación diferente.


La indiferencia, cuál virus silencioso, fue destruyendo toda desconfianza y reproche. Empezó a reconsiderar su miserable actitud, a cortejarla de nuevo. Comprendió que su estupidez la había arrastrado a esa indolencia insoportable. Lo más que lograba es que Ella se limitara a echarle una ojeada con unos ojos tristes y sin vida, pero, escasamente le hablaba.


Y de nuevo vinieron los celos. Se preguntó si su cambio de actitud, no sería producto de esos supuestos nuevos amores. Decidió observarla a escondidas y la sorpresa que se llevó es que prácticamente ella dormía todo el día y había dejado de comer. Sólo tomaba lácteos y, cada vez, en menores cantidades ¿Se trataba de anorexia nerviosa?


Eso sí, parecía que se reanimaba para sus sesiones de análisis y salía al ocaso del sol a pasear un poco por las calles y las tiendas antes de llegar a su sesión. Cuidadosamente la siguió y reconoció que las noches que no iba a su terapia, se dedicaba a vagar por ahí al amparo de la oscuridad. Luego, se le perdía misteriosamente en las calles sin que pudiera explicarse, qué senda había tomado.


Habló con un psiquiatra amigo suyo para exponerle el caso. El médico psicoanalista le preguntó el nombre de su terapeuta, pero no lo reconoció entre los colegas que frecuentaba ó conocía. ¡Había tantos psicoanalistas ahora! Algunos – provenidos del legendario exilio sudamericano – se habían formado prodigiosamente en el vuelo de camino a México. Aún así, le indicó que no interfiriera. Ese alejamiento, advertía un fenómeno normal y esperable en todo tratamiento psicoanalítico, le oyó decir:





– Durante el proceso terapéutico es normal que un paciente se apegue emocionalmente a su terapeuta. Sólo existe en este momento su analista en mente. Es absolutamente normal, te digo. Vas a ver cómo en un poco de tiempo, empezará a tomar las cosas con más calma. Es un período difícil, porque quienes sufren son las parejas. Tiene que revivir sus vínculos y dependencias infantiles en ese escenario. Se irá desprendiendo, poco a poco, de eso que técnicamente se llama transferencia, pero que es amor al fin y al cabo. Estoy seguro volverá a ti para rehacer sus vidas. Si no fuese así: ya se habría ido hace tiempo. Algo importante la retiene junto a ti.





La bondad de sus palabras le asustó más que tranquilizarlo. Le dolió y molestó, el tono pedagógico del sermón. Podía considerarse a sí mismo un hombre de criterio, pero eso de que su joven y vulnerable esposa, fuese a contar sus intimidades a un desconocido que podría aprovechar de esa información para – ¿por qué no? – seducirla, era algo que él no podría permitir.


¡Cuántos casos no había oído sobre el particular! Los dedos de sus manos no alcanzaban para contar los chismes sobre terapeutas que empujaban en abismos de amor y dependencia sin fondo a sus pacientes.


Fuera lo que estuviese pasando, se veía cada vez más perturbada. Ese interés perdido por la comida hizo crisis. Empezó a beber solamente agua natural y a bajar de peso aceleradamente. Su delgadez extrema y su color pálido comenzaron a asustarle.


Su mujer parecía víctima de un estado de depresión severo. Si una etapa del tratamiento producía esto: ¿Sobreviviría al resto?


La historia de que volvería anhelante, le sonaba a patraña. Se podía ver – objetivamente –, que se estaba alejando para siempre y además, su salud estaba en peligro.


Decidió tomar cartas en el asunto y hablar personalmente con su terapeuta para indagar qué estaba pasando. Llamó al consultorio identificándose con la secretaria y solicitó una cita para hablar con el analista. Cortésmente la secretaria indicó – tras de consultar con el doctor – que dicho encuentro no procedía, que con gusto le daría un par de referencias de otros colegas. Iba a gritar algo obsceno en el teléfono, pero, colgó sin discutir.


Una idea – devoradora como sus celos – empezó a invadirle. Tomaría por asalto el consultorio de ese charlatán y lo confrontaría. O quizás sería mejor confrontarlos a los dos, sorprenderlos si era preciso en el acto, y ver con sus propios ojos qué clase de terapia consumía la vida de su amada.


Esa noche, acudió al edificio del consultorio a la hora de la consulta. Desde la calle, esperó hasta que la vio entrar al edificio. Antes de que la puerta cerrase, pudo colarse detrás, sin ser advertido. Una vez que se percató del piso dónde Ella se dirigía, marcó el botón del ascensor y esperó a que llegara para alcanzarla.


Salió a un pasillo y buscó el despacho. La puerta estaba entreabierta, distinguió un pequeño escritorio custodiado por una secretaria madura de gafas. Entró y demandó por el doctor en cuestión. Se hallaba ocupado. Le preguntaron si tenía cita con él. Respondió que no, pero que tenía sumo interés en verle. Entonces – dijo la doña –, el doctor no podría atenderle. Pero si dejaba su nombre, quizás se podría arreglar una entrevista. Escupió un alias y dijo, que esperaría para hablar personalmente con él. La secretaria contestó molesta que tomara asiento. Obedeció, fingiendo contrariedad.


Ahora se hallaba más confuso que nunca. Estar ahí era una locura. Iba a levantarse para largarse, cuando sucedió algo inesperado. La mujer abrió el escritorio y sacó con discreción su bolsa, saliendo del despacho para dirigirse al baño en el pasillo.


Permaneció inmóvil unos momentos, sin saber qué hacer.


En aquel momento, su amor, sus celos y rabia volvieron mezclados en un remolino caudaloso de emociones. Sintió que la cabeza le iba a reventar.


Algo en su dentro, comenzó a encenderse hasta que las llamas inflamaron todo su cuerpo.


Violentamente se precipitó hacia la puerta, haciéndola crujir primero, para vencerla después con el peso de su cuerpo.


Ante su mirada apareció entonces un cuadro de horror perverso inimaginable.


Las tenues luces del lujoso consultorio no impidieron que sus ojos se clavasen en el diván. Ella se encontraba yerta, mientras un cuerpo de hombre la cubría parcialmente. El rostro del desconocido se borraba, ocupado en una caricia sobrecogedora.


Él se adelantó sin furia, con paso tembloroso, para atestiguar cómo el OTRO giraba su rostro, y mostraba cómo, de sus labios manaba la vida roja, que también fluía tibia del cuello del cisne.


Este cuento lo escribí en 1989. Ha sido publicado previamente en Carta Psicoanalítica No. 11.



domingo, 28 de mayo de 2017

¿Distancia sin retorno? Intervención en el Foro de Canal Freudiano, evento realizado junto con la Universidad Autónoma de Tlaxcala el 20 de mayo de 2017.


¿Distancia sin retorno?




¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!

¡Me has traspasado con tu flecha alada

que vibra, vuela y no obstante no vuela!


Paul Valéry


Es difícil elaborar un trabajo sobre la situación que estamos viviendo en México, sin caer en la repetición de lugares comunes, que describen el horror de los feminicidios, el abuso del poder y la corrupción política, la narcoviolencia,  la confusión entre delincuencia y poder estatal.

Tan sólo en marzo de este año[1], en el estado de Veracruz, en un lugar llamado Colinas de Santa Fe, la policía – en este nuevo período estatal tras la gubernatura del virrey Javier Duarte –, encontró el mayor cementerio clandestino hasta ahora registrado y tras desenterrar 250 cráneos y más de mil restos humanos, se vieron obligados a suspender los trabajos por carecer de lugar suficiente para poder depositar los cadáveres y procesarlos. 

El servicio de Medicina Forense de la Universidad Veracruzana y los servicios periciales se vieron rebasados completamente y se calculan más de 300 cadáveres sin identificar. No hay sospechosos, no hay detenidos, ni personas posiblemente ligadas al monstruoso crimen de lesa humanidad. Ningún rastro ni huella, de una acción que tuvo que haber involucrado decenas de personas.

Uno se pregunta: ¿Cómo pueden haber sucedido estos hechos, y durante cuánto tiempo? Y: ¿Cómo es posible que una sociedad pueda tolerar estos acontecimientos? Hoy podemos decir apenas, algo que callábamos los veracruzanos por miedo: El estado ha sido un brazo de la delincuencia.

Todo este horror, obedece a un panorama muy diferente, al que se ofrece en la publicidad política estatal, en la que se habla de un Estado preocupado por defender los derechos de sus ciudadanos, combatir al crimen, y llevar a cabo elecciones justas. No parece un estado democrático y con sentido social, preocupado por borrar las diferencias sociales, mejorar la economía general, desarrollar la educación y allanar el camino a un beneficio común. Mejora en el patrimonio nacional, seguridad y democracia son objetivos fallidos o simplemente metas inalcanzables, quizá promesas hechas con la conciencia de que están destinadas a no cumplirse jamás.

Agamben[2] ha escrito un libro de nombre Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida, que retoma una figura romana referente a un sujeto que ha sido privado de sus derechos y que por tanto puede ser sacrificado por cualquiera exceptuando el caso de un ritual religioso, la nuda vida sería entonces aquella que cualquiera puede tomar, aquella que vimos en el siglo XX manejarse en los campos de concentración.

Basándose en las reflexiones sobre Biopolítica de Michel Foucault y los estudios políticos de Hanna Arendt, nos revela que la democracia occidental contemporánea que se precia tanto de ser defensora de la libertad y los derechos humanos, se encuentra en una secreta adhesión con el totalitarismo.

El paso a la creación de una Nación, ha creado la paradoja de que el ciudadano es no sólo el esclavo sino también supuestamente el amo y tiene que estar sujeto a las leyes al mismo tiempo que crearlas, suspenderlas, modificarlas, convirtiéndose a sí mismo en la justificación de la vida nuda, de la conservación del estado de excepción, que supuestamente garantizará el mantenimiento de la paz, a través de la imposición de una regla que nos hace a todos como sujetos expuestos a la muerte.

La secularización del poder a finales de la baja Edad Media, traerá esta revolución de las normas y conductas de la población. A finales del siglo XVIII se realizó un cambio en el cual el hombre al nacer ciudadano es afectado por un paradigma político en el que se hace sujeto a una condición de vigilancia que politiza completamente su vida y hace improbable su sostenimiento fuera de las reglas de la civilidad. Vivimos todos en un campo de concentración, nuestras identidades, deseos, pasos en la calle, son objeto de vigilancia y de cuidado no sólo por el Estado sino por las Industrias que en este país, ejercen el poder tras bambalinas, y para ser sinceros la distinción entre unas y otras es a veces difícil de hacer. Agamben llega a afirmar que el Estado trata al ciudadano como un terrorista virtual.

Quizá sea por el hecho de que en realidad el dispositivo político social que se opera a en las relaciones humanas en Occidente, sea precisamente de control absoluto, algo que estudiando las sociedades africanas postcoloniales Mbembe[3] conceptualizó como necropolítica., y que no sólo puede aplicarse a ese continente, sino específica y desgraciadamente a la situación que vivimos nosotros. Se trata de una concepción extremadamente original de las relaciones entre el Estado y la ciudadanía, envés de la noción foucaultiana de biopoder, que regula condiciones de dominación, sumisión y tributo que va más allá de la concepción de Foucault, puesto que hace al ciudadano un artículo desechable del que puede disponer en cualquier momento sin importar en absoluto su vida. El estado tiene derecho a la muerte como un medio de supervivencia de su soberanía, sobre todo en situaciones denominadas como estado de excepción, como la circunstancia histórica que vivimos, que ha convertido al ejército en una extensión de los servicios de seguridad y vigilancia pública. Y pienso aquí, en la diferencia supuesta que debía existir entre las capacidades de un policía y un soldado, en la que éste último estaría para defender el territorio y la soberanía en el caso de una supuesta guerra y nada más para eso, pues su preparación cívica y capacitación social no ha sido cuidada en el sentido de evitar la violencia, sino en el sentido de la fuerza, la coerción y la destrucción. Aunque también debíamos preguntarnos: ¿Acaso el policía es un personaje con estatura de honradez y honestidad en nuestro país? Por supuesto no ¿Será por ello que tantas personas prefieren al ejército en las calles que a la policía? Aún así, pienso equívoca y estúpida la política de Calderón que sacó al ejército a las calles para establecer un estado de guerra al narcotráfico que no ha hecho otra cosa que alimentar la fuerza de la delincuencia organizada y el estado de terror que vivimos, las armas están prohibidas para el ciudadano común, pero no para el ejército y los delincuentes que pueden comprarlas de todo tipo en el mercado negro o en los EUA, dejando entre dos fuegos a la población normal.

¿Pero cuándo empezó esta situación? Quizá sea exagerado, pero necesario hacer un seguimiento histórico del surgimiento de México como nación, en dónde un grupo de criollos usó a los indios –  casi aniquilados por enfermedades desconocidas como la gripe, el sarampión, y sobre todo la viruela después de la conquista –  para la defensa y florecimiento de sus intereses, sin hacerles del todo partícipes de los bienes logrados. Y dónde formaron una nación dónde durante siglos el poder ha sido criollo, racista y con la prevalencia de la figura del Amo sobre la del esclavo.

Esta estructura jurídico política equivale a una dominación de quien posee los bienes sobre el que nada tiene, en una situación en la que la miseria y el terror son necesarias  para la consecución de una opción política que crea desde el principio una clase plutócrata, separada completamente de la población, que solamente suministra migajas a los esclavos, a pesar de que sobre la marcha construye un régimen republicano, que sin embargo, no logra –  pues quizá no es su objetivo – abolir una racionalidad basada en la selección de razas y la prevalencia de un imperialismo tradicional que tiene como apoyo una fe católica que predica a Cristo para los pobres, pero defiende a Dionisio para los ricos. Por supuesto, no puede hacerse una simplificación nunca de los procesos históricos, el desarrollo de un país no es lineal ni sigue siempre los mismos caminos y formas, tampoco hay avances sin retrocesos. Juárez y la Reforma son una excepción a este movimiento general del que hablo, pero este camino liberal, fracasa en la instauración  de una política más justa que pudiese haber logrado la soberanía del pueblo sobre la de los intereses criollos. De hecho, a esta época siguió la dictadura de Santa Ana, y la pérdida de más de la mitad de nuestro país, a manos de la naciente potencia norteamericana.

La revolución mexicana, primera en su género en el siglo XX, surge de estas diferencias y resalta como un verdadera protesta social, en contra de esa clase blanca que añoraba ser europea y bailaba el vals a ritmo de Strauss en los salones porfirianos, promoviendo el positivismo en el proyecto educativo nacional, al tiempo que esclavizaba al indio, y no olvidemos que esa misma clase, ha puesto en Orizaba una estatua al dictador – máxima paradoja social que hizo al indio defensor de los intereses blancos – en 2015, y pretende poner otra, en el Puerto de Veracruz.

El Estado mexicano moderno, y su denominada democracia, nada tiene que ver con el pueblo, no lo representa. La actual clase política nacional ha surgido del fracaso de los ideales de la Revolución mexicana, la instauración del caudillismo en el siglo XIX y XX, amén de la estandarización de reglas que hasta ahora han hecho todo lo posible para impedir al ciudadano común acercarse a la política. Los partidos políticos se alimentan de las subvenciones estatales, ser político es pertenecer a una clase social pudiente, favorecida, poderosa, profesionalizar la mentira y la estafa, y sobre todo defender los intereses de la burguesía y las trasnacionales. Convertirse en gobernador de un estado, es de alguna forma ser un virrey, cómo llamaba a Javier Duarte, quien representa el superlativo de la corrupción dentro un partido político específico, pero que no se diferencia demasiado del estilo político general de todos los partidos. No hay izquierda ni derecha, hay intereses encontrados y tendencias diversas, que no toman nunca la forma de una ideología política total, las ideologías han cedido el paso a conveniencias. La forma de nuestra colectividad ha sido y sigue siendo piramidal, sin promover para nada la circularidad en las relaciones comunitarias. Primaria, secundaria, preparatoria y universidad, burocracia y empresa privada, son los espacios sagrados dónde se aprende la religión de la obediencia, nada debe escapar a este orden disciplinario que se hace carne e identidad en nosotros.

Pero quizá no del todo; dónde hay una presión y una fuerza, siempre surge un impulso contrario. Porque la violencia social y la delincuencia que hoy nos invaden, hablan de una rebelión sangrienta en contra de ese orden que está compuesto por múltiples dificultades para crecer, educarse y llevar una vida decorosa, puesto que se basa en la exclusión no sólo del indio sino quizá también del naco. Aunque este último término nos llevaría a otras reflexiones, puesto que de alguna manera sus características y lenguaje, han invadido lenguaje y acciones de la sociedad en general.

Se trata de una revolución caótica y sin ideales, más bien un saqueo y un amotinamiento en contra del mal gobierno, una reivindicación salvaje no sólo de clase, sino hasta de raza[4],  un descerraje  de los candados de poder a través de la violencia más extrema. Se trata de una rebelión en contra del ojo y del brazo opresor, en la que un sector de la población que normalmente no tendría acceso a los resortes del poder, accede por debajo del orden manifiesto, y tranza con el poder político hasta hacer casi indiferentes discrepancias y acciones, llegando a difuminar y confundir el poder productivo económico corriente, de aquél generado por la delincuencia en el lavado de dinero, la corrupción y las tranzas entre políticos y particulares, todos son delincuentes a final de cuentas. Por supuesto,  se tratan y respetan entre ellos como iguales.

La vida cotidiana está también, gracias a estas combinaciones y enfrentamientos de intereses: militarizada. Los comandantes militares tienen en las localidades que les son asignadas libertad para combatir o no el crimen, reprimir a la población, y en suma conceder la vida o la muerte a quien les plazca. Muchos de estos militares alimentan después de su servicio, los grupos paramilitares, capacitando a las tribus delictivas, como si fuese una extensión de su misma vida de batalla. Más que guerras territoriales, la estrategia de estos grupos delictivos es la de guerra de nómadas, según Zygmunt Bauman[5], lo que los caracteriza es su extrema movilidad, su rapidez de movimientos, su capacidad para viajar sin equipaje y su habilidad para surgir de la nada.

En esta nueva era de movilidad global, el derecho de matar ya no es monopolio único del Estado y frente al ejército regular aparecen diversos grupos que ejercen violencia por encima de los grupos establecidos y los límites territoriales. Un cártel tiene conexiones e influencia internacional, comercia no sólo con droga, coerción o secuestro de personas, sino que interviene en la economía de mercado de los países con los que está involucrado reservándose el intervenir políticamente o con acciones de terror. Surgen también ejércitos privados, que ejercen sin obstáculo y sin culpa, la violencia. Los integrantes de éstos grupos se convierten en figuras ideales para la población menesterosa que anhela tener esa fuerza y ese poder. Esos mismos habitantes los defienden y en ocasiones, los solapan, muchos súbditos han cambiado los ideales revolucionarios y las reivindicaciones sociales por la venganza bruta.  No es una vida feliz para el delincuente del todo que sufre persecución, hambre, sed, mala vida, pero es una vida guerrera que desafía los límites impuestos por la desigualdad social, la palabra muerte no existe en su lenguaje. Si hay riesgo, pero también lo que existe a la vez, es búsqueda de riesgo, juego con la muerte, porque estas personalidades tienen una posición particular en la que la muerte no aparece como un destino definitivo, y la satisfacción inmediata de sus impulsos destructivos y autodestructivos está por sobre cualquier consideración racional. Este tipo de sujetos delincuentes han sido caracterizados en la criminología por su posición narcisista, su aparente inafectividad, el establecimiento de conductas esquemáticas y recurrentes, su baja tolerancia a la frustración, su explosividad agresiva que se expresa física y verbalmente, su inestabilidad, todo esto no necesariamente se contradice con su inteligencia, amén de que pueden comprar con dinero, abogados, administradores, contadores, oficiales y poderes públicos. Llegan a constituir un Estado alterno, que en ocasiones se vuelve más importante que el poder del Estado el cual, por otro lado, es una mercancía que también se puede adquirir. Se manejan bajo el modelo de Feudo, pero constituyen una industria completa del crimen y gozan la característica de poder ejercer la fuerza de manera inmediata, recuérdese que Canneti[6] hacía una diferenciación entre fuerza y poder. Se refería a que la fuerza es más física más coercitiva e inmediata que el poder. La fuerza llega de pronto y es irrevocable, violenta. El poder como en el caso del Estado es más general y vasto, no tan dinámico.

En México, coexisten una serie de realidades múltiples que combinan la absoluta precariedad, la sociedad del bienestar económico total, la explotación de los trabajadores obreros e intelectuales, y la existencia de grupos paramilitares delincuenciales, en un estado que adopta al capitalismo como religión, y la lógica del Estado colonial como disciplina.

En este panorama infernal, que parecería no apuntar a ser más justo o equitativo en el futuro, nos podemos calificar de sobrevivientes, estamos en pie frente a muchos muertos. Como diría Canetti[7]: la única forma en que hemos logrado sobrevivir es justamente a través de matar, metafórica, imaginaria, y a veces realmente.  Me dirán algunos de ustedes que no son asesinos y que no han cometido nunca un delito, pero tolerar la injusticia y callar frente a la injustica es promover el crimen. Somos todos enemigos de todos, y entre ese montón de caídos levantamos nuestra figura. Indefensos yacen los muertos,  nosotros nos sentimos elegidos, hemos dado prueba de sí, nos aceptamos fuertes y creemos invulnerables, sucede así siempre desde la percepción de nuestro miserable Yo.   

Quizá lo mejor sea aceptar nuestra fragilidad y desde ella, a pesar de lo desalentador que pueda ser el panorama, intentar combatir esta violencia con nuestra lógica psicoanalítica, analizar, intentar comprender, promover el cambio, y a final de cuentas,  sacar el psicoanálisis del diván. Una cuestión que me ha estado dando vueltas en la cabeza es justo la promoción de candidaturas independientes, tenemos el ejemplo de Pedro Kunamoto o Jaime Rodríguez y aquí no importan tanto los personajes, sino el método de llegar al poder, de hecho el EZLN y el CNI por acaban de postular a María de Jesús Patricio como candidata a la presidencia. Habrá que evaluar si es ésta una manera de combatir al poder existente y generar otro tipo de relación con el Estado y con el pueblo.


Julio Ortega B.







[1] El Universal 17.03.2017 https://goo.gl/fS3HMm
[2] Agamben Giorgio. El poder soberano y la nuda vida. Ed. Pre – Textos. Valencia, 1998.
[3] Mbembe Achille. Necropolítica seguido de Sobre el Gobierno privado indirecto. Ed. Melusina. España 2011.
[4] Y cuando hablo de raza, se comprenderá que es un concepto imaginario, pero que cumple con eficiencia la clasificación de supuestas diferencias en los seres humanos.
[5] Bauman Zygmunt. Wars of the Globalization Era. European Journal of Social Theory. Vol. 4. No. 1. 2001. P.15.
[6] Canneti Elías. Masa y poder. Muchnik Editores. España, 1977. P. 277.
[7] Canneti Elías. Op. Cit. P. 224.

miércoles, 19 de abril de 2017

Prendimi l´ anima. The soul keeper. GB / Francia / Italia. 90 min. Color y B/N 2003)

El hábil y experimentado director Roberto Faenza ha filmado una película sobre un drama histórico que tuvo lugar en la primera mitad del atribulado siglo XX. Se trata de una película sobria y correctamente realizada en la que se nota una formación de escuela. El filme trata, sobre la vida de uno de los personajes más olvidados de la historia del psicoanálisis y que la genealogía de nuestra disciplina ha ido rescatando poco a poco para darle el lugar que le corresponde como pionera del psicoanálisis y promotora de la causa psicoanalítica en la extinta Unión Soviética. 


Son muchas las cosas que podríamos comentar de este filme, pero lo que más nos ha sorprendido, es el perfecto casting que ha realizado el director, quien ha escogido a sus actores tan cuidadosamente, al punto que, conservan un parecido físico extraordinario con los personajes reales. Emilia Fox, se encuentra sublimada en el papel de Sabine y se comprende cómo, debido a esta caracterización, fue elegida para el papel de Casandra en la próxima a estrenarse Troya (2003). Allí representará a la agorera hija de Príamo (rey de Troya), dotada de poderes adivinatorios que predice el porvenir sombrío, pero que desvirtuada —por un enamorado Apolo rencoroso— del poder de la persuasión, está condenada a que nadie la tome en serio. Un papel ligado, en una broma del destino, al que jugó la propia Sabine ante el mundo psicoanalítico y social de su época.



Un Iain Glen magnífico, completamente caracterizado, e idéntico a las imágenes que tenemos del Dr. Jung —otra charada de la suerte—, la juega de iluminado, prolongando exquisitamente y con matices suizos, su actuación en el rol del siniestro Manfred Powell, líder de los Iluminati, que una “mujer virtual” de nombre Lara Croft (2001) enfrenta con éxito en la primera de sus hazañas llevada al cine. 



Las escenas del film nos muestran el encuentro, en el sanatorio Burghölzli en Zurich por allá del año 1904, de una bella enferma mental de nombre Sabine, con su médico Carl Gustav Jung, el famoso psiquiatra que llegó a ser considerado por Freud como su príncipe heredero. Sabemos por la historia, que ésta fue quizás, la primera paciente de Jung tratada con el método del profesor Freud y que dio lugar, después, a una correspondencia voluminosa entre estos dos hombres que se vieron a sí mismos, como padre e hijo.



Por aquel entonces, Sabine se presentó al hospital traída por sus padres (adinerados y herejes judíos rusos) que la acercaron al famoso hospital dirigido por Eugene Bleuler. Sufría de delirios y una masturbación compulsiva, tenía trastornos de la alimentación (lo que hoy llamaríamos anorexia) y de defecación que le acercaban a una psicosis histérica. También, hacía gala de su aguzada sexualidad a través de conductas exhibicionistas que alternaba con ataques de llanto y risa incontrolables. En la película Jung se acerca a ella primero con serenidad, después con fascinación y finalmente con pasión. Impotente para controlar su contratransferencia (sentimientos generados en el terapeuta por el paciente), empieza una relación con su paciente al margen de su matrimonio que desembocará en un drama pasional que duró siete años desde que se conocieron.



Durante su relación compleja y prohibida, Sabine proporcionó a Jung, no sólo su cariño y dedicación de amante, sino ideas que se tradujeron en artículos y desarrollos en el campo de la teoría psicoanalítica y el análisis profundo. A Spielrein, se debe el germen de conceptos como el ánima y la sombra, que son atribuidas a su querido, quien jugó siempre injustamente con su alma, en una paradoja relacionada dolosamente con el apellido de su amante: juego justo. La relación llegó a conocimiento de Freud, quien escogió ignorarla en principio, y más tarde, recomendó de manera conservadora, que se interrumpiera la relación entre ambos. Sabine amenazó, varias veces, con denunciar a Jung y pidió entrevistarse con Freud, quien la rehuyó hasta que ella se encarriló para hacerse psicoanalista. En todo este pasaje al acto, el profesor vienés, hizo ojos ciegos sobre la conducta inapropiada que su protegido experimentó con otras pacientes, pese a que las pruebas en su contra no podían negarse en cierto punto.



El macho suizo, siempre negó este incidente (también lo hacen los analistas junguianos), pero no es el único que se conoce de las excursiones para probar su virilidad con pacientes a su cargo. Otro caso documentado, es el de su analizante y amante Tony Wolff, quien también se convirtió en analista y realizó, en un momento dado, un “análisis a dúo” con Jung sobre uno de sus pacientes: dónde el analizante contaba a un terapeuta su vida cotidiana, y a otro referiría sus sueños plagados de símbolos. Su obsesión por documentar el metafísico inconsciente colectivo fue para él un empeño al que le dedicó muchos años, pensando que éste descubrimiento le pondría —de una vez y para siempre— sobre su maestro Freud.



La esposa de Jung compartió no sólo el Círculo de Psicología de Zürich, sino su entorno familiar con la amada de Jung, en una situación difícil que duró muchos años y que Fowler McCormick allegada a la situación, describió así: “No me cabe la menor duda de que esta relación fue una tortura y algo doloroso de soportar para la señora Jung [1] ”.



El lector crítico caerá en cuenta, de que, la historia de los psicoanalistas de la primera generación está llena de pliegues silenciados, que desde su mudez, se repitieron hacia delante en los analistas de posteriores descendencias. El caso más difícil de entender, fue y seguirá siendo, la iatrogenia cometida por Freud, al analizar a su propia hija [2] .



También se encuentran registrados en los anales, difíciles casos similares, como el de Otto Grooss —defensor de la poligamia que practicaba Jung con sus pacientes— y de Victor Tausk, personajes que abrazaron el psicoanálisis como leit motiv de su vida pero que tuvieron una relación trágica con éste.



La cuestión de fondo en todos estos casos, tiene que ver con el amor de transferencia y la posición casi omnipotente de Amo a la que es fácil ceder ante los embates de la pulsión sexual. El analista debiera ofrecerse como causa del deseo a su paciente y tratar desde esa posición de articular bajo el impulso de la palabra el cúmulo de fantasías acumuladas en la historia personal del analizante a fin de que el sujeto acceda a la significación de éstas, rehistorize su vida y la reconstruya. El analista se ofrece, propiamente hablando, como semblante de una pasión del sujeto que se dirige sólo al encuentro con él mismo.



Pero más allá de eso que es teoría y que deviene máxima de ley entre los analistas, uno pudiera tal y cómo los libertinos lo hacían, retomar con espíritu travieso la cuestión y preguntarse si en realidad hay algo de malo en el hecho de que un analista toque a su paciente, sobretodo cuando ésta lo desea —no conocemos casos de analizantes masculinos en este trance— y puede satisfacerle.



Fuera de los desafortunados casos en que los analistas han cedido a tener affaires con sus analizantes, la historia consigna matrimonios entre analistas y ex-pacientes que han regularizado su situación anómala llevándola a ese crisol de fuertes emociones que todos conocemos como familia. Recuerdo una película irreverente y amena como Lovesick (1983) de Marshall Brickman, en la que el analista Dudley Moore sigue a su bella paciente Elizabeth MacGobern a pesar de ser casado y de estar advertido de que se acerca a un fruto prohibido que, por cierto, ya ha sido mordido antes por un anterior analista. La situación que para todos los que tenemos alguna formación analítica sería dramática y ruinosa es presentada —merced a la comedia— como divertida y encantadora. Alec Guinnes, personifica en una actuación soberbia a un Sigmund Freud que actúa, más bien, como Obi Wan Kenobi impulsando al nuevo caballero Jedi a romper esquemas que él mismo impuso, en beneficio de disfrutar más la vida y abrirse a lo inédito.



La pregunta libertina en el mismo tenor que la podría formular el autor de la Filosofía de la Alcoba sería: ¿Por qué no? ¿Simplemente por qué no lo permiten las reglas?



La respuesta no va del lado de respetar un mandamiento supremo o una ética de ascesis. Se trata de una cuestión diferente y que involucra la posición misma del analista que tiene siempre algo de infausta, porque la clase de Amo que encarna, es aquel que vive del pathos de lo efímero. Pienso, que entre la relación del amante con el amado y la del analista con el analizante no hay una igualdad de términos ni una relación de implicación. Se trata más bien de dos historias paralelas y distintas.



Una historia de amor nos dice Freud en "Puntualizaciones sobre el amor de transferencia" [3] es inconmensurable, sin comparación, ni escritura posible. La historia de un análisis, por el contrario, tiende a delinear una escritura —¡que no es la de los garabatos de la libreta del analista!— y queda del lado del trazo y del límite. No puede satisfacerse la demanda de amor del paciente simple y sencillamente porque ésta apunta a lo imposible, a la negación de la castración.



La demanda de amor del paciente se dirige a un objeto liso y sin fracturas y que se articula en una sentencia imperativa —estilo Rochefoucauld— que Lacan formula en su Seminario de la ‘Lógica del fantasma’ (18/02/1967), y con la que intenta definir el amor pleno: "Tú no eres nada más que eso que soy"; razón que remite a los cimientos del amor, hundidos en el narcisismo primario. El amante poseído por el Eros escoge al amado según esa lógica. Entonces, el amado analista del cual el paciente no sabe nada, accede a ser sujeto de amor sólo al precio de ser objeto puro de proyección del mundo interior del analizante. Nada de lo que sucede afuera no ha sucedido antes dentro. Esto implica que la tragedia de ese amor puro del analizante, no tiene nada que ver con lo que él es en realidad y por tanto no tendría por qué amar como sujeto (pues está convertido en puro objeto) y contestar en reciprocidad a ese amor que se le ofrece, a menos que ceda a la tentación siniestra de considerarse objeto puro, elección que le destina a caer estrepitosamente, más temprano que tarde.



La reciprocidad a ese amor de transferencia conduce irremediablemente a la búsqueda de la fusión total, a la tragedia del amor-pasión cuyo ejemplo extremo es el incesto y la pulsión de muerte que lo habita. El deseo se quiera siempre absoluto, y no hay nada absoluto más que la muerte misma.



Si bien ocupar el lugar del analista implica entrar en la categoría de mínimamente deseable, es la petición de principio para la transferencia, se entiende que el deseo del analista se debe reducir sólo a analizar, porque de entrada él no puede saber sobre el Bien supremo y el bienestar del paciente. En este orden de ideas, cae por sí sola la majadería — ¡acrítica del todo!—, que considera que lo mejor para el paciente sólo puede ser el analista mismo en calidad de amante.



Más allá de la alevosía de tomar un amor de esta naturaleza y la traición implicada a la confianza del paciente, se encuentra una cuestión más profunda, que no es otra que la de desconocer que la tarea analítica no está para colmar el deseo del sujeto, sino para articularlo, conduciendo al paciente más allá del síntoma, lo que es decir en este caso: el mismo análisis, del lado del límite y la castración.



Acceder a una pasión así es destituirse del papel de analista, abandonar la incómoda posición del analista. También, abandonar al paciente a la fatal creencia, de que el amor lo puede todo. Ese fue el engaño en que cayeron Jung y sus pacientes. En un ensayo de Roberto Calasso, se define tristemente al doctor Jung como un sujeto que en el baile de máscaras de principios del siglo XX se hizo pasar como científico.



Sabine fue un caso exitoso de Jung, pese a todas las infracciones del tratamiento. La relación con su paciente, parece no haber sido ignorada por los padres que fueron alertados por la misma esposa del doctor. Se conoce una carta de la madre de Sabine en la que le pide a Jung se aleje de ella, también sabemos la canalla contestación de Jung que Bettelheim [4] destaca en el prólogo al libro de Carotenuto [5] (que recoge e interpreta, algunas cartas y fragmentos del diario de Spielrein), y que habría sido referida al mismo Freud en una carta dirigida a él en 1909: "Pero el médico sabe cuáles son sus límites y nunca se excederá porque se le paga por su trabajo. Esto le impone las restricciones necesarias. Por ende sugeriría que, si usted quiere que me ciña estrictamente a mi papel de médico, me pague honorarios como recompensa adecuada por mi trabajo... mis honorarios son diez francos la consulta". Los mexicanos tenemos una expresión para referirse a eso: “cobrarse a lo chino”.



Sólo un año después de su cura en el psiquiátrico y remitidos sus síntomas, decidió estudiar la carrera de medicina, que terminó brillantemente con una tesis de doctorado sobre el tema de la esquizofrenia en 1911. Su personalidad extraordinaria y fuerte se adelantó a su época: independiente, con poco cuidado por las murmuraciones, agresiva y hasta revolucionaria.



Cuando decidió convertirse en analista, se involucró completamente en la tarea. Una de las más importantes ideas desarrolladas por ella, fue sin duda, el señalamiento de la inextricable relación entre pulsiones eróticas y agresividad que, muy probablemente, inspiró a Freud para concebir el concepto de pulsión de muerte. También hizo aportes al campo de la pedagogía psicoanalítica y el análisis de niños que conviene tomar en cuenta, como antecedentes de la práctica de los principios del psicoanálisis en la educación.



Después de tener varias sesiones con Freud y llegar a formar parte de la Sociedad psicoanalítica de Viena, decidió alejarse de él y seguir estudiando con uno de los personajes más importantes del psicoanálisis en aquel momento: Karl Abraham, primer psicoanalista alemán que ejerció en Berlín. En medio de toda esta historia, se casó con el médico ruso judío Pável Schettel con quien tuvo dos hijos.



La ruptura con Jung no fue suave y nunca del todo completa, es posible que haya visto a Jung mucho después del corte propuesto por Freud. Aunque se casó en 1912, permaneció mucho tiempo alejada de su marido, trabajando —cerca de su amado— en el Instituto Rousseau en Ginebra, aunque no sabemos a ciencia cierta si tuvo contacto con él. Finalmente, lo alcanzó en 1921 cuando decidió emprender el camino de regreso a su patria para formar parte del movimiento psicoanalítico ruso. Durante todos estos años, mantuvo correspondencia con Jung, conocemos sólo una fracción de todo lo que escribió Sabine, pero a través de sus letras, vibra una vida intensa.



La película acierta al escoger como línea argumental las cartas a Jung y el diario que ella produjo durante toda su existencia. Nos agrega a la historia principal, un pequeño cuentito referente a un historiador y una rebelde buscadora de papeles, que remueven las piedras de la nueva y capitalista Rusia, a fin de rescatar de las cenizas, la historia perdida de la bella Sabine. Una licencia poética que podemos conceder a cualquier relator de historias. 



El psicoanálisis, fue parado en seco en 1936 después de la muerte de Lenin, debido al antisemitismo del temible camarada Stalin, y por no coincidir con los rígidos principios materialistas del marxismo académico imperante: misma ideología, que sí toleró los audaces experimentos en materia genética de Lysenko, que hundieron la economía agrícola de la madre Rusia.



Asistimos en el filme, al ataque con cuchillo que realizó a su esquivo amante. Sabine deseaba con ansia quedar embarazada y ponerle a su hijo el nombre de Sigfrid, que supuestamente complacería a Jung (estudioso apasionado de los mitos germánicos) y que en la práctica, consignaría en un fruto de carne, la relación homoerótica entre Freud y su hijo putativo. La idea parece haberle chocado a Jung completamente, no sólo por el hecho de concebir un hijo fuera de su matrimonio, sino porque le mostraba ridículo, frente a su desmedida ambición por obtener la fama por sí mismo.



De hecho, la ruptura de Jung con Freud sucedió por ahí de 1913, cuando su maestro no pudo tolerar más: la asexualización del psicoanálisis, la rivalidad extrema del heredero, y las alarmantes faltas a su práctica profesional que lastimaban sus oídos. Freud mantuvo hasta el último momento, una admiración por Freud, producto de una transferencia salvaje que ya había tenido lugar con W. Fliess, el médico otorrinolaringólogo delirante que le sirvió como contraparte escucha para la realización de su autoanálisis.



Faenza, quien es también el guionista de este complejo drama psicológico, se porta crítico hacia Jung quien aparece llorando histérico de felicidad ante los rubios héroes wagnerianos. Para nuestro gusto, es demasiado gentil. Deja de lado, las siniestras maniobras que le llevaron a ser presidente de la Sociedad de Psicología Aria organizada por Göring (fue editor en jefe de su revista de 1933 a 1940) y los artículos que escribió en contra de Freud dedicados a censurar su trabajo, haciendo énfasis en que los negros contenidos del inconsciente judío no podían ser extendidos al estudio del alma pura de los arios. Jung apostó a la posteridad de su obra apoyándose en los nazis y perdió la batalla cuando estos fueron derrotados. Más tarde, trató de justificar su actitud, minimizando su participación y aduciendo la increíble patraña de que era una forma de ayudar a gente perseguida.



Sabine luchó porque fuese aceptado el psicoanálisis en su patria y chocó contra el muro del dogmatismo soviético. Esa situación perduró hasta la caída del régimen, un amigo mío que visitó en el año de 1985 Moscú, fue detenido doce horas por los aduaneros, por traer en su maleta las obras completas de Freud.



Sabemos ahora que Sabine llegó a la Unión Soviética el verano de 1923. Ingresó a la Sociedad Psicoanalítica Rusa y colaboró en la Casa Experimental de la Niñez, el dispensario psicoanalítico de la psicoanalista Vera Schmidt [6] . Realizó junto con ella y otros nombres ahora olvidados, trabajo dentro del Instituto Psicoanalítico del Estado de 1923 a 1927, durante los primeros años de la revolución socialista. Es probable que después haya sufrido de la persecución stalinista a los judíos. En la película hace una innecesaria aparición un supuesto hijo de Stalin que habría sido confrontado por Sabine debido a su rebeldía. Se nos sugiere que ese niño torvo y violento con rasgos asiáticos, fue el posible motivo para su eliminación del sistema educativo. No hacía falta esa imagen, los formalistas rusos calificaron de pequeño burguesas la mitad de las inquietudes intelectuales de esa época. Tampoco hacía falta a la trama, la denuncia del supuesto crimen que en realidad sabemos fue suicidio trágico: la del poeta Maiakovski. Falto a Faenza sutileza en estos detalles, la realidad fue todavía más cruel, mucha gente fue condenada por verdaderas tonterías y cualquier resistencia a la voluntad del dictador, aniquilada.



El final que nos sugiere el director tiene, sin embargo, trazas de verosimilitud. Es posible que fuese fusilada durante la ocupación nazi de 1941. El frío invierno de esos años de batalla intentó tachar todo vestigio de existencia, pero Sabine no fue finalmente borrada. Su presencia vive en miles de estudiosos y admiradores de su coraje. La red de Internet está plagada de homenajes a ella en alemán, inglés, español y hasta ruso. La luz de su alma valerosa sigue iluminando el camino de muchos jóvenes que quieren dedicarse al psicoanálisis: ¡Bendita Sabine!



Algunas referencias a Sabine en la Red:



Spielrein Sabine: http://javari.com/FreudPsa/spielrein.htm



Ich hiess Sabine: http://www.sabinaspielrein.com/



Comments on the Burghölzli hospital records of Sabina Spielrein: http://www.blackwellpublishers.co.uk/joap/Joap217.pdf ; 



Spielrein Sabine, forgotten pionner: http://enotalone.com/books/1583919031.html




[1] Op. Cit. Donn Linda. Freud y Jung. Los años de amistad, los años perdidos. Ed. Vergara. Argentina 1990. P. 254.



[2] Roazen Paul. Cómo trabajaba Freud. Comentarios directos de sus pacientes. Ed. Paidós. España 1998. P. 167.



[3] Freud Sigmund. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. Freud Sigmund. Obras Completas. Freud Total 1.O. Hipertexto: Biblioteca eLe. Ediciones Nueva Hélade, 1995.



[4] Bettelheim Bruno. Prólogo al libro de Carotenuto. En: Una secreta simetría. Ed. Gedisa. Barcelona 1984. P. 25.



[5] Carotenuto Aldo. Una secreta simetría. Ed. Gedisa. Barcelona 1984.



[6] Delahanty Guillermo. Sabina Spielrein: juego sucio o amargo lamento. En: www.cartapsi.org/mexico

El Otro. Un cuento.

EL OTRO. ¿Por qué una mujer acepta a un hombre como suyo? ¿Su consentimiento depende de esa sensación ácida, dulce y picante llamad...