martes, 25 de agosto de 2015

La locura, hoy aún una pesadilla.




En una sociedad propensa a  la homogenización y a la objetivación como una respuesta a aquello que no puede soportar y contener, surge el hospital como depósito donde irán a parar los indeseables, aquellos “anormales”  que no pueden responder a su propia existencia.
La segregación será la única respuesta social  y el manicomio el  Lugar que va  a remplazar al asilo leprosario. Con las paredes ennegrecidas tras  una combinación de lágrimas, sangre y suciedad. Sobresale el olor fétido resultado de  la mezcla de sudor, excremento  y creolina. Transcurre la vida de los pacientes en el hospital con   lo que  aparece como una amarga calma  contenida en una   estructura asilar compuesta por barrotes, cadenas, argollas  y  ataduras. Camina aprisa la maquinaria  capitalista  sin detenerse a escuchar el murmullo o el silencio del alienado. Aislado o agitado con las ropas rasgadas, la mirada extraviada y el semblante doliente deambulan por los pasillos húmedos y obscuros cargando pecado, sinrazón y culpa.
Así se organizará  un  campo de batalla en la que el loco no puede ni ganar ni del que podrá escapar. En primer lugar, porque debe reconocer su locura, en segundo lugar porque ese reconocimiento lo hace víctima de una situación de disparidad ante el orden médico.
De lado de la institución se encontrará  el psiquiatra, rígido representante del poder,  del cual dependerá sostener el orden asilar, que se ejerce a través de relevos. El exceso de  control sobre los cuerpos, en una arquitectura de encierro con medidas administrativas  crueles  y  discursos disciplinarios  presenta  al hospital psiquiátrico como un dispositivo de control social.
Las enfermeras serán las esclavas sumisas del orden psiquiátrico a través de sus actos que les posicionan como representantes del poder y  la ley médica. Es una disciplina severa  donde oscilarán las amenazas, el control, y la vigilancia extrema, propias de una madre castrante.
El horario del hospital ordena que la medicina en la boca les sea vaciada por el pecho malo kleiniano que es la institución, imponerle  los temas terapéuticos a abordar, obligarlos a hablar o callar. Sostener horarios inamovibles serán  medidas  de tratamientos   que llevaran a  eliminar  la individualidad.
La enfermera se complementará con un cuerpo instrumentado compuesto por cuidadores y vigilantes, que refuerzan la imagen carcelaria del encierro. Serán capaces de someter y suprimir a los alienados. Ejercerán el control de los cuerpos tras métodos crueles de sujeción, sedación, las terapias de electroshock que aún llegan a usarse, a fin de que el enfermo se doblegue y vaya perdiendo ímpetu y emotividad.
Pinel logró liberar  a los insensatos de las cadenas y la animalidad en el siglo XVIII, lo que quizá no contempló Pinel,  es que los  liberaría de las cadenas pero no los sacaría fuera de la prisión  llamada  manicomio. Junto con un grupo de pensadores médicos del siglo XIX entre los que se cuenta su alumno Esquirol, constituye un pensamiento radical  que marca  los principios metodológicos de una tradición de la que no nos hemos desprendido, los locos siguieron atados de otras maneras más sutiles y más difíciles de detectar, porque supuestamente todas las medidas se hacen en beneficio de ellos.
Heredero de una tradición nominalista, consideraba que el conocimiento es un proceso que se asienta en la observación empírica, la cual  da cuenta de  la realidad, más que constituirla. Por lo que deberá  agrupar, y clasificar en función de analogías y diferencias los fenómenos observables. Así,  constituirá clases, géneros y especies. Ese gesto de observar y clasificar síntomas, desembocará  en una nosografía.  Un saber supuestamente preciso, pero a final de cuentas, limitado sobre los fenómenos observables. Condición que dará a la locura una consideración histórica de un “espíritu de orden” empírico y aplicado al desorden de la insanía mental. Donde la observación pura  será  la finalidad última del conocimiento y a veces, de la cura misma.
El tratamiento moral de la locura  será el legado de  Pinel, por lo que  el loco  se encontrará siempre en deuda con el psiquiatra  y desde la primera mirada, veremos que  el médico siempre  tendrá una posición privilegiada de poder. Así vamos a percibir a un psiquiatra distante que solo  observará al paciente  como un objeto de estudio.
El médico tendrá su oficina aparte. Jamás entrará a los pabellones y desde su torre en alto, observará la vida de los pacientes e impondrá su autoridad paternal proponiéndose como imago superyoica,  que se impondrá al loco – debe ser “modelo” así lo refiere Pinel en su Tratado medico filosófico – para evaluar su inclusión o exclusión  social. Pero el resultado final debe ser hacer un sujeto conforme a las reglas, a  partir del ejercicio de normalizar.
Así el legado de Pinel será el tratamiento moral que privilegiará la mirada ante la escucha; aquél que obliga a los colaboradores del hospital a tratar al enfermo como un niño, que será favorecido con horas elaborando piñatas o manualidades, haciendo rompecabezas, viendo películas infantiles o la serie completa de Cantinflas, suministrándole las horas de televisión, poniéndolo a hacer calistenia, condicionándoles las visitas o salidas del hospital; imponiéndole  una conciencia de enfermedad que no es otra cosa que de inferioridad y sumisión. Cuando el loco asume que está enfermo y  que el manicomio es su espacio de pertenencia que no puede evitar,  cuando sabe que debe cargar con una enfermedad que trae consigo como estigma de por vida, se asume que ha llegado la cura y es ahí cuando podrá ser dado de alta. El sistema ha triunfado doblegando la voluntad humana y la particularidad del internado.
Tras un interrogatorio inútil donde a través de diferentes pruebas, se va a evaluar objetivamente la memoria a corto plazo, el transcurso del pensamiento, las semejanzas y diferencias en refranes u objetos, así como el nivel de insight, el tan previsible carácter iatrogénico y supresivo  de la psiquiatría se hace manifiesto.
El  alienado no será considerado más que un desecho social o un infectado, como antes lo era el leproso. El hospital es una cárcel y los profesionales de “salud mental” (psicólogos, camilleros, trabajadores sociales, talleristas, psiquiatras, enfermeros, cuidadores y vigilantes), son más que alienistas: custodios  judiciales.  El empleado más valorado, será aquel, que como en el circo, sea el mejor adiestrador y el que más animales amaestrados acumule; aquellos que cómo la haría la enfermera Ratched (One flew over the Cokoo’s nest, 1975), vendan su vida al hospital y como perros fieles se convierta en los ojos de la mirada  de la institución. 
La locura y la cordura será una línea gruesa, trazada con gis borroso entre empleados e internados. Pues: ¿Cómo pensar que el médico, la enfermera o el policía, no posean una patología que les permite ignorar, desdeñar  y aplastar al otro? Conozco el caso del un reputado psiquiatra de cierto hospital psiquiátrico que abofeteó a un paciente por las cosas que le decía.
La respuesta no es fácil y la insumisión al poder no puede ser el único criterio de salud, tampoco lo puede ser el dañarse a sí mismo o los otros. Respuestas acabadas no hay éstos hechos complejos, pues la locura “es un acontecimiento social y no de individuos aislados” como nos lo dijo alguna vez,  Juan Carlos Plá.
Durante mi experiencia profesional en hospitales psiquiátricos, fui testigo de los abusos que se  vive en ese encierro, observé que la salud mental en nuestro país es un tema que no ocupa ni interesa a nuestras autoridades, que la mayoría del presupuesto va encaminado a otras áreas como la epidemiología, las adicciones,  la llamada “salud pública” o  programas que ni siquiera están  vigentes pero que suenan bien en términos políticos.
Asimismo, que nuestra profesión de psicólogos, se basa en convertirnos en fieles auxiliares de la psiquiatría, reduciéndonos a la clinimetría, psicometría y estadigrafía que conceden al número un valor de verdad mágica, de hecho fehaciente sin cuestionamiento. La cura se basa en una terapia sintomática donde se privilegiara a la cantidad y no la cualidad, dónde importara cubrir con  números una cuota asalariada similar a la de producción en una fábrica de zapatos o chocolates,  en lugar de responder a necesidades de una comunidad y un sujeto sufriente donde su padecimiento pediría más bien la comprensión y la búsqueda de un sentido.
Me tocó ver cómo los pacientes sacan comida de la basura,  Que su dignidad y voluntad es pisoteada. Vi pacientes deambular descalzos, sin ropa interior o toallas sanitarias. Observé su vida transcurrir entre el hacinamiento y la pobreza social en reclusión. La imposición es la que rige siempre la cura y  aquellos que reniegan de la autoridad,  deberán de ser sometidos a un dominio de poder que poco a poco irá desgastando su físico, su integridad moral y mental. La locura será sinónimo de pecado y el encierro es el Infierno merecido para vivir el resto de su vida como si fuese la eternidad después de la muerte. Los pacientes serán  abandonados por la familia y la sociedad, en un  sistema carcelario que poco a poco lograra   asesinar, desintegrar  su alma.
La tarea del  manicomio enajena al sujeto sufriente, haciéndolo inútil y seriado, perteneciente a una empresa cara e improductiva que lo conduce a la cronicidad.  La relación saber-poder estará íntimamente ligada entre el aparato judicial y el manicomio. Es un mundo desolado, dónde el enfermo mental yace en el encierro, expuesto a toda suerte de abusos, sometido al poder de un saber médico omnipotente, que se ha dado en llamar psiquiatría. La institución reglada requiere de un individuo disciplinado por lo que será necesario normalizarlo, evaluarlo, codificarlo,  y  observarlo
Todos los instrumentos  son armas para la opresión del loco y  su historia, la locura estará, por otro lado, ligada a un horizonte de pobreza, la improductividad, la inadaptación social, se ha convertido  en un problema moral, de dimensiones éticas. Confinado bajo una actitud distintiva de indiferencia que solo será reglada por etiquetas, el loco desfallece.
El psicoanálisis ha tenido avances importantes a la fecha, pues desde el inicio Freud ha dado un papel importante  a la infancia, la imaginación, la historia y palabra del sujeto, lo que ha venido a abrir una esperanza a aquellos que solo han sido abordados desde una perspectiva organicista. La clínica psiquiátrica ha olvidado que el fin de la cura es restituir al hombre sufriente a su cualidad de sujeto: dueño de su palabra y de su historia. El interés que tiene Freud desde los inicios y  su ruptura que tiene  con la simple  anatomía en  el Proyecto de una psicología para neurólogos nos invita a  mirar a cada caso como producto de una historia particular, familiar, de un entretejido de tres o más generaciones. Cómo un sujeto dueño de su historia y su decir, con plenos derechos que se encuentra agobiado por el sufrimiento pero también puede acceder a la palabra.  El delirio, en el cual vemos el producto de la enfermedad, es en realidad una tentativa de curación;  la locura seria una reconstrucción fallida. Una alternativa sufriente a una realidad a la cual, el loco ha intentado escapar. La tarea del los terapeutas debería ser escuchar y atender ese dolor añejo que no debiera causar, miedo, angustia, asco, desesperación o  ansias de imposición. 
El asilo reduce las diferencias, reprime los vicios y borra las irregularidades. Castigará todo aquello que se oponga a las virtudes esenciales de la sociedad: la inmoralidad, la extrema perversidad de las costumbres, la ebriedad o la galantería indiscriminada, la incoherencia, la pereza, el satirismo, y la masturbación excesiva. A estos males, se agregará posteriormente, el intento de suicidio, la prostitución y la homosexualidad. Estas son las figuras por excelencia de la sin razón y se relacionan con la figura de la decadencia social que más tarde será substituida por la depravación.
Con Foucault entendemos que “enfermedad mental” y “locura”, son dos configuraciones diferentes que, desde el siglo XVII hasta ahora, se han reunido y confundido una con otra.
Aunque la medicina y en concreto la psiquiatría, intente quitar las aristas más aterradoras a la insania mental reduciéndola a una trastorno biológico, genético, neurológico, a desequilibrios electroquímicos del sistema nervioso, el halo poético lírico en torno a la enfermedad persistirá, porque en ella hay también algo irreducible al dominio de la razón y que anticipa el vacío de la muerte.
Ciertos procedimientos médicos radicales como la lobotomía de Freeman, la hidroterapia con agua fría, y hasta los electroshocks, están más cerca de la terrible Inquisición que de un verdadero sentido terapéutico.
Michel Foucault en particular, es muy severo en su análisis del poder psiquiátrico, nos referimos a su curso de 1973 – 74 y al seminario de 1974 – 75 sobre Los Anormales en el contexto de sus obligaciones del Collège du France, allí hace patente la relación entre espacio asilar y orden disciplinario. La internación y la asistencia, los informes sobre el alienado son modos de control social que no disimulan su relación con una matriz jurídico - política específica surgida de la razón occidental, y no sólo del capitalismo. Debemos recordar, en este sentido, que la disidencia política y la homosexualidad fueron motivos de encierro psiquiátrico y persecución en la, hasta hace poco desaparecida, Unión Soviética.
En el mundo médico, la hipnosis, el tratamiento moral, la sugestión, han sido substituidos por los antidepresivos, los antipsicóticos (no se trata de negar la importancia de medicar adecuadamente a los pacientes, pero se hace hasta el exceso) y toda la farmacopea mágica que intenta borrar la incoherencia y el afecto desordenado del sujeto, a esto se le llama progreso. 
El paso del psicoanálisis por la psiquiatría ha querido ser borrado en nuestro país, y en otros contextos culturales, vivimos en la época del café instantáneo, de la fast food y de la prét a porter. Por tanto se esperan resultados rápidos: ¿Me aqueja el insomnio? Pues tengo a mano el Lozopil ¿Me abandona la mujer que quiero? Para no deprimirme ingiero Prozac ¿Mi hijo tiene el tan mentado y cuestionado Déficit de atención e hiperactividad? Debe tomar Catapres. Las causas de todos éstos síndromes no se cuestionan para nada. El resultado triste es la creación de zombies dependientes de su medicación, el tratamiento en este caso se convierte en rito sacrificial y expiación de la culpa de terceros.
En este sentido, establecer los límites claros entre cordura y locura es un intento finalmente destinado al fracaso, puesto que el loco y el cuerdo nunca terminan por separarse. La locura forma parte del mundo moderno y consiste en un núcleo irreducible, el corazón de la naturaleza humana.
Después de todo, muchos  somos juzgados, condenados, clasificados, obligados a competir, destinados a vivir de un cierto modo o a morir en función de unos discursos verdaderos que conllevan efectos específicos de poder, y quizá   deberíamos intentar, como el loco lo intenta, rasgar nuestras ataduras y sujeciones; emanciparnos, ser autónomos, soberanos de nuestra propia existencia, son sueños que no siempre cumplimos, nos gusta lamer la coyunda cuando estamos acomodados a las circunstancias.



jueves, 13 de agosto de 2015

Introducción al Psicoanálisis Bibliografía.

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Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.