jueves, 1 de octubre de 2015

2 de octubre no se olvida.

La oscuridad engendra la violencia y la violencia pide oscuridad para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche para que nadie viera la mano que empuñaba el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata? ¿Quiénes los que agonizan, los que mueren? ¿Los que huyen sin zapatos? ¿Los que van a caer al pozo de una cárcel? ¿Los que se pudren en el hospital? ¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie. La plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine no hubo ningún cambio de programa, ningún anuncio intercalado ni un minuto de silencio en el banquete.


(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres, que todo se le han dado como ofrenda a una diosa, a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Más que aquí que toco una llaga: es mi memoria. Duele, luego es verdad. Sangre con sangre y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos. Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca sobre tantas conciencias mancilladas, sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta, sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos. Hasta que la justicia se siente entre nosotros.
Rosario Castellanos




 Es difícil, para muchos, recordar a casi 50 años pasados, la fecha triste del dos de octubre y algunos piensan que es inútil ya, evocarla. Yo cumplía en ese entonces doce años, precisamente al día siguiente, y estaba cursando la secundaria. Dos primos mayores que yo, por diez y once años, vivían en mi casa y estudiaban en la ciudad de México: ingeniería y música. Mi madre les había pedido a los dos, que no se metieran en líos, que ellos tenían una meta que cumplir que era el estudio. A mí no me quedaba claro qué es lo que estaba pasando porque, a decir verdad, era un adolescente distraído, aplicado a los estudios e interesado en los libros más que en la vida real.

Cuando empezaron los disturbios, oyeron a su tía, dictarles un discurso en el que expresaba que había prioridades en esta vida. Que no podían dejarse arrastrar por la pasión, ni sacrificar los esfuerzos que estaban haciendo por superarse y ser mejores personas: profesionistas (¡Vaya palabras! Reflejaban la esperanza de la clase media por ascender socialmente, pero también tenían un cierto sentido ético, hoy simplemente absurdo). 
Mamá cobijó a casi todos mis primos de su ciudad natal, en distintas etapas de su vida en la capital del país, a fin de que pudieran estudiar, y llevar una vida mejor. Razonamiento que parecía lógico en aquella época y en varios modos se cumplió para ellos. Eso es algo que casi ninguno de ellos recuerda en ningún sentido y a ella, por fortuna, no parece mortificarle en absoluto pues su generosidad no tenía ningún interés de por medio.
El caso, es que los convenció, y ellos se quedaron encerrados en casa, sin que salieran a la calle para integrarse a la protesta de los estudiantes. Quizá eso les salvó la vida, porque los acontecimientos trágicos que vinieron después fueron incalculables.La amiga de la infancia de mi madre, mi tía Mina (¡Cuántos recuerdos me trae ese significante!), llegó como todos los años a la casa, con un delicioso pastel que hacía para celebrar cada uno de mis onomásticos. Esta vez, el pastel venía como aplastado, ella venía agitada y pálida. Vivía en Tlatelolco y había vislumbrado la masacre de los estudiantes a través de la ventana del edificio dónde vivía. Relataba que en lo alto de los edificios había gente que les disparaba sin piedad a estudiantes y soldados, que el tiroteo había durado horas. Los soldados la habían tomado contra los estudiantes y echado las tanquetas sobre ellos, abriendo fuego abiertamente contra la multitud. Mi tía Mina había esperado toda la noche, tiesa del espanto, que los soldados allanaran su casa y entraran a arrestarla, cómo sucedió en otros departamentos, en que se contaba que los soldados entraban a bayoneta calada, como asesinos de Herodes, preguntando: ¿Quién está embarazada?  Horneó y decoró el pastel de todos modos, porque nada le iba a impedir que concluyera lo que se había propuesto (aunque fuese lo último que hiciera), y también, como una forma de quitar el pellejo al miedo.
Cuando llegó en la tarde con nosotros, contaba que había eludido el cerco militar y las patrullas que transitaban por los edificios y corredores, en busca de provocadores. Mi amiguito judío - y para todo uso práctico hermano - Marcos se moría de la risa. Bromeaba que había eludido las balas para traernos el pastel y lo revisaba ostentosamente, para ver si no había agujeros en él. Uno de mis primos se sentó en la sala con el periódico del día extendido, mientras mi madre tomaba fotos del cumpleaños, con su camarita Kodak. En las imágenes de ese día (perdidas en el temblor del ’85), se mostraba en primera plana del diario La Prensa, la Plaza de Tlatelolco tomada por los soldados, también, el piso cubierto de innumerables zapatos abandonados y regados sobre el piso, quizá porque los dueños habían corrido tan rápido que los botaron, o simplemente estaban muertos, me acuerdo haber visto esas imágenes sin entender del todo qué estaba pasando.
¡Claro que todos estos recuerdos resultan ñoños, comparados con la dimensión de la tragedia del ’68! Pero son los  recuerdos que tengo de ese día. Después me enteré de lo que allí había sucedido con más detalle. México había conseguido para su lucimiento y debut como país desarrollado -- más sin sentidos -- las Olimpiadas de 1968. El presidente Díaz Ordaz había entrado en cólera por las protestas estudiantiles contra la excesiva violencia y represión policíaca. Eran los años en que nuestro país se manejaba a deseo del Dios presidencial en turno impuesto por el PRI y que su palabra era ley, textualmente, porque se pronunciaban leyes para ratificar sus mandatos.
Un par de enfrentamientos entre jóvenes, el último el 26 de julio al celebrar la revolución cubana, habían derivado en una intervención policíaca y del ejército sin ningún precedente ni freno. La puerta de la preparatoria uno de la UNAM, en el centro de la ciudad de México, había sido derribada por un bazukazo que abrió el paso a los soldados. La energía de los jóvenes había encontrado una causa y se unieron para protestar contra el exceso de rigor y la represión por parte del Estado. Este movimiento hacía también eco de lo que estaba sucediendo en ’68 en el resto del mundo: París, Berlín, Checoslovaquia, los mismos Estados Unidos, dónde los jóvenes estaban hartos de todo y se rebelaron en contra del stablishment de una forma romántica y desorganizada pero llena de energía, algo de eso rebela la película de Bertolucci Los inconformes.
El movimiento estudiantil exigía a papá gobierno, algo muy sencillo, el cese del jefe y subjefe de la policía, general Cueto Ramírez y el coronel Mendiolea Cerecero, la derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal en el que se sancionaba el delito de disolución social.
El 27 de agosto, salió una manifestación desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo, allí los estudiantes izaron una bandera rojinegra a media asta, que luego fue arriada. En la madrugada, fueron desalojados por la fuerza pública.
Al día siguiente, hubo un acto de desagravio a la bandera nacional, al que asistieron, acarreados, trabajadores al servicio del Estado y que terminó -- curiosamente -- en una nueva protesta a favor de los estudiantes.
El 18 de septiembre el ejército entró en la Ciudad Universitaria como si fuese un país enemigo, con el propósito de desmantelar el movimiento y tomar prisionero al Comité de HuelgaEl 19 de septiembre, el rector protestó por la ocupación militar, que duró 12 días. La Cámara de Diputados, atacó al rector Barros Sierra, quien presentó su renuncia, que no le fue aceptada. La Junta de Gobierno le pidió expresamente que permaneciera al frente de la UNAM y él valientemente encabezó algunas manifestaciones.
Fue así como el 2 de octubre de 1968, se celebró un mitin en la Plaza de las Tres Culturas de Tlaltelolco. Después de una bengala luminosa se abrió fuego contra uno de los edificios, dónde supuestamente se encontraba el CNH y sucedió ese crimen incalificable, la catástrofe… de la cual no hay, ni parece habrá responsables... y lo más trágico es que no aprendamos de nuestros errores y se sigan comentiendo actos represivos violentos.

El número 1665 de la Revista Proceso contiene un artículo de Miguel Ángel Granados Chapa sobre Luis Echeverría (entonces secretario de Gobernación y que acusado de la matanza fue finalmente exonerado por Jesús Guadalupe Luna Altamirano, juez luego acusado de lavado de dinero) que les recomiendo leer, el título es impresionante: El criminal sobreviviente. También incluye una entrevista al exmandatario en la que expresa de la manera más canalla y cínica al periodista Rogelio Cárdenas: Yo no pido perdón. 


http://www.camacho.com.mx/tlatelolco68/principal.html

Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.