miércoles, 6 de septiembre de 2017

La mujer temblorosa. Siri Husvedt


Mientras hablaba en un homenaje que le hacían en la universidad a su padre, fallecido dos años antes, Siri Hustvedt comenzó a temblar. Pudo terminar su discurso aunque sus brazos y sus piernas se estremecían de un modo casi incontrolable. Era como si se hubiera vuelto dos personas, una oradora serena, y la mujer que tem­blaba. Los ataques se repitieron. Ésta es la lúcida crónica de la búsqueda de un diagnóstico y que hará que la es­critora se interne en los vericuetos de la psiquiatría, la neurología y el psicoanálisis. Participará también en un grupo de estudio en el que los especialistas buscan crear un nuevo campo, el neuropsicoanálisis, y dará clases en talleres literarios para internos de hospitales psiquiátri­cos. También deberá enfrentarse a cuestiones complejas como la relación entre el cerebro y la mente o los meca­nismos de la memoria. Un libro inclasificable, que se nu­tre de las memorias, las investigaciones, el trabajo social y los intereses intelectuales de una novelista excepcional. «Un libro que encantará a los lectores de Sacks, porque tanto en Siri Hustvedt como en Oliver Sacks el conoci­miento científico y la capacidad de empatía están estre­chamente unidos» (Hilary Mantel, The Guardian);«Un li­bro erudito, fascinante, que hace que la relación entre mente y cuerpo nos asombre aún más» (Oliver Sacks). De la misma autora: las novelas Todo cuanto amé y Ele­gía para un americano.
La prensa española ha dicho:
 «Un libro inteligente, culto y apasionante… La autora analiza la bibliografía médica, desde los griegos a nuestro tiempo, a la vez que nos cuenta sus síntomas. Es decir, hace un relato de su padecimiento insertándolo en una búsqueda de sabiduría» (Juan Malpartida, Abc). «Hustvedt quiso llegar a las raíces del misterio de sus temblores. Para ello se dispuso audazmente a explorar el universo complejo, sinuoso y en buena parte inasible de la psiquiatría, la neurología y el psicoanálisis… La lectura nos implica y cautiva. Y nos sobrecoge el aplomo con que en resumidas cuentas acepta su realidad: “Yo soy la mujer temblorosa”» (Robert Saladrigas, La Vanguardia). «Se adentra en el conocimiento de un comportamiento que antiguamente se calificaba como “histeria”, y que parecía afectar mucho más a las mujeres que a los hombres… Siri Hustvedt no se limita sólo a explorar la enfermedad, sus síntomas y sus terapias, en sí misma, sino que quiere que su experiencia sea útil dentro de un marco más general. En esa busqueda intelectual, irá tocando muchos aspectos relacionados entre cuerpo y alma, racional e irracional, orgánico y no orgánico, lado izquierdo del cerebro y lado derecho del cerebro, el sentido de los sueños o el sinsentido de los niños, memoria y escritura, epilépsia y mística, Freud y antiFreud… Son precisamente los relatos sobre lo que no conocemos lo mejor del libro, también en la estela de Oliver Sacks, aunque incidiendo mucho más en las zonas misteriosas» (Félix Romeo, Heraldo de Aragón). «Una aventura que lleva a la autora a someterse a todo tipo de disciplinas relacionadas con el cerebro y la mente, de la neurología al psicoanálisis, pasando por el insólito maridaje de ambas llamado neuropsicoanálisis, de improbable aceptación en un mundo que recela de la interrelación entre el hecho fisiológico y el psicológico… La autora nos pide que la acompañemos en una indagación multidisciplinar, que aporta, naturalmente, más preguntas que respuestas» (Miquel Molina, La Vanguardia).«Un libro tan personal como profundo y erudito» (Matías Néspolo, El Mundo). «Hustvedt ahonda en planteos tan complejos y fundamentales –y por lo tanto literarios– como son los dispositivos de la memoria, la manera en que el cerebro y la mente se relacionan para dar lugar a esa tan temida división del yo. Y justamente es ahí donde reside el hallazgo de estas crónicas del temblor, en su cruce con lo narrado, en sus preguntas irresueltas sobre la naturaleza de la escisión del individuo que sólo logra reunirse con su otra mitad extraviada a través del lenguaje, pero sobre todo a través de la escritura» (Luciana De Mello, Página 12). «Un libro arriesgado y valiente» (Susan Menéndez, Elle).



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martes, 29 de agosto de 2017

Estructura y síntoma en la cura analítica. Por Julio Ortega Bobadilla.


Al comienzo del otoño de 1885, Freud se presenta como neurólogo en el hospital de La Saltpètriere, con cortes de tejido coloreados con plata, según un método de su propia invención que habría desarrollado en el laboratorio, merced a sus estudios con Meynert. Charcot, el gran maestro francés y amo de las histéricas, posee una intuición que le empuja a confiar menos en los resultados de laboratorio y no muestra ningún entusiasmo por la ofrenda del joven investigador.
La concepción de Charcot acerca de la génesis de las enfermedades "nerviosas", si bien no era del todo clara, atribuía un magro papel a la exploración física del paciente, adelantándose —en este sentido— a la idea de que detrás del cuerpo modificado por el sufrimiento existe una dinámica no ligada a la physis, pero que sí una historia que puede ser develada a través de la entrevista clínica.
Cierto es, que en su teoría, el factor hereditario tiene aún un papel preponderante. Pero habría que recalcar el hecho, que su tratamiento moral del paciente, se juega en favor del aislamiento del sujeto de su medio como elemento central de la terapéutica de la histeria, estableciendo un nexo —quizá inadvertidamente— entre patología y entorno familiar, que bien podríamos encontrar en los modernos enfoques anipsiquiátricos como el de Laing (1992).
Charcot tiene el mérito, de introducir a Freud al espectáculo —no otra cosa—, de la hipnosis. La utilización de esta técnica para el maestro francés, no constituía del todo, una estrategia terapéutica sino la manera de hacer saltar en resorte, un fenómeno patológico. Esta operación podía recrearse a voluntad por el hipnotista a través de la sugestión, pero no proporcionaba una cura definitiva al enfermo, el cual regresaba a su síntoma en un abrir y cerrar de ojos. La fascinación que ejercía sobre su público hacía que éste no tomara en cuenta este detalle y los asistentes a su seminario aplaudían el acto, mezcla de milagro y acto circense.
En su artículo necrológico sobre el Charcot, Freud (1893) hace patente la deuda hacia su mentor, especialmente en relación a su propia concepción de la teoría de la escisión de la conciencia, que relaciona con el estudio de fenómenos cotidianos, tales como la diferencia entre el sueño y la vigilia. Se anuncia en este escrito el germen de conceptos claves en la teoría psicoanalítica, a saber: "escisión" del Yo, "inconsciente" e "identificación", pero aún estamos lejos de un abordaje verdaderamente analítico del síntoma y las estructuras clínicas. Hasta ese momento, a pesar de que le inquieta el discurso de sus pacientes, no posee aún una clave que le acerque a comprender el enigma que se le plantea y las soluciones que adopta de cara al sufrimiento que se le muestra, son de eminente carácter empírico y sin significación epistemológica alguna.
En su Presentación autobiográfica, Freud (1924) consigna:

Si uno quería vivir del tratamiento de enfermos nerviosos, era evidente que debía de ser capaz de prestar alguna asistencia. Mi arsenal terapéutico comprendía sólo dos armas: la electroterapia y la hipnosis, puesto que enviarlos tras de una sola consulta al instituto de cura de aguas no significaba un ingreso suficiente. En lo concerniente a la electroterapia, me guiaba por el manual de W. Erb, que daba descripciones detalladas sobre el tratamiento de las enfermedades nerviosas.


Al cabo de cierto tiempo, se ve obligado a reconocer que todas las instrucciones y terapéutica con las que se entregaba a sus pacientes, carecían de valor y que los éxitos curativos —cuándo se obtenían— se debían únicamente a la sugestión que el médico ejerce sobre el paciente, eso que hoy el saber médico denomina como "efecto placebo". Estos hechos descorazonadores, no lo paralizan y aunque que Freud siga aplicando los mismos tratamientos, sobre la posibilidad de encontrar alternativas de cura.  Más tarde, ante su pen-pal Fliess, empieza a formular teorías genésicas y estrategias de tratamiento.
Cuando entre 1887 y 1889 incluye —de manera continuada— la sugestión hipnótica en su arsenal curativo, se opera un cambio en el esquema terapéutico. No pasará mucho tiempo —mayo de 1889— para que la técnica aplicada con cierto rigor, sea la catártica, pero su programa de tratamiento no sufrirá modificaciones sino hasta 1892.
Breuer le comunica al principio de su trabajo conjunto, la forma de psicoterapia que ha ensayado con Anna O., cuyo verdadero nombre sabemos que fue Bertha Pappenheim, mujer extraordinaria que por propios méritos pasó a la historia, al parecer, también el único caso probado de tratamiento cuya conducción de cura corrió a cuenta del protector de Freud. Los síntomas de la enferma se disipaban cuando ella misma encontraba su origen o explicación, ante el asombro del médico. La presentación de las señales clínicas de ese caso de histeria y el interjuego con el terapeuta, puede leerse hoy, como una relación en extremo erotizada de fascinación embriagante mutua: el médico la visitó en varias ocasiones en su casa y la relación con su paciente llegó a despertar fuertes celos en su esposa. 
Según Breuer, el hecho clínico que se proyectaba en los síntomas, podía leerse como resultado de la retención de algunos recuerdos. Dado que la preservación de esas memorias era similar a la amnesia que se producía después de la hipnosis, eligió darles el nombre de "estados hipnoides" a esos momentos de la conciencia —o partes de ella— en las que las ideas no se asocian, permanecen aisladas y se impresionan como una "retención histérica". Al lograrse que el recuerdo se abra paso en la conciencia, se elimina el síntoma y se procede a trabajar de la misma manera con cada uno de ellos, hasta que la paciente adquiere una conciencia de su padecer, que le reintegra un dominio sobre sí misma.
Las hipótesis y estrategia de Breuer han pasado a la memoria popular como sinónimo de cura psicoanalítica. El mismo Freud, en las conferencias dictadas en América (Freud 1909a), atribuye a Breuer el invento del método psicoanalítico, en un gesto de rechazo a la paternidad de su criatura que nos evoca a Voltaire desconociendo, por razones políticas, al Cándido. El método Breuer dista, sin duda, mucho de lo que Freud aplicará como "psicoanálisis" luego a sus pacientes y se acerca más al modelo hitchcokiano que  aparece como causa de los traumas de las protagonistas del maestro del suspenso.
Varios textos ilustran la evolución de Freud respecto al problema del síntoma que tiene desde el principio como base una concepción de dinámica de fuerzas enfrentadas en conflicto. Los fundamentos pueden consultarse en Las neuropsicosis de defensa (Freud, 1894), Los Estudios sobre la histeria (Freud, 1895), y las Nuevas observaciones sobre la neuropsicosis de defensa (Freud, 1896). El escrito de 1894 acota:

De este modo, el yo logra liberarse de la contradicción; pero se ha cargado con un símbolo mnémico que ocupa un lugar en la conciencia, como una especie de parásito, ya en forma de inervación motriz irreductible, ya de una sensación alucinatoria constantemente recurrente.


En el párrafo anterior, vemos que el enigma del síntoma es resuelto como producto de una metáfora que remite a un "símbolo mnémico" elemental, derivado de un trauma patógeno o conflicto primario.
Con base en esta concepción Freud —en esos primeros tiempos heroicos—, se propone dirigir la abreacción como si se tratase de expulsar a la nociva taenia solium, causante de la parasitosis intestinal; incluso podría irse más lejos en la metáfora, y la imagen que se vería es la del exorcista tratando de sacar a los demonios del poseso. Su abordaje técnico "deficiente" prefigura modalidades y recursos de "modernas terapias", tales como la guestáltica, la del grito primario, etc. Estrategias que hallan en la catarsis la fuente más profunda de su resorte curativo, pero que complican su mecánica con intervenciones basadas en los sentimientos e intuiciones del operador —en la clínica analítica eso tiene un nombre: contraactings— que complican a final de cuentas el universo inconsciente del paciente, precipitando el progreso terapéutico hasta arrojarlo fuera del trabajo perlaborativo. La curación no puede tener como base la obtención de objetivos predeterminados, porque la noción de conflicto inconsciente, supone que en principio no sabemos el camino final que tomará la cura, aunque podamos asegurar que la solución no será una sintomática que desconozca el impulso de los deseos del paciente. El éxito de estas “nuevas técnicas” de terapia breve, a mitad entre la intervención del chamán y el híbrido que por lo común se nombra “psicoterapia psicoanalíticamente orientada” o “psicología dinámica”, debe ser razonado. Quizá se deba, a que estas técnicas —inspirada la última, en principios de la teoría analítica, pero desconociendo la esencia del psicoanálisis mismo— alimentan la esperanza del paciente ante el sufrimiento, a través del sojuzgamiento al consuelo de la voz de un nuevo Amo, que esta vez se llama a sí mismo: sanador. Dueño que manipula el inconsciente del paciente a fin de convertirlo en un negro que trabajará para la transferencia sin descanso, de forma que jamás se alcanza, lo que Lacan llama la destitución del sujeto supuesto a saber, disolución necesaria de la transferencia que se alcanza al final del análisis.
La teoría que sostiene estos modos de intervención terapéutica hace también, caso omiso, de hallazgos problemáticos aportados por la investigación psicoanalítica: la doble inscripción de la huella mnémica, la necesidad de una per-Iaboración, la reacción terapéutica negativa, la fuga en la salud, el imperativo del goce superyoico y, por supuesto, las laberintos de la introducción de la pulsión de la muerte. Conceptos sin los cuales, la psicoterapia queda reducida al distinguido arte de la conversación en el mejor de los casos, siendo la apertura de la caja de Pandora la peligrosa alternativa en la que se puede precipitar al paciente.
Lacan (1960) ha dicho con juicio, y no sin cierta dosis de ironía, que Freud carga —para bien y para mal— sobre sus hombros todas las formas de psicoterapia emergidas del siglo XX. El futuro de la terapia psicoanalítica no puede depender del cumplimiento con patrones de eficiencia terminal, y sí del trabajo de información que realicen los analistas hacia la sociedad sobre su trabajo y las particularidades que éste implica.
El paciente, víctima del sufrimiento, se acerca al análisis en busca de alivio. La demanda de extracción del síntoma aparece como cardinal, desgraciadamente, nuestro quehacer difiere de la respetable labor del dentista. Alertados por la experiencia freudiana, los psicoanalistas sabemos que es necesario trascender la demanda y olvidarse del síntoma si en verdad queremos curar. No es —sin embargo— inútil, tener presente que el practicante analítico nunca debe olvidar que su labor no puede alejarse del centro psicoterapéutico y que su práctica no puede ser montada sobre la práctica forense o la filosofía deconstructiva. Puede parecer una contradicción para los críticos del psicoanálisis, pero el analista tiene, a veces, arrimar el hombro al paciente y más de una vez, sus intervenciones se realizan contra la teoría fría: protegiéndolo en determinados momentos y soportando sus momentos de crisis.
A diferencia del saber médico, psiquiátrico y psicológico, el psicoanálisis busca des-situarse del inventario formal de las marcas que se ofrecen a la mirada, a riesgo de caer en la ceguera propia del goce del saber. En un afán de búsqueda de la verdad del sujeto, establece una relación de epoché hacia el dato de la percepción, suspensión del juicio que evitará la inscripción el paciente en un percentil, la clasificación de éste de acuerdo con el semblante —es decir, el síntoma— dentro de un universo psicopatológico.
La huella del síntoma es la envoltura que señala la marca de lo imposible que Lacan denominó como el registro de lo Real (Lacan, 1953a), por lo que —paradójicamente—, para algunos sujetos este "quebranto" será lo más auténtico, lo más puro de su discurso.
Desde Freud, sabemos que el síntoma interroga, cuestiona, desafía al Otro. En la forma propia que cada sujeto vive el inconsciente, el dolor de esta herida abierta será a-venida (Pérez, 1994), "plus de goce" por la que se transite en la búsqueda de la sola hora de la propia verdad. El analista se quiere más que un intérprete del discurso del paciente, un facilitador de su propia palabra y un acompañante, el psicoanálisis no es una hermenéutica, es una mayéutica.
En esta formación de compromiso entre el deseo y la represión, vemos, de manera privilegiada, la escisión propia del sujeto, fracturado en la búsqueda del llamado objeto @, siempre en punto de fuga (Lacan, 1960).
En otras palabras, la escucha abierta y sin prejuicios se antepone a la necesidad de clasificación, más propia del zoólogo. La estructura, por otra parte, se "revelará" poco a poco en esa suerte de insistencia propia llamada compulsión a la repetición. Una de las críticas más fieras al psicoanálisis apunta a su larga duración. Hay que decirlo claramente, los psicoanalistas no caben en los parámetros de productividad de los esquemas de salud pública, tal y como los concibe el neoliberalismo. La cura psicoanalítica no puede ahorrar una cuota de sufrimiento al paciente y lo que necesita es tiempo. Hay que ser paciente con los pacientes y los pacientes deben a su vez, ser pacientes con el tratamiento. Muchos procedimientos terapéuticos son reconocidos a pesar de su duración de mediano y largo plazo: los diabéticos, los hipertensos, los cardiópatas, y los pacientes con los que se ensaya la ortodoncia, se quejan, pero siguen las estrategias de ayuda médica porque confían en que sus sacrificios y esfuerzos se verán recompensados. Sorprende que en el caso de la vida emocional se exija al tratamiento efectos inmediatos y corta duración de la cura. Comprendemos, los psicoanalistas, la urgencia de un especialista médico que establezca un diagnóstico para proceder a delimitar una estrategia de curación y hasta un pronóstico. Sin embargo, no podemos precipitamos en la invención clínica, si no queremos desplegar un tratamiento puramente sintomático y, por tanto, superficial.
En Recordar, repetir, reelaborar, Freud (1914) plantea que la meta de la asociación libre es llenar las lagunas del recuerdo y vencer las resistencias de la represión. Aclara que el analizante no recuerda, en principio, nada de lo olvidado, sino que lo actúa. Repite, desde luego, desconociendo que así lo hace. El neosíntoma, que en este caso es la neurosis de transferencia, no debe eliminarse de golpe, es una herramienta básica del análisis, que se sirve de esta poderosa ayuda para proceder a la develación del fantasma fundamental y el esclarecimiento de la relación del Sujeto con su deseo y el del Otro, asuntos que no necesariamente, desembocan en el cambio de la estructura.
Los esfuerzos por desaparecer el síntoma no harán sino incrementar las resistencias. Esto sucede, porque esta trabazón, representa una solución fallida, pero al fin y al cabo una solución, que permite la expresión de las fuerzas en conflicto del ser particular que lo sostiene. Se trata de una postal reenviada al Otro para ser entendida por lo que ella muestra, pero también por lo que en ella guarda silencio. Quien recibe el mensaje es el analista, un destinatario particular que es y al mismo tiempo no puede ser el destinatario final.
El síntoma provee, asimismo, una forma de vincularse con esa mezcla pulsional inextricable llamada goce, amalgama de dolor y placer. Lacan (citado por Matet, 1988) dice sobre estos pacientes: "...Ellos no se contentan con su estado, pero sin embargo, siendo tan poco contentadizos, se contentan". El goce está "del lado del objeto" y se distingue así del lado del deseo. Freud mismo, enuncia Lacan, habría establecido la equivalencia entre el síntoma y el orgasmo, poniendo de manifiesto una relación compleja que los sitúa en una misma clase.
No es entonces casual que mientras otros abordajes terapéuticos se dediquen a suprimirlo —como una errata a eliminar— y tanto más rápido mejor, el psicoanálisis lo considere como una formación del inconsciente que debe ser escuchada y la que hay que dar espacio. Su enunciación conducirá a un cambio de la posición subjetiva del paciente con relación al deseo y la pulsión. Por ello, es tan importante no caer en las precipitaciones propias del furor curandis, que al no saber qué hacer con el síntoma lo atacan y arrojan a una corriente de incesantes intercambios metonímicos, consagrando la práctica del cirujano que a los rengos, los volvía inválidos.
El psicoanálisis aborda este problema de una manera por demás curiosa. Su concepción de la dirección de la cura se sostiene sobre una estrategia particular, que en algo recuerda al legendario Sun- Tzu cuando afirma: “Los que son expertos en el arte militar hacen que el enemigo acuda al campo de batalla y no se dejan atraer por él. Y también: “Hay caminos que no se deben recorrer, tropas a las que no hay que atacar, ciudades que no se deben sitiar y terrenos que no hay que disputarse. "
La paradoja será entonces, que aquello que no deja vivir tendrá que ser re-@-vivado con todos los sinsabores del caso, hasta el despliegue final del cuerpo fantasmático que sostiene lo Real del síntoma.
Así pues, esta parte del goce no simbolizada, esta operación inacabada que llama a la angustia, será la antesala de una revisión completa de las coordenadas simbólicas del paciente con el corolario de que, pasado cierto punto, el circuito de la repetición se quiebra.
Por supuesto, es más fácil enunciar este desarrollo que recorrerlo. Algunos síntomas difícilmente ceden por ocupar —dentro de la estructura del paciente—, una función de anudarniento de los tres registros, similar a la del "nombre del padre" (Fages, 1973). De esta manera, el síntoma operaría como un suplemento que sostendría un equilibrio precario en cierto tipo de psicosis.
En el caso de la neurosis, el síntoma pide ser librado a través de la reconducción al campo de las palabras; es la posición de Lacan (1953b) y de nuestra experiencia: "(...) Queda ya del todo claro que el síntoma se resuelve por entero en un análisis del lenguaje, porque el mismo está estructurado como un lenguaje".
Por otra parte, conviene precisar que la relación entre síntoma y estructura no es lineal en el psicoanálisis. Los factores dinámicos y económicos en juego, el poder de la resistencia y las acciones defensivas no hacen suponer que el síntoma —en ruptura con la lectura psiquiátrica— no se define como un signo (en el sentido lingüístico) sino como un significante que debe ser interpretado, leído a posteriori.
Afirma Cathérine Millot (1984): "Ningún síntoma sella de por sí una estructura. El sentirse mujer en el cuerpo de un hombre (o a la inversa), puede adquirir un sentido muy diferente según el contexto".
Aun en el caso de fenómenos como el delirio o la alucinación, sostenemos que no es posible reconocer su presencia como sinónimo de la psicosis. Delirio y alucinación son formaciones frecuentes o, por lo menos, imaginables de encontrar en la histeria, por ejemplo en los casos de Anna O., Frau Cëcile M. y Frau Emmy Von M. (Freud, 1895), cuyos historiales abundan en alucinaciones de serpientes, ratas muertas; o en la neurosis obsesiva como en el caso del "Hombre de las ratas" (Freud, 1909b), el cuál mantenía la creencia delirante de que su padre se haría presente entre las doce de la noche y la una de la madrugada, ocasión que servía para que él dejase la puerta de la habitación abierta y, acto seguido, fuese a contemplar su cuerpo desnudo y su pene en erección.
En el caso de este obsesivo, el análisis se muestra erosionante respecto a dichas experiencias, al mismo tiempo, que las explica en el sinfín de su devenir histórico-significante. El fino trabajo de interpretación de Freud aleja cualquier sospecha de psicosis, es decir, forclusión del nombre de Padre. Se trata, indudablemente, de una neurosis, pues se mantiene la barra de significación entre significante y significado. Este problema, más bien se caracteriza, por una cierta pérdida de disposición de significantes. En contraposición, encontramos en la psicosis una prepotencia significante característica, en donde lo que se juega no es un mal acomodo simple de la cadena significante o la falta de un significante aislado, sino un defecto de la propia articulación significante debida al rechazo del nombre del Padre.
Quedaría por considerar la alteridad siempre presente entre el Sujeto y el otro del análisis. El posicionamiento como paciente, involucra la correlación con un Sosías sobre el cual se realiza la identificación y que sirve de base a la demanda, abriéndose así, espacio a la falla en la satisfacción inmediata requerida por el analizante. Una vicisitud peligrosa es que ese otro acompañante, pueda llegar a convertirse en un síntoma, en un ideal, al que el paciente se someta con un espíritu de devoción religiosa, pues ese objeto @ puede muy bien servir de eco de las exigencias superyoicas. En este juego de espejos el analista debe saberse mover de tal forma que aparezca lo menos posible en el dispositivo reflejante que constituye el análisis, su posición ideal es más que estar detrás del paciente, conservarse siempre detrás del espejo.
Para concluir, subrayemos que el psicoanalista, tocado por la experiencia freudiana y atento lector de Lacan, prefiere la escucha pausada al diagnóstico inmediato, y se dedica a utilizar las menos clasificaciones, optando por un modelo heurístico que rechaza las prerrogativas de una desmesurada teoría psicopatológica o un sistema de clasificación como el DSM IV, en favor de la existencia de estructuras clínicas (neurosis, psicosis, perversión) determinadas por fantasmas fundamentales, mecanismos de relación privados entre el Sujeto y el objeto @ (objeto del deseo), que determinarán esquemas de sucesos, acciones y sensaciones para una vida. No puede consagrarse síntomas fijos a tales estructuras, ni consideramos al síntoma como ajeno al sujeto, razón por la cual no tratamos de apresurar su cesura. Como en la medicina griega (Canguilhem, 1984), consideramos que la enfermedad, en este caso "mental", le pertenece por completo y no sólo es desequilibrio sino esfuerzo de la naturaleza, en el hombre, por obtener un nuevo equilibrio que desgraciadamente es fallido.
Todas estas son perspectivas no médicas, por lo menos, no en el sentido tradicional que le concedemos a la práctica galena, hacen que algunos muchos pregunten: "¿Qué trato esperar de un analista? A lo que responderemos con las enigmáticas palabras de Lacan: "El trato que un analista supone".


BIBLIOGRAFIA

Canguilhem, G. (1984). Lo normal y lo patológico. 6a. ed., Siglo XXI, México, 1984.
Fages, J. B. (1973). Para comprender a Lacan. Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "Charcot". Obras Completas. 111, Amorrortu, Buenos Aires, 1893, 1976.
Freud, S. (1976). "La neuropsicosis de defensa". Obras Completas. III, Amorrortu, Buenos Aires,.
Freud, S. (1976). "Estudios sobre la histeria". Obras Completas. II, Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa", Obras Completas.  Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "Cinco conferencias sobre Psicoanálisis”. Obras Completas. Xl, Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "A propósito de un caso de neurosis obsesiva". Obras Completas. X, Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "Recordar, repetir, reelaborar". Obras Completas. XII, Amorrortu, Buenos Aires.
Freud, S. (1976). "Presentación autobiográfica", Obras Completas. XX, Amorrortu, Buenos Aires.
Lacan, J. (1953a) "Le symbolique, l'imaginaire et le réel", Conferencia ante la S.F.P. Julio. Mimeo.
Lacan, J."Función y campo de la palabra y del lenguaje en el psicoanálisis", Escritos 1. 1 Da. reimp., Siglo XXI, México, 1953b, 1984.
13.       Lacan, J.Seminario de la Ética. Enero, 1960.
14.       Laing, R. D. El Yo Dividido. 5a. reimp., Siglo XXI, México, 1992.
15.       Matet, J. D. "El síntoma es lo más real que mu¡;:has personas tienen", M. Gérard (comp.), Presenta- ción de Lacan. Manantial, Buenos Aires, 1988.
16.       Mi11ot, C. Exsexo (Ensayo sobre el transexualismo). Catá1ogos- Paradiso, Buenos Aires, 1984.
17.       Pérez, R. "Vivir ¿el síntoma?", G. Barrantes (comp.), Inscribir el Psicoanálisis. 1, Acieps, San José de Costa Rica. 1994.
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 Publicado antes en: Psicología y Salud (U.V.) No. 6. Nueva Época. Julio – diciembre de 1995.
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lunes, 7 de agosto de 2017

Mesmer / Roger Spottiswoode

La influencia romántica entró en la psiquiatría mediante el descubrimiento del magnetismo (hipnosis) en 1775 y el rápido desarrollo de la tradición popular de los magnetizadores. Al recurrir a lo que se dio por llamar el subconsciente, estos sanadores rompieron con el asociacionismo. En tanto que el asociasionismo estaba orientado a la manipulación de las ideas, el magnetismo se transmitía a través del sentimiento. Puysegur, uno de los primeros sistematizadores de la teoría magnética, aconsejaba que, cuando el paciente despertara de una trance, . Además los magnetizadores hacían hincapié en la importancia de la .
Secretos del alma. Historia social y cultural del psicoanálisis. Ely Zaretsky. Ed. Siglo XXI España, 2012. P. 38.






https://www.youtube.com/watch?v=H4_Mg0KF2FM

martes, 4 de julio de 2017

Horst Kurnitzky: Extravíos de la antropología e historia mexicana. Conferencia pronunciada en Marzo de 2017 dentro del XIII seminario "Repensar la conquista" Xalapa, Ver.

Extravíos de la antropología mexicana, de Horst Kurnitzky, es una severa crítica a la antropología y la historiografía mexicanas del siglo xx por sesgar, evadir u omitir el tema de los sacrificios humanos en el mundo prehispánico, en particular entre los aztecas. La causa de tal extravío es la colaboración de antropólogos e historiadores en la creación de un mito de unidad nacional al servicio de la oligarquía surgida de la Revolución Mexicana.
 
 HORST KURNITZKY: nació en 1938 en Berlín, Alemania. Estudió arquitectura, filosofía, sociología, literatura germánica (lingüística) y ciencias de las religiones (antropología) en Berlín y Frankfurt Main (Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Klaus Heinrich, Peter Szondi). Doctor en Ciencias de las Religiones (1974) con una disertación sobre el origen del dinero en los cultos de sacrificio, Triebstruktur des Geldes (La estructura libidinal del dinero) en la Universidad Libre de Berlín. Trabajó como arquitecto, impartió cursos en universidades de Alemania (Freie Universität Berlin) y México (UNAM, UAM) y dictó conferencias en universidades de Europa occidental y América. Ha sido asesor de universidades y gobiernos latinoamericanos (Bolivia, Chile, Ecuador) y ha escrito libros, ensayos y artículos sobre arte, cultura, política y sociedad, así como radio teatros, features y ensayos de radio sobre temas de filosofía y antropología, artes, cultura, sociedad y economía. También ha organizado exposiciones de arte y dirigido filmes.

lunes, 26 de junio de 2017

El Otro. Un cuento.

EL OTRO.



¿Por qué una mujer acepta a un hombre como suyo? ¿Su consentimiento depende de esa sensación ácida, dulce y picante llamada amor? ¿Eso que llamamos amor, no perdura? ¿Por qué los hombres y las mujeres necesitan a un otro, que no acaban de comprender nunca? ¿Qué quiere una mujer?


Estas preguntas le habían acompañado como una picazón ardiente toda su vida. No eran grandes interrogantes y lo sabía muy bien. El carnicero de la esquina y el portero del edificio se preguntaban lo mismo y seguramente tenían alguna respuesta que les satisfacía. Pablo se quedaba absorto y petrificado ante esas preguntas, tratando de olvidarlas y deseando que éstas se resolvieran solas con el paso del tiempo.


Las respuestas no vinieron y las interrogantes parecían tener la intención de quedarse a fastidiarlo. Atravesaron la vida de su cuerpo adolescente que tiraba hacia delante y buscaba llenar un vacío que se antojaba insondable. La neblina del tiempo, sepultó su juventud y se despreció a sí mismo por ocuparse de esas necedades amargas.


Se decía que el amor inextinguible no era más que una mentira que nos contamos. La amarga realidad consistía en que la gente se olvida de cualquier cosa al darse la vuelta, no importa lo mucho que suceda entre dos amantes: las vueltas y sudores en la cama, las promesas hechas en la oscuridad. Pero, quería en el fondo: encontrar un amor ideal. Una mujer que le tratara con cariño y admiración, que lo mimase en las mañanas al despertar, discutiese con él sobre cine, literatura ó filosofía, y pudiera también, volverse una niña traviesa dispuesta a gritar de alegría ante las cosas más simples.


Tratando de olvidar esta búsqueda y no querer saber más de asuntos que sólo le generaban angustia, se había casado con una esposa sin dobleces que le había hecho padre de dos hijos y había sellado – pensó – el sobre con esas interrogantes. Quería conformarse con una felicidad con minúscula, al fin y al cabo, la única posible. Pero en su corazón, siempre permaneció ese espacio interno de soledad que él identificaba a un paraje sombrío y horrendo, un Maelstrom que le sorbía siempre hacia la tristeza. Aún así, convirtió a su consorte, en la razón que modulaba sus emociones y la madre limitante de sus locuras, que afortunadamente él llevaba a cabo a escondidas.


Y la felicidad poquita que había encontrado: cómo vino, se fue. Su compañera desapareció del mundo, después de casi tres lustros, dejándolo más desamparado que nunca frente a un universo de relaciones humanas ininteligible.


Cuando desapareció el luto, los hijos fueron creciendo como tercas yerbas silvestres, sin necesitarle demasiado y más rápidamente de lo que esperaba. Le asombraba que tuvieran más seguridad y más decisión para vivir, que su padre con toda una carrera académica.


Vino de nuevo la tormenta. Siguieron en su vida encuentros fortuitos con mujeres que nunca amó demasiado por no comprenderlas o porque de plano, rechazaron su egoísmo y el lastimero extravío que le amargaba. Una mujer atinó a decirle: "No sabes escuchar a las personas... sólo te oyes a ti mismo" Otra le dijo: "Las personas son juguetes para ti y además acabas por romperlas". Su vida siguió más sola que nunca. Sus hijos crecieron, siempre más fuertes y mejor preparados para afrontar, cualquier tipo de dificultades. Si tan sólo hubiese tenido una hija, quizá eso le hubiese aproximado con la naturaleza femenina, con el cosmos, en el fondo con su propia alma. Pero su destino había sido diferente y había permanecido fuera de cualquier reconciliación posible con el otro sexo.


Decidió no volver a casarse y dedicar su vida a la Universidad, a ser el maestro de la voz monocorde y sabia, que dice todo sobre nada. Se había convertido en el puntual maniquí que las jóvenes alumnas admiraban, sin distinguir al hombre que les miraba con hambre insaciable desde dentro.


Aprendió con los años el arte de parecer un buen padre, un triste solitario, de los que dicen haber atravesado cualquier tipo de experiencias, hasta alcanzar eso que llaman madurez. A pesar de su máscara, despertó la compasión de Ella, brillante estudiante de la maestría, que empezó a escucharle como mujer y terminó arrimándose como enfermera dispuesta a ofrecer sus cuidados al animal herido.


Se resistió con todas sus fuerzas a ese amor, trabajo le había costado alcanzar su torre inexpugnable, para tirarse de rodillas ante una fémina a la que llevaba, nada más y nada menos, que 23 años. Sus hijos "felizmente" casados y aproximadamente de la misma edad que ella, vieron con recelo el interés de esa mujer animosa y con aire adolescente – mucho más bella que sus esposas – que aleteaba alrededor de ese viejo, a quien habían terminado por despreciar, cada vez más, desde la muerte de su madre. Les molestaba que fuera guapa, inteligente, elegante y despierta, dulce y sensual. La miraban con positiva rabia y en el fondo con deseo.


La boda se produjo a los pocos meses con desencanto, pocos invitados asistieron y hubo que regalar al jefe de meseros, gran parte del banquete dispuesto para la ocasión. Para él, empezó una nauseabunda sensación de humillación frente a esa espléndida mujer. Mientras más convivía con Ella, más se daba cuenta de que se había ganado la lotería, pero empezó a sospechar que había de por medio una trampa, ó un precio que pagar por su fortuna. Se percibía a sí mismo frágil, viejo y cansado, imaginaba que para los que los veían juntos resultaba inexplicable que un árbol añoso se apoyara en una rosa floreciente. Empezó a sospechar burlas y comentarios que darían cuenta de la fragilidad de la relación. No aguantaría el paso de una joven, un viejo que usaba – desde hace años – dentadura postiza.


El viaje de bodas logró atemperar un poco la cascada de dudas y reproches que él mismo se hacía. Después de todo – el argumento recurrente que hace la infelicidad de otros – tenía derecho a la felicidad. Esta vez, estaba ante sí, la oportunidad de consumar sus sueños y llenar ese horrendo vacío que le había acompañado toda su vida. Quería interrogar a esa niña que resumía todas las mujeres del mundo y encontrar por primera vez respuestas. Se decía en una broma algo patética, que por fin había encontrado la mujer de su vida – y por esos años que les separaban –, la de su muerte.


La admiración casi infantil que tenía por él, le proporcionaba una sensación de afinada seguridad, de relajante sosiego que recordaba un baño caliente y perezoso de tina en un día vacacional. Su confianza flaqueaba cuando pensaba con angustia que el tiempo corre aunque se cierren los ojos y quizás un día se despertase impotente. Más aún, con alguna enfermedad terminal dispuesta a truncar su paraíso. Se imaginaba que cuando estuviese moribundo en el lecho de enfermo, Ella sería un fruto maduro y jugoso en el cual se habrían afinado más, todos los rasgos sutiles y bellos que hoy la hacían brillar entre otras mujeres. Entonces venían las peores inquietudes que lo atacaban, cómo los pájaros del filme de Hitchcock.


Su morbo depravado le empujaba a pronosticar que no se mantendría casta y fiel ante la basura de hombre en que se convertiría, y que no estaría allí esperando con paciencia, cerrar amorosamente, sus ojos sin vida. La imaginaba entonces, revolcándose con otros hombres: siempre mejor parecidos que él, más atrevidos, más salvajes, y sobre todo, más jóvenes.


El regreso a la cotidianeidad revolvió de manera extraña sus turbios pensamientos. ¿Por qué había aceptado su amor? Un destello de rencor empezó a crecer en él y las que habían aparecido como razones de su fortuna se transformaron en el material de su desdicha. Se decía que Ella no le había tenido amor, sino lástima y que ese sentimiento es más propio hacia un perro que conveniente a un amante. Empezó a sospechar de todos sus movimientos y salidas, imaginó que empezaría a engañarlo pronto, si no es que ya estaba saliendo con algún imbécil diplomado en arte, ciencias administrativas ó comunicación. Luego empezó la sospecha de que no tendría por qué ser sólo un amante. Una hembra a su edad, está en el punto más crecido de su apetito sexual.


Lo más importante era la sensación de humillación, de sentirse traicionado por alguien en quien había depositado toda su confianza y fortuna. Nunca pudo probar que todo fuese sólo una sospecha con fundamentos y algo más que su imaginación, pero aún así, no dejaba de atormentarse. Una de las cosas que más le molestaron desde el principio de la relación hizo crisis: él la precisaba y no podía tolerar esa necesidad. Se sentía un crío desvalido ante ese sentimiento de dependencia que había abominado y, paradójicamente, deseado por tanto tiempo.


Al cabo de unos meses de mortificarle con sus celos, notó los signos obscuros del desamor. La dulzura y paciencia que le había conocido cedieron su lugar a un enfado e irritación constantes que él no se daba cuenta, había provocado con sus amargores y desconfianzas. Sucedió que dejaron de hacer el amor y buscar el antes cálido y complementario cuerpo del otro. Empezaron a echar a un lado, invitaciones y salidas con amigos, las excursiones de los dos, antes deseadas con entusiasmo, terminaban en reproches: Ella había sido demasiado amable con el mesero ó volteado a ver coquetamente algún comensal en otra mesa.


Su mundo empezó a volverse negro como el abismo que se retorcía en su dentro y Ella parecía moverse a la discordia que a él siempre lo embargó. Empezaron a encerrarse en sí mismos: el odio, la tristeza y la miseria, los iban consumiendo sin más.


Los pocos amigos que les rodeaban empezaron a retirarse sin que esto les importase. ¿Cómo podrían hacerse cargo de alguien más? ¿Debía importarles el mundo exterior cuando su intimidad se hallaba rota en pedazos?


Un amigo médico con las mejores intenciones, les recomendó tomar una terapia de pareja. La idea escurrió de su cabeza como baba de caracol, pues siempre fue impermeable a todo psicologismo. Se repetía – cada vez que podía – que la psicología no era otra cosa sino "filosofía sin rigor, ética sin exigencia, medicina sin control". Para salir de cualquier atolladero, estaba la razón y la inteligencia, no artificios ni supercherías.


En un momento de verdad, Ella entrevió que quizás esa posibilidad fuese su última esperanza. Tras una amarga discusión comprendió cuán inútil era tratar de hacerle entender tal cosa, al señor en su torre inexpugnable. Él parloteaba que quería tirar dinero a charlatanes sin autoridad moral, ni conocimientos suficientes para dar un buen consejo. Remataba gritando: "¡La psicología y sobre todo el psicoanálisis son para pendejos!" ¡"Los psicoanalistas creen tener la verdad y no son más que usufructuarios del confesionario!". Se decidió entonces a dar un paso adelante en la dirección que él más detestaba. Tomó el directorio telefónico y buscó una referencia. Si quería salvarse – pensó – sería sola, y quería encontrar la claridad necesaria para tomar los pasos hacia su liberación. Llamó al primer nombre de la lista y se animó a solicitar entrevista con un psicoanalista.


Los celos de Pablo, se acrecentaron. Y, de pronto, en su torcida mente empezó a pensar que tal vez esa terapia podría cambiarla no sólo a Ella, sino toda la situación. Especuló que, después de todo, la labor de un buen curandero consiste en hacer que el paciente se adapte a su realidad de la manera mejor posible. Comprendería que la elección que tomó con él era juiciosa, quién sino él, podría ofrecerle una vida segura y estable. Con suerte la dejaría soltera pronto, para que buscase otro amante más a su medida. Si en verdad lo quería, debía comprender sus inseguridades y aceptar con paciencia sus exabruptos, por absurdos e irracionales que fuesen. El verdadero amor – se repetía mentalmente – está en el sacrificio por los otros y en el cumplimiento con la sociedad del compromiso contraído, no había hijos de por medio pero así sería más sublime su entrega.


Al principio las cosas empezaron a caminar de manera diferente, la veía regresar de sus sesiones liberada y para tomar a broma sus reclamos. Parecía más jovial y más fresca que antes, era cómo si el análisis la hubiese entonado en una clave diferente. Sus bromas tenían un aire sarcástico que lo desarmaba completamente y le hacían soltar la carcajada para acabar riéndose de sí mismo. Le empezó a mimar de nuevo con un cariño agigantado que prácticamente lo asfixiaba, de pronto había sucedido el cambio que él codiciaba y aún así, se sentía mal. Se había acomodado en el tren desdicha y no podía salir de ese riel.


Conforme pasaba el tiempo, las cosas volvieron a estancarse en la medida que la terapia progresaba. A pesar de que tenían nuevamente relaciones sexuales, empezó a notar, paulatinamente, un aire de pasmo ante todo y alejamiento del mundo.


Se preguntó que le estaba ocurriendo con desesperación. Tal vez se estaba culpando del mal rumbo de su relación, cuando no era su culpa lo que había estado pasando. Quizá esa vuelta del cariño inicial era solamente una actuación ó período ciclotímico en su carácter variable, a lo mejor necesitaba medicación y no palabras ó simple escucha.


Pensó en la famosa transferencia de amor y empezó a sospechar que se estaba chiflando por su psicoanalista. Le horrorizó sobremanera pensar en la posibilidad de que un profesional no ético se aprovechase de su confianza. Cada día que transcurría, se hallaba más extraña, como fuera de este mundo.


El extraño misterio que en Ella ocurría siguió avanzando.


Sus sesiones nocturnas de análisis se incrementaron de dos a cuatro veces a la semana. De pronto, empezó a mirar a través de él. Su vista iba siempre más allá de donde él estaba, incluso hacia ninguna parte. Una furia se empezó a desatar en su dentro ante su conducta, él había dejado de existir y no lo esperaba para comer ni para acostarse. Parecía que hacía su vida de soltera y que no le importaba en absoluto seguir compartiendo el mismo espacio. Más pronto que tarde, llegó un momento en que cada quien ocupó una habitación diferente.


La indiferencia, cuál virus silencioso, fue destruyendo toda desconfianza y reproche. Empezó a reconsiderar su miserable actitud, a cortejarla de nuevo. Comprendió que su estupidez la había arrastrado a esa indolencia insoportable. Lo más que lograba es que Ella se limitara a echarle una ojeada con unos ojos tristes y sin vida, pero, escasamente le hablaba.


Y de nuevo vinieron los celos. Se preguntó si su cambio de actitud, no sería producto de esos supuestos nuevos amores. Decidió observarla a escondidas y la sorpresa que se llevó es que prácticamente ella dormía todo el día y había dejado de comer. Sólo tomaba lácteos y, cada vez, en menores cantidades ¿Se trataba de anorexia nerviosa?


Eso sí, parecía que se reanimaba para sus sesiones de análisis y salía al ocaso del sol a pasear un poco por las calles y las tiendas antes de llegar a su sesión. Cuidadosamente la siguió y reconoció que las noches que no iba a su terapia, se dedicaba a vagar por ahí al amparo de la oscuridad. Luego, se le perdía misteriosamente en las calles sin que pudiera explicarse, qué senda había tomado.


Habló con un psiquiatra amigo suyo para exponerle el caso. El médico psicoanalista le preguntó el nombre de su terapeuta, pero no lo reconoció entre los colegas que frecuentaba ó conocía. ¡Había tantos psicoanalistas ahora! Algunos – provenidos del legendario exilio sudamericano – se habían formado prodigiosamente en el vuelo de camino a México. Aún así, le indicó que no interfiriera. Ese alejamiento, advertía un fenómeno normal y esperable en todo tratamiento psicoanalítico, le oyó decir:





– Durante el proceso terapéutico es normal que un paciente se apegue emocionalmente a su terapeuta. Sólo existe en este momento su analista en mente. Es absolutamente normal, te digo. Vas a ver cómo en un poco de tiempo, empezará a tomar las cosas con más calma. Es un período difícil, porque quienes sufren son las parejas. Tiene que revivir sus vínculos y dependencias infantiles en ese escenario. Se irá desprendiendo, poco a poco, de eso que técnicamente se llama transferencia, pero que es amor al fin y al cabo. Estoy seguro volverá a ti para rehacer sus vidas. Si no fuese así: ya se habría ido hace tiempo. Algo importante la retiene junto a ti.





La bondad de sus palabras le asustó más que tranquilizarlo. Le dolió y molestó, el tono pedagógico del sermón. Podía considerarse a sí mismo un hombre de criterio, pero eso de que su joven y vulnerable esposa, fuese a contar sus intimidades a un desconocido que podría aprovechar de esa información para – ¿por qué no? – seducirla, era algo que él no podría permitir.


¡Cuántos casos no había oído sobre el particular! Los dedos de sus manos no alcanzaban para contar los chismes sobre terapeutas que empujaban en abismos de amor y dependencia sin fondo a sus pacientes.


Fuera lo que estuviese pasando, se veía cada vez más perturbada. Ese interés perdido por la comida hizo crisis. Empezó a beber solamente agua natural y a bajar de peso aceleradamente. Su delgadez extrema y su color pálido comenzaron a asustarle.


Su mujer parecía víctima de un estado de depresión severo. Si una etapa del tratamiento producía esto: ¿Sobreviviría al resto?


La historia de que volvería anhelante, le sonaba a patraña. Se podía ver – objetivamente –, que se estaba alejando para siempre y además, su salud estaba en peligro.


Decidió tomar cartas en el asunto y hablar personalmente con su terapeuta para indagar qué estaba pasando. Llamó al consultorio identificándose con la secretaria y solicitó una cita para hablar con el analista. Cortésmente la secretaria indicó – tras de consultar con el doctor – que dicho encuentro no procedía, que con gusto le daría un par de referencias de otros colegas. Iba a gritar algo obsceno en el teléfono, pero, colgó sin discutir.


Una idea – devoradora como sus celos – empezó a invadirle. Tomaría por asalto el consultorio de ese charlatán y lo confrontaría. O quizás sería mejor confrontarlos a los dos, sorprenderlos si era preciso en el acto, y ver con sus propios ojos qué clase de terapia consumía la vida de su amada.


Esa noche, acudió al edificio del consultorio a la hora de la consulta. Desde la calle, esperó hasta que la vio entrar al edificio. Antes de que la puerta cerrase, pudo colarse detrás, sin ser advertido. Una vez que se percató del piso dónde Ella se dirigía, marcó el botón del ascensor y esperó a que llegara para alcanzarla.


Salió a un pasillo y buscó el despacho. La puerta estaba entreabierta, distinguió un pequeño escritorio custodiado por una secretaria madura de gafas. Entró y demandó por el doctor en cuestión. Se hallaba ocupado. Le preguntaron si tenía cita con él. Respondió que no, pero que tenía sumo interés en verle. Entonces – dijo la doña –, el doctor no podría atenderle. Pero si dejaba su nombre, quizás se podría arreglar una entrevista. Escupió un alias y dijo, que esperaría para hablar personalmente con él. La secretaria contestó molesta que tomara asiento. Obedeció, fingiendo contrariedad.


Ahora se hallaba más confuso que nunca. Estar ahí era una locura. Iba a levantarse para largarse, cuando sucedió algo inesperado. La mujer abrió el escritorio y sacó con discreción su bolsa, saliendo del despacho para dirigirse al baño en el pasillo.


Permaneció inmóvil unos momentos, sin saber qué hacer.


En aquel momento, su amor, sus celos y rabia volvieron mezclados en un remolino caudaloso de emociones. Sintió que la cabeza le iba a reventar.


Algo en su dentro, comenzó a encenderse hasta que las llamas inflamaron todo su cuerpo.


Violentamente se precipitó hacia la puerta, haciéndola crujir primero, para vencerla después con el peso de su cuerpo.


Ante su mirada apareció entonces un cuadro de horror perverso inimaginable.


Las tenues luces del lujoso consultorio no impidieron que sus ojos se clavasen en el diván. Ella se encontraba yerta, mientras un cuerpo de hombre la cubría parcialmente. El rostro del desconocido se borraba, ocupado en una caricia sobrecogedora.


Él se adelantó sin furia, con paso tembloroso, para atestiguar cómo el OTRO giraba su rostro, y mostraba cómo, de sus labios manaba la vida roja, que también fluía tibia del cuello del cisne.


Este cuento lo escribí en 1989. Ha sido publicado previamente en Carta Psicoanalítica No. 11.



Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.