domingo, 23 de noviembre de 2008

El inquilino. Polanski.



La chica apoyó la cabeza en las rodillas de Trelkovsky y se quedó inmóvil. Maquinalmente, Trelkovsky se dedicó a enrollarse en los dedos, mechones de su cabello.
“¿Por qué a mí? – pensaba –. Todo me sonríe de pronto, y en lugar de aprovecharlo, me duele la cabeza. ¡Seré idiota!

El quimérico inquilino.
Roland Topor.



La película El Inquilino (1976) es producto de la conjunción de dos talentos francos de la imaginación moderna. Primero, el precoz dibujante y fecundo autor de la novela El quimérico Inquilino: Roland Topor, que cuando apenas tenía 22 años, fundó junto con Arrabal y Jodorowsky, el “Grupo Pánico” (movimiento de vanguardia de tendencias surrealistas) y publicó su primer libro de dibujos de humor negro: Les Masochistes.
Y segundo, uno de los genios de la cinematografía, más polémicos, el actor, productor y director: Roman Polanski. Nacido en 1933 en Francia y cuyos padres decidieron regresar a Polonia dos años después de comenzada la segunda guerra mundial para caer en un campo de concentración al que no sobrevivieron. El intrépido jovencito judío, pudo escapar del ghetto y subsistió vagando por la campiña polaca, colándose de vez en vez a los cines montados por los alemanes. A partir de los años 50’s estudió actuación y cinematografía en la escuela de Lodz demostrando en sus primeras producciones un gusto por el humor negro y los temas siniestros. Sus primeras obras reconocidas Repulsión (1965) y Cul de sac (1966) hechas en Inglaterra obtuvieron respectivamente el Oso de Plata y el de Oro del prestigioso festival de Berlín. En Hollywood produjo sólo dos filmes, el célebre Rosmary’s Baby (1968) y después China Town (1974), más después del asesinato trágico de su mujer Sharon Tate por una secta fanática, cambió su vida y abandonó los Estados Unidos, perseguido por una causa legal en la que habría protagonizado el haber tenido relaciones con una menor de edad. Regresó a Europa dónde ha realizado el resto de su obra, debido también, al hecho de que se encuentra perseguido – desde 1978 – por la justicia norteamericana, tras haber sido encontrado culpable de violar a una niña de 13 años.
Desde muy joven Polanski apareció en el cine en la película de Andrezej Wajda Pokolenie (1955), alternando desde entonces su carrera de actor, con la de productor y director originando algunos de los filmes más importantes de la historia del cine, sin haber ganado el Oscar hasta el año de 2002 con El Pianista, convirtiéndose así en uno de los más viejos directores en ganar la estatuilla a sus casi 70 años, confirmando así el conservadurismo político y moral de la Academia. Entre sus obras notables, encontramos: La Danza de los Vampiros (1967) Macbeth (1971) What (1972) Tess (1979 - filmada después del trágico incidente Manson) Luna Amarga (1992) La muerte y la doncella (1994) Oliver Twist (2005), todos filmes que merecerían proyectarse en este cineclub del CPM (Círculo Psicoanalítico Mexicano) y ser analizados a fondo por nuestros colegas, pues revelan distintos aspectos del abismo del alma humana.
La película que nos toca comentar, llama la atención por varios motivos. En primer lugar, porque Roman Polanski eligió hacer el personaje de Trelkovsky dando así un sello muy personal y particular al filme. En esta película retornaba al plató después del fracaso de sus Piratas (filme que le tomaría 10 años) y realizó la película a toda prisa pues el gobierno francés lo presionó para que se presentara en el festival de Cannes, así que desde su concepción hasta su exhibición tomó sólo 8 meses.
Le locataire se exhibió en el festival en cuestión recibiendo una mala acogida por parte de la crítica y curiosamente el tiempo le ha dado la razón al autor, siendo considerado uno de sus filmes más especiales, quizá uno de los más íntimos y chocantes. No sólo por la ocasión de ver al actor y director transvestido, sino por la violencia de los acontecimientos. De alguna manera completaba un trío de filmes en apartamentos, junto con Repulsión y El bebé de Rosemary.
Se trata de una thriller de horror, que gira en torno a la primera novela de Topor escrita en 1964 y en la Polanski se las arregla para que resalte no sólo la paranoia de Trelkovsky, sino lo espantosa que puede resultar la vida en París para un modesto inquilino con recursos limitados, tratando de buscar alojamiento. Es así, una historia sobre la recargada xenofobia de los parisinos y sobre el lado oscuro de la ciudad luz que rechaza a los forasteros, aunque viva precisamente de ellos.
También es un cuento muy personal sobre la persecución que ha vivido desde siempre ese niño judío y extraviado que sobrevive a salto de mata por los confines de un mundo que lo quisiera muerto u olvidado. Es en este sentido, el relato de un sobreviviente.
¡Cuán difícil es conseguir un buen departamento barato en París! Trelkovsky cual ave de rapiña ansiosa ronda el edificio dónde, por fin, está por desocuparse un piso que corresponde a la moribunda Simone Choule, quien yace en el hospital de Saint - Antoine, después de haber saltado de la ventana desde los altos del inmueble. Tras de un primer encuentro con el casero enfila sus pasos hacia la cama del hospital y haciéndose pasar por un familiar, se encontrará con el cuerpo magullado de la paciente que al percibirle suelta un grito de horror, que nos explicaremos al final de la película, como signo de espanto ante la recursividad de una historia que parece destinada a la repetición compulsiva, al eterno retorno.
Allí, conoce a Stella (Isabel Adjani) y trabará contacto con ella, quien después se convertirá en su amiga y luego en amante. Así pues, la historia empieza con un conato de suplantación que poco a poco se deslizará a la realidad de una amarga pesadilla, cual si se tratase de un castigo esperado por el robo de una identidad.
A la muerte de la antigua inquilina, Trelkovsky apenas acomodándose, va encontrando signos bizarros dentro del apartamentucho y el sórdido entorno que le rodea, que le indican que no encaja dentro de ese espacio y que le empujan contra su voluntad, a ir tomando el papel de Simone.
Podría decirse en simple, que el personaje principal sufre de una paranoia (catalogada hoy en el manual DSM-IV como Trastorno paranoide de la personalidad) en la que, los rasgos principales de este tipo de cuadro afloran: desconfianza y suspicacia general hacia los otros, sospecha de que los demás se van a aprovechar de ellos, les van a hacer daño o a engañar, todo esto sin pruebas objetivas que respalde su creencia de que existe algún complot en su contra y que pueden ser atacados en cualquier momento, de repente y sin ninguna razón.
Individuos con este trastorno suelen albergar rencores y son incapaces de olvidar los insultos, injurias o desprecios de que creen haber sido objeto. El menor desprecio provoca gran hostilidad, que persiste durante mucho tiempo. Puesto que siempre están pendientes de las malas intenciones de los demás, sienten a menudo que su persona o su reputación han sido atacadas o que se les ha mostrado desconsideración de alguna otra manera. Contraatacan con rapidez y reaccionan con ira ante los ultrajes que perciben Pueden reunir «pruebas» triviales y circunstanciales para confirmar sus sospechas, quieren mantener un control total sobre las personas con las que tienen relaciones íntimas para evitar ser traicionados y constantemente pueden hacer preguntas y cuestionar los movimientos, los actos, las intenciones y la fidelidad del cónyuge o la pareja.
Sin embargo, dicho manual exime de ese diagnóstico a quienes tienen rasgos esquizofrénicos, lo cual es el caso de nuestro desgraciado personaje. En realidad, lo más interesante de la situación tal y cómo nos la presenta Polanski, más allá de esa taxonomía buffonesca propia para animales, es mostrarnos algo que Piera Aulagnier
[i] sostiene, tanto la esquizofrenia como la paranoia, son formas de relación personal con el mundo, en la que se revela la fragilidad de nuestro Yo, que aparece como un barco naufragante en la cresta de una ola.
Freud coligió de hecho, la existencia del Yo sobre una base paranoica en su artículo de La Negación (1925) dónde nos mostró que nuestro conocimiento del mundo empieza por la fundación de esa parte de nuestro aparato psíquico a partir del juicio de atribución, en el que lo bueno será sentido como propio y lo malo expulsado al mundo exterior. La función del juicio se basa sobre dos decisiones: la de atribuir o negar a una cosa una cualidad y la de conceder o negar a una imagen la existencia en la realidad.
La cualidad sobre la que ha de decidir pudo ser, originalmente, buena o mala, útil o nociva. «Esto lo comeré» o «lo escupiré.» Y en una transposición más amplia: «Esto lo introduciré en mí» y «esto lo excluiré de mí.» O sea: «Debe estar dentro de mí» o «fuera de mí.» En otras palabras, el yo primitivo, regido por el principio del placer, quiere introyectarse todo lo bueno y expulsar de sí todo lo malo. Lo malo, lo ajeno al yo y lo exterior son para él sinónimos. Lo malo, lo ajeno al yo y lo exterior son para él, en un principio, idénticos.
Melanie Klein se basa precisamente en estas aseveraciones para hablar de una fase esquizo-paranoica elemental (contra el criterio diagnóstico del DSM-IV que hace irreconciliables ambas tendencias) en la que el Yo estaría en perpetua lucha con el mundo y con el displacer que éste reporta, antes de poder establecer un juicio más objetivo de la realidad. Todos pasaríamos por esa odisea de cruzar un universo persecutorio en el que las angustias serían realmente pavorosas, dependiendo nuestro futuro bienestar de la manera como elaboramos nuestro odio y agresividad. Así pues, el mundo del infante no sería color de rosa como nos lo pinta la publicidad televisiva de los comerciales de pañales, sino un universo complejo, lleno de ambivalencias, traiciones, hundimientos de ánimo, voraces agresiones y venganzas, persecuciones, que dejarían la saga del Señor de los Anillos, como una pálida invención ociosa.
Esa paranoia que sufre Trelkovsky en la película, sería entonces, la exageración de un proceso normal que de una u otra manera atravesamos en la historia de nuestro desarrollo psíquico, sin dejar completamente atrás del todo, nuestros delirios de persecución, nuestros celos y agresividad primordial, nuestra desconfianza del semejante. En ese proceso podemos ver de manera manifiesta la búsqueda del autocastigo típica del paranoico, pero también la vocación simbólica desmedida de un poeta fallido, que ha perdido el contacto con el mundo y consigo mismo.
Freud resalta en “El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen” (1906) dos características principales en el delirio. Una es la expresión de tal estado patológico en lo anímico más que en lo corporal y la otra, es el lugar en el que las fantasías alcanzan su poder supremo convirtiéndose en creencias inamovibles. El caso Trelkovsky se complica, porque también involucra el cuerpo y la bisexualidad de su mente hermafrodita se aloca hasta llevarle al sacrificio, en la búsqueda de una completud gozosa, sólo alcanzable en la muerte. Esas alucinaciones tienen seguramente, relación con algún recuerdo infantil reprimido.
Para Lacan, ese delirio sería la expresión trastornada de la conducta social de un sujeto que es invadido por el deseo de los otros, al punto de anular todo deseo propio. Esto se ve muy claro en la alucinación final de nuestro héroe, que ve a los demás como incitadores y espectadores de su acto terrible. Otro rasgo importante de este drama, es la dimensión sacrificial de su acto suicida que le sitúa a su vez como el centro de ese mundo inquietante y temible.
Más sutilmente, su incorporación de la figura del Otro, crece hasta investirlo totalmente borrando su individualidad, sin dejar nada de él. Así, el delirio implicará una confusión entre lo público y lo privado que nos resulta fascinante. Él observa todo y todos sus actos son observados, en la gran telaraña del mundo todo se encuentra relacionado. Ésta también, es la lógica mítica que anima el fanatismo mágico y religioso.
Trelkovsky es un Cristo sacrificial, una víctima presto a la inmolación, que busca desesperadamente el amor de los otros, pero su mismo punzante recelo, le impide aceptar ese amor de naturaleza curativa cuando se le ofrece.
Otro rasgo espeluznante del delirio paranoico que no hemos mencionado es la presencia frecuente de una relación de primera mano con Dios, llama la atención poderosamente y no deja de ser irónico, que la portera del edificio, ese personaje grotesco interpretado magistralmente por Jo Van Fleet, se llame Madame Dioz. Topor y Polanski hacen mofa de lo más sagrado, al tiempo que desvisten la miseria que habitamos en la vecindad de este mundo.
Un rasgo más que llama la atención es la oposición entre jóvenes y viejos, que no parece tan evidente al principio, pero se va imponiendo sobre la marcha de los acontecimientos. Ser joven es condición para ser víctima propicia para la inmolación. A los viejos pertenece el mundo, representado por el edificio en que sucede el drama.
Ya que entramos en la búsqueda de un sentido más filosófico, también uno podría preguntarse a qué inquilino refiere la novela. Pasa por mi mente una imagen de ese cuadro hermoso y de pesadilla debido a El Bosco que conocemos como El Jardín de las Delicias, en una de sus porciones vemos una cabeza asentada en cuatro patas, que en el cuerpo de animal alberga un grupo de personas desnudas.
¿No somos acaso todos, como edificios de apartamentos habitados por los inquilinos restos de las figuras que fueron significativas en nuestra pequeña historia? ¿Esas identificaciones peregrinas, son acaso lo único que tenemos? ¿No en el fondo también somos inquilinos de un cuerpo que nunca acabamos de poseer totalmente? ¿Acaso hay alguna manera de no ser un inquilino loco en una realidad que nos molesta por todas partes?
Sabemos poco de la historia de Trelkovsky, no podemos adjudicar su delirio a la severidad de su padre, quizá a la chifladura de una madre que agotó su deseo como en el caso Schreber. Nuestra visión de su locura es simplemente fenomenológica y en ese nivel no tiene desperdicio. Sólo podemos sufrir con él sus ansiedades y zozobras y cómo bien dice Aulagnier reconocer que ese: destino psicótico nos confronta con la desmesura de la angustia, del terror, del sufrimiento que el sujeto puede soportar.No deja de sorprender que pueda sobrevivir alguien en un mundo dónde reina la persecución, acecha la mutilación y la presencia del Otro resulta tan amenazante, al punto que se le niega todo poder propio de significación.
Dimensión que muchas veces olvida el clínico y el psicólogo, pero que siempre rescatará el psicoanalista en su lucha por ir más allá de la simple contención y la segregación del loco que intenta superar el delirio.



[i] Aulagnier Piera, La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. Amorrortu editores.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buen análisis de la película, la vi anoche y me quedó dando vueltas...pensé en buscar en internet opiniones y análisis pero preferí dejar pasar al menos un día y pensarla yo antes de ver opiniones de otros.
Le vi muchas aristas a la historia y a los personajes y acá se analizan en profundidad muchas de las cosas que yo había pensado. Lo único que me hizo un poco de ruido es sobre el final cuando dice: …”no podemos adjudicar su delirio”...o “nuestra visión de su locura”...etc. No es caer en el papel de uno de los vecinos al decir su delirio, su locura? Él es una representación, un poco exagerada, de lo que sufrimos todos.
Un par de preguntas:
1 - Trelkovsky, no es también uno mas de los vecinos al querer quedarse con el departamento de Simone, alegrarse cuando finalmente muere y poder alquilar su departamento. Cuando el esta junto a Stella frente a la cama de Simone, que le hablan y Simone termina pegando el grito, el no esta interpretando el rol de sus vecinos?, no es el un agresor y Simone la victima?.
2 – No se podría decir que el es un “vecino” o un agresor, para consigo mismo?, porque cuando el esta al final, agonizando en la cama, se ve a si mismo junto a Stella. (sino que significa que el este parado frente a si mismo cuando esta por morir?).
3 – y última: Ahora, así como para Trelkovsky los vecinos eran una amenaza, para los vecinos, Trelkovsky no es también una amenaza? La diferencia estaría en que los otros no ceden y luchas con sus armas y sus creencias jugando su rol, en lugar de suicidarse.
Carlos.
Charlyvidal@hotmail.com