lunes, 16 de noviembre de 2015

Comentario Cineclub CARTAPSI XALAPA / CPM 16/11/15









LORENA CASTRO es presentada por JULIO ORTEGA, y después comenta la película La piel dura ((L’Argent de poche, 1976) de François Truffaut en el Cineclub que tiene lugar todos los lunes a las 19.30 horas en el Café TIERRA - LUNA Rayón 18 Centro de Xalapa.

https://www.youtube.com/watch?v=IlWZlSQWmA8

jueves, 1 de octubre de 2015

2 de octubre no se olvida.

La oscuridad engendra la violencia y la violencia pide oscuridad para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche para que nadie viera la mano que empuñaba el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata? ¿Quiénes los que agonizan, los que mueren? ¿Los que huyen sin zapatos? ¿Los que van a caer al pozo de una cárcel? ¿Los que se pudren en el hospital? ¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie. La plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine no hubo ningún cambio de programa, ningún anuncio intercalado ni un minuto de silencio en el banquete.


(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres, que todo se le han dado como ofrenda a una diosa, a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Más que aquí que toco una llaga: es mi memoria. Duele, luego es verdad. Sangre con sangre y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos. Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca sobre tantas conciencias mancilladas, sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta, sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos. Hasta que la justicia se siente entre nosotros.
Rosario Castellanos




 Es difícil, para muchos, recordar a casi 50 años pasados, la fecha triste del dos de octubre y algunos piensan que es inútil ya, evocarla. Yo cumplía en ese entonces doce años, precisamente al día siguiente, y estaba cursando la secundaria. Dos primos mayores que yo, por diez y once años, vivían en mi casa y estudiaban en la ciudad de México: ingeniería y música. Mi madre les había pedido a los dos, que no se metieran en líos, que ellos tenían una meta que cumplir que era el estudio. A mí no me quedaba claro qué es lo que estaba pasando porque, a decir verdad, era un adolescente distraído, aplicado a los estudios e interesado en los libros más que en la vida real.

Cuando empezaron los disturbios, oyeron a su tía, dictarles un discurso en el que expresaba que había prioridades en esta vida. Que no podían dejarse arrastrar por la pasión, ni sacrificar los esfuerzos que estaban haciendo por superarse y ser mejores personas: profesionistas (¡Vaya palabras! Reflejaban la esperanza de la clase media por ascender socialmente, pero también tenían un cierto sentido ético, hoy simplemente absurdo). 
Mamá cobijó a casi todos mis primos de su ciudad natal, en distintas etapas de su vida en la capital del país, a fin de que pudieran estudiar, y llevar una vida mejor. Razonamiento que parecía lógico en aquella época y en varios modos se cumplió para ellos. Eso es algo que casi ninguno de ellos recuerda en ningún sentido y a ella, por fortuna, no parece mortificarle en absoluto pues su generosidad no tenía ningún interés de por medio.
El caso, es que los convenció, y ellos se quedaron encerrados en casa, sin que salieran a la calle para integrarse a la protesta de los estudiantes. Quizá eso les salvó la vida, porque los acontecimientos trágicos que vinieron después fueron incalculables.La amiga de la infancia de mi madre, mi tía Mina (¡Cuántos recuerdos me trae ese significante!), llegó como todos los años a la casa, con un delicioso pastel que hacía para celebrar cada uno de mis onomásticos. Esta vez, el pastel venía como aplastado, ella venía agitada y pálida. Vivía en Tlatelolco y había vislumbrado la masacre de los estudiantes a través de la ventana del edificio dónde vivía. Relataba que en lo alto de los edificios había gente que les disparaba sin piedad a estudiantes y soldados, que el tiroteo había durado horas. Los soldados la habían tomado contra los estudiantes y echado las tanquetas sobre ellos, abriendo fuego abiertamente contra la multitud. Mi tía Mina había esperado toda la noche, tiesa del espanto, que los soldados allanaran su casa y entraran a arrestarla, cómo sucedió en otros departamentos, en que se contaba que los soldados entraban a bayoneta calada, como asesinos de Herodes, preguntando: ¿Quién está embarazada?  Horneó y decoró el pastel de todos modos, porque nada le iba a impedir que concluyera lo que se había propuesto (aunque fuese lo último que hiciera), y también, como una forma de quitar el pellejo al miedo.
Cuando llegó en la tarde con nosotros, contaba que había eludido el cerco militar y las patrullas que transitaban por los edificios y corredores, en busca de provocadores. Mi amiguito judío - y para todo uso práctico hermano - Marcos se moría de la risa. Bromeaba que había eludido las balas para traernos el pastel y lo revisaba ostentosamente, para ver si no había agujeros en él. Uno de mis primos se sentó en la sala con el periódico del día extendido, mientras mi madre tomaba fotos del cumpleaños, con su camarita Kodak. En las imágenes de ese día (perdidas en el temblor del ’85), se mostraba en primera plana del diario La Prensa, la Plaza de Tlatelolco tomada por los soldados, también, el piso cubierto de innumerables zapatos abandonados y regados sobre el piso, quizá porque los dueños habían corrido tan rápido que los botaron, o simplemente estaban muertos, me acuerdo haber visto esas imágenes sin entender del todo qué estaba pasando.
¡Claro que todos estos recuerdos resultan ñoños, comparados con la dimensión de la tragedia del ’68! Pero son los  recuerdos que tengo de ese día. Después me enteré de lo que allí había sucedido con más detalle. México había conseguido para su lucimiento y debut como país desarrollado -- más sin sentidos -- las Olimpiadas de 1968. El presidente Díaz Ordaz había entrado en cólera por las protestas estudiantiles contra la excesiva violencia y represión policíaca. Eran los años en que nuestro país se manejaba a deseo del Dios presidencial en turno impuesto por el PRI y que su palabra era ley, textualmente, porque se pronunciaban leyes para ratificar sus mandatos.
Un par de enfrentamientos entre jóvenes, el último el 26 de julio al celebrar la revolución cubana, habían derivado en una intervención policíaca y del ejército sin ningún precedente ni freno. La puerta de la preparatoria uno de la UNAM, en el centro de la ciudad de México, había sido derribada por un bazukazo que abrió el paso a los soldados. La energía de los jóvenes había encontrado una causa y se unieron para protestar contra el exceso de rigor y la represión por parte del Estado. Este movimiento hacía también eco de lo que estaba sucediendo en ’68 en el resto del mundo: París, Berlín, Checoslovaquia, los mismos Estados Unidos, dónde los jóvenes estaban hartos de todo y se rebelaron en contra del stablishment de una forma romántica y desorganizada pero llena de energía, algo de eso rebela la película de Bertolucci Los inconformes.
El movimiento estudiantil exigía a papá gobierno, algo muy sencillo, el cese del jefe y subjefe de la policía, general Cueto Ramírez y el coronel Mendiolea Cerecero, la derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal en el que se sancionaba el delito de disolución social.
El 27 de agosto, salió una manifestación desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo, allí los estudiantes izaron una bandera rojinegra a media asta, que luego fue arriada. En la madrugada, fueron desalojados por la fuerza pública.
Al día siguiente, hubo un acto de desagravio a la bandera nacional, al que asistieron, acarreados, trabajadores al servicio del Estado y que terminó -- curiosamente -- en una nueva protesta a favor de los estudiantes.
El 18 de septiembre el ejército entró en la Ciudad Universitaria como si fuese un país enemigo, con el propósito de desmantelar el movimiento y tomar prisionero al Comité de HuelgaEl 19 de septiembre, el rector protestó por la ocupación militar, que duró 12 días. La Cámara de Diputados, atacó al rector Barros Sierra, quien presentó su renuncia, que no le fue aceptada. La Junta de Gobierno le pidió expresamente que permaneciera al frente de la UNAM y él valientemente encabezó algunas manifestaciones.
Fue así como el 2 de octubre de 1968, se celebró un mitin en la Plaza de las Tres Culturas de Tlaltelolco. Después de una bengala luminosa se abrió fuego contra uno de los edificios, dónde supuestamente se encontraba el CNH y sucedió ese crimen incalificable, la catástrofe… de la cual no hay, ni parece habrá responsables... y lo más trágico es que no aprendamos de nuestros errores y se sigan comentiendo actos represivos violentos.

El número 1665 de la Revista Proceso contiene un artículo de Miguel Ángel Granados Chapa sobre Luis Echeverría (entonces secretario de Gobernación y que acusado de la matanza fue finalmente exonerado por Jesús Guadalupe Luna Altamirano, juez luego acusado de lavado de dinero) que les recomiendo leer, el título es impresionante: El criminal sobreviviente. También incluye una entrevista al exmandatario en la que expresa de la manera más canalla y cínica al periodista Rogelio Cárdenas: Yo no pido perdón. 


http://www.camacho.com.mx/tlatelolco68/principal.html

martes, 25 de agosto de 2015

La locura, hoy aún una pesadilla.




En una sociedad propensa a  la homogenización y a la objetivación como una respuesta a aquello que no puede soportar y contener, surge el hospital como depósito donde irán a parar los indeseables, aquellos “anormales”  que no pueden responder a su propia existencia.
La segregación será la única respuesta social  y el manicomio el  Lugar que va  a remplazar al asilo leprosario. Con las paredes ennegrecidas tras  una combinación de lágrimas, sangre y suciedad. Sobresale el olor fétido resultado de  la mezcla de sudor, excremento  y creolina. Transcurre la vida de los pacientes en el hospital con   lo que  aparece como una amarga calma  contenida en una   estructura asilar compuesta por barrotes, cadenas, argollas  y  ataduras. Camina aprisa la maquinaria  capitalista  sin detenerse a escuchar el murmullo o el silencio del alienado. Aislado o agitado con las ropas rasgadas, la mirada extraviada y el semblante doliente deambulan por los pasillos húmedos y obscuros cargando pecado, sinrazón y culpa.
Así se organizará  un  campo de batalla en la que el loco no puede ni ganar ni del que podrá escapar. En primer lugar, porque debe reconocer su locura, en segundo lugar porque ese reconocimiento lo hace víctima de una situación de disparidad ante el orden médico.
De lado de la institución se encontrará  el psiquiatra, rígido representante del poder,  del cual dependerá sostener el orden asilar, que se ejerce a través de relevos. El exceso de  control sobre los cuerpos, en una arquitectura de encierro con medidas administrativas  crueles  y  discursos disciplinarios  presenta  al hospital psiquiátrico como un dispositivo de control social.
Las enfermeras serán las esclavas sumisas del orden psiquiátrico a través de sus actos que les posicionan como representantes del poder y  la ley médica. Es una disciplina severa  donde oscilarán las amenazas, el control, y la vigilancia extrema, propias de una madre castrante.
El horario del hospital ordena que la medicina en la boca les sea vaciada por el pecho malo kleiniano que es la institución, imponerle  los temas terapéuticos a abordar, obligarlos a hablar o callar. Sostener horarios inamovibles serán  medidas  de tratamientos   que llevaran a  eliminar  la individualidad.
La enfermera se complementará con un cuerpo instrumentado compuesto por cuidadores y vigilantes, que refuerzan la imagen carcelaria del encierro. Serán capaces de someter y suprimir a los alienados. Ejercerán el control de los cuerpos tras métodos crueles de sujeción, sedación, las terapias de electroshock que aún llegan a usarse, a fin de que el enfermo se doblegue y vaya perdiendo ímpetu y emotividad.
Pinel logró liberar  a los insensatos de las cadenas y la animalidad en el siglo XVIII, lo que quizá no contempló Pinel,  es que los  liberaría de las cadenas pero no los sacaría fuera de la prisión  llamada  manicomio. Junto con un grupo de pensadores médicos del siglo XIX entre los que se cuenta su alumno Esquirol, constituye un pensamiento radical  que marca  los principios metodológicos de una tradición de la que no nos hemos desprendido, los locos siguieron atados de otras maneras más sutiles y más difíciles de detectar, porque supuestamente todas las medidas se hacen en beneficio de ellos.
Heredero de una tradición nominalista, consideraba que el conocimiento es un proceso que se asienta en la observación empírica, la cual  da cuenta de  la realidad, más que constituirla. Por lo que deberá  agrupar, y clasificar en función de analogías y diferencias los fenómenos observables. Así,  constituirá clases, géneros y especies. Ese gesto de observar y clasificar síntomas, desembocará  en una nosografía.  Un saber supuestamente preciso, pero a final de cuentas, limitado sobre los fenómenos observables. Condición que dará a la locura una consideración histórica de un “espíritu de orden” empírico y aplicado al desorden de la insanía mental. Donde la observación pura  será  la finalidad última del conocimiento y a veces, de la cura misma.
El tratamiento moral de la locura  será el legado de  Pinel, por lo que  el loco  se encontrará siempre en deuda con el psiquiatra  y desde la primera mirada, veremos que  el médico siempre  tendrá una posición privilegiada de poder. Así vamos a percibir a un psiquiatra distante que solo  observará al paciente  como un objeto de estudio.
El médico tendrá su oficina aparte. Jamás entrará a los pabellones y desde su torre en alto, observará la vida de los pacientes e impondrá su autoridad paternal proponiéndose como imago superyoica,  que se impondrá al loco – debe ser “modelo” así lo refiere Pinel en su Tratado medico filosófico – para evaluar su inclusión o exclusión  social. Pero el resultado final debe ser hacer un sujeto conforme a las reglas, a  partir del ejercicio de normalizar.
Así el legado de Pinel será el tratamiento moral que privilegiará la mirada ante la escucha; aquél que obliga a los colaboradores del hospital a tratar al enfermo como un niño, que será favorecido con horas elaborando piñatas o manualidades, haciendo rompecabezas, viendo películas infantiles o la serie completa de Cantinflas, suministrándole las horas de televisión, poniéndolo a hacer calistenia, condicionándoles las visitas o salidas del hospital; imponiéndole  una conciencia de enfermedad que no es otra cosa que de inferioridad y sumisión. Cuando el loco asume que está enfermo y  que el manicomio es su espacio de pertenencia que no puede evitar,  cuando sabe que debe cargar con una enfermedad que trae consigo como estigma de por vida, se asume que ha llegado la cura y es ahí cuando podrá ser dado de alta. El sistema ha triunfado doblegando la voluntad humana y la particularidad del internado.
Tras un interrogatorio inútil donde a través de diferentes pruebas, se va a evaluar objetivamente la memoria a corto plazo, el transcurso del pensamiento, las semejanzas y diferencias en refranes u objetos, así como el nivel de insight, el tan previsible carácter iatrogénico y supresivo  de la psiquiatría se hace manifiesto.
El  alienado no será considerado más que un desecho social o un infectado, como antes lo era el leproso. El hospital es una cárcel y los profesionales de “salud mental” (psicólogos, camilleros, trabajadores sociales, talleristas, psiquiatras, enfermeros, cuidadores y vigilantes), son más que alienistas: custodios  judiciales.  El empleado más valorado, será aquel, que como en el circo, sea el mejor adiestrador y el que más animales amaestrados acumule; aquellos que cómo la haría la enfermera Ratched (One flew over the Cokoo’s nest, 1975), vendan su vida al hospital y como perros fieles se convierta en los ojos de la mirada  de la institución. 
La locura y la cordura será una línea gruesa, trazada con gis borroso entre empleados e internados. Pues: ¿Cómo pensar que el médico, la enfermera o el policía, no posean una patología que les permite ignorar, desdeñar  y aplastar al otro? Conozco el caso del un reputado psiquiatra de cierto hospital psiquiátrico que abofeteó a un paciente por las cosas que le decía.
La respuesta no es fácil y la insumisión al poder no puede ser el único criterio de salud, tampoco lo puede ser el dañarse a sí mismo o los otros. Respuestas acabadas no hay éstos hechos complejos, pues la locura “es un acontecimiento social y no de individuos aislados” como nos lo dijo alguna vez,  Juan Carlos Plá.
Durante mi experiencia profesional en hospitales psiquiátricos, fui testigo de los abusos que se  vive en ese encierro, observé que la salud mental en nuestro país es un tema que no ocupa ni interesa a nuestras autoridades, que la mayoría del presupuesto va encaminado a otras áreas como la epidemiología, las adicciones,  la llamada “salud pública” o  programas que ni siquiera están  vigentes pero que suenan bien en términos políticos.
Asimismo, que nuestra profesión de psicólogos, se basa en convertirnos en fieles auxiliares de la psiquiatría, reduciéndonos a la clinimetría, psicometría y estadigrafía que conceden al número un valor de verdad mágica, de hecho fehaciente sin cuestionamiento. La cura se basa en una terapia sintomática donde se privilegiara a la cantidad y no la cualidad, dónde importara cubrir con  números una cuota asalariada similar a la de producción en una fábrica de zapatos o chocolates,  en lugar de responder a necesidades de una comunidad y un sujeto sufriente donde su padecimiento pediría más bien la comprensión y la búsqueda de un sentido.
Me tocó ver cómo los pacientes sacan comida de la basura,  Que su dignidad y voluntad es pisoteada. Vi pacientes deambular descalzos, sin ropa interior o toallas sanitarias. Observé su vida transcurrir entre el hacinamiento y la pobreza social en reclusión. La imposición es la que rige siempre la cura y  aquellos que reniegan de la autoridad,  deberán de ser sometidos a un dominio de poder que poco a poco irá desgastando su físico, su integridad moral y mental. La locura será sinónimo de pecado y el encierro es el Infierno merecido para vivir el resto de su vida como si fuese la eternidad después de la muerte. Los pacientes serán  abandonados por la familia y la sociedad, en un  sistema carcelario que poco a poco lograra   asesinar, desintegrar  su alma.
La tarea del  manicomio enajena al sujeto sufriente, haciéndolo inútil y seriado, perteneciente a una empresa cara e improductiva que lo conduce a la cronicidad.  La relación saber-poder estará íntimamente ligada entre el aparato judicial y el manicomio. Es un mundo desolado, dónde el enfermo mental yace en el encierro, expuesto a toda suerte de abusos, sometido al poder de un saber médico omnipotente, que se ha dado en llamar psiquiatría. La institución reglada requiere de un individuo disciplinado por lo que será necesario normalizarlo, evaluarlo, codificarlo,  y  observarlo
Todos los instrumentos  son armas para la opresión del loco y  su historia, la locura estará, por otro lado, ligada a un horizonte de pobreza, la improductividad, la inadaptación social, se ha convertido  en un problema moral, de dimensiones éticas. Confinado bajo una actitud distintiva de indiferencia que solo será reglada por etiquetas, el loco desfallece.
El psicoanálisis ha tenido avances importantes a la fecha, pues desde el inicio Freud ha dado un papel importante  a la infancia, la imaginación, la historia y palabra del sujeto, lo que ha venido a abrir una esperanza a aquellos que solo han sido abordados desde una perspectiva organicista. La clínica psiquiátrica ha olvidado que el fin de la cura es restituir al hombre sufriente a su cualidad de sujeto: dueño de su palabra y de su historia. El interés que tiene Freud desde los inicios y  su ruptura que tiene  con la simple  anatomía en  el Proyecto de una psicología para neurólogos nos invita a  mirar a cada caso como producto de una historia particular, familiar, de un entretejido de tres o más generaciones. Cómo un sujeto dueño de su historia y su decir, con plenos derechos que se encuentra agobiado por el sufrimiento pero también puede acceder a la palabra.  El delirio, en el cual vemos el producto de la enfermedad, es en realidad una tentativa de curación;  la locura seria una reconstrucción fallida. Una alternativa sufriente a una realidad a la cual, el loco ha intentado escapar. La tarea del los terapeutas debería ser escuchar y atender ese dolor añejo que no debiera causar, miedo, angustia, asco, desesperación o  ansias de imposición. 
El asilo reduce las diferencias, reprime los vicios y borra las irregularidades. Castigará todo aquello que se oponga a las virtudes esenciales de la sociedad: la inmoralidad, la extrema perversidad de las costumbres, la ebriedad o la galantería indiscriminada, la incoherencia, la pereza, el satirismo, y la masturbación excesiva. A estos males, se agregará posteriormente, el intento de suicidio, la prostitución y la homosexualidad. Estas son las figuras por excelencia de la sin razón y se relacionan con la figura de la decadencia social que más tarde será substituida por la depravación.
Con Foucault entendemos que “enfermedad mental” y “locura”, son dos configuraciones diferentes que, desde el siglo XVII hasta ahora, se han reunido y confundido una con otra.
Aunque la medicina y en concreto la psiquiatría, intente quitar las aristas más aterradoras a la insania mental reduciéndola a una trastorno biológico, genético, neurológico, a desequilibrios electroquímicos del sistema nervioso, el halo poético lírico en torno a la enfermedad persistirá, porque en ella hay también algo irreducible al dominio de la razón y que anticipa el vacío de la muerte.
Ciertos procedimientos médicos radicales como la lobotomía de Freeman, la hidroterapia con agua fría, y hasta los electroshocks, están más cerca de la terrible Inquisición que de un verdadero sentido terapéutico.
Michel Foucault en particular, es muy severo en su análisis del poder psiquiátrico, nos referimos a su curso de 1973 – 74 y al seminario de 1974 – 75 sobre Los Anormales en el contexto de sus obligaciones del Collège du France, allí hace patente la relación entre espacio asilar y orden disciplinario. La internación y la asistencia, los informes sobre el alienado son modos de control social que no disimulan su relación con una matriz jurídico - política específica surgida de la razón occidental, y no sólo del capitalismo. Debemos recordar, en este sentido, que la disidencia política y la homosexualidad fueron motivos de encierro psiquiátrico y persecución en la, hasta hace poco desaparecida, Unión Soviética.
En el mundo médico, la hipnosis, el tratamiento moral, la sugestión, han sido substituidos por los antidepresivos, los antipsicóticos (no se trata de negar la importancia de medicar adecuadamente a los pacientes, pero se hace hasta el exceso) y toda la farmacopea mágica que intenta borrar la incoherencia y el afecto desordenado del sujeto, a esto se le llama progreso. 
El paso del psicoanálisis por la psiquiatría ha querido ser borrado en nuestro país, y en otros contextos culturales, vivimos en la época del café instantáneo, de la fast food y de la prét a porter. Por tanto se esperan resultados rápidos: ¿Me aqueja el insomnio? Pues tengo a mano el Lozopil ¿Me abandona la mujer que quiero? Para no deprimirme ingiero Prozac ¿Mi hijo tiene el tan mentado y cuestionado Déficit de atención e hiperactividad? Debe tomar Catapres. Las causas de todos éstos síndromes no se cuestionan para nada. El resultado triste es la creación de zombies dependientes de su medicación, el tratamiento en este caso se convierte en rito sacrificial y expiación de la culpa de terceros.
En este sentido, establecer los límites claros entre cordura y locura es un intento finalmente destinado al fracaso, puesto que el loco y el cuerdo nunca terminan por separarse. La locura forma parte del mundo moderno y consiste en un núcleo irreducible, el corazón de la naturaleza humana.
Después de todo, muchos  somos juzgados, condenados, clasificados, obligados a competir, destinados a vivir de un cierto modo o a morir en función de unos discursos verdaderos que conllevan efectos específicos de poder, y quizá   deberíamos intentar, como el loco lo intenta, rasgar nuestras ataduras y sujeciones; emanciparnos, ser autónomos, soberanos de nuestra propia existencia, son sueños que no siempre cumplimos, nos gusta lamer la coyunda cuando estamos acomodados a las circunstancias.



jueves, 13 de agosto de 2015

Introducción al Psicoanálisis Bibliografía.

Se trata de copias privadas de los textos, exclusivamente para uso educacional. Queda prohibida la venta, comercialización o distribución. Si usted puede financiar el libro le recomendamos que lo compre en la librería o en todo caso lo busque en su biblioteca pública. No se obtiene con este enlace ningún tipo de beneficio económico. Si las leyes de su país prohíben este tipo de préstamo, absténgase de usar esta biblioteca virtual (Para lectura solamente y no para uso indiscriminado, descarga o impresión).

lunes, 20 de julio de 2015

Dos videos acerca de Lacan. Un documental de Gérard Miller y un Testimonio de su clínica.





En estos dos videos se hace sentir la presencia de la transferencia de los alumnos y conocidos cercanos de Lacan. Es importante verlos de manera crítica, sin fanatismos ni adoraciones, simplemente como parte de un relato que aún no se ha escrito definitivamente y un capítulo más de la historia del psicoanálisis. Llama la atención que ante la caída de la ideología marxista se busquen nuevos credos de manera tan apasionada. 

miércoles, 17 de junio de 2015

ARCHIVO MICHEL FOUCAULT

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sábado, 30 de mayo de 2015

Foucault para principiantes. Copia de estudio no para fines lucrativos.

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martes, 14 de abril de 2015

Fort apache (1948) de John Ford o la pasión por el Western. Comentario de Julio Ortega para el Cineclub CPM / CARTAPSI XALAPA.




Para Fabrizio Prada.

Él era el hombre que vino hacia 
nosotros desde el Valle deslumbrante
del Levante, y una vez que terminó
su trabajo, tomó su caballo y se fue.

Shane de Jacques Shaefer (Final novela).

La función de un cineclub es el educar al espectador, proveer de materiales difíciles de encontrar, seleccionar filmes que han hecho historia y dotar al asistente de elementos que puedan hacerle de un criterio para degustar después las películas de acuerdo a su importancia, temáticas, e historia. Para poder distinguir entre un Merlot y un Cabernet Sauvignon hay que probar muchos vinos, independientemente de la calidad de cada uno de éstos, y después vendrá el gusto y la diferenciación de los sabores.
En el caso de este ciclo dedicado al género Western, quise ofrecer a nuestro público el acercarse al único género creado por el cinematógrafo que no es heredero ni del teatro ni de la literatura tradicional, ni de la música y que ha servido como base para crear el género de acción y aventuras, del que nosotros vemos como resultado hoy: Mad Max, la misma Matrix, la Guerra de las Galaxias, Rápidos y furiosos con todas las secuelas consecuentes. Sí tiene, a decir verdad, una ligazón con la literatura caballeresca pero los valores de la cinta norteamericana, son muy diferentes que los de los clásicos literarios europeos como El Cid o Ivanhoe, porque la figura aquí no es un héroe que defiende al rey o al imperio a costa de su propio bienestar, no se trata de la defensa de ideales, sino que el  protagonista de la película de vaqueros, trata de abrirse camino frente al peligro y triunfa para sí mismo o para la comunidad, pero siempre con un dejo inexcusable de individualidad y de soledad al enfrentar al destino, obteniendo además ganancias materiales concretas.
Sí podríamos mencionar que también hay similitudes con la literatura Ronin o las historias de samuráis, pero no creo que pueda rastrearse un hilo de influencia de esta tradición sobre el cine inicial de western’s. Si existen semejanzas, aún no hay una contestación sobre el origen de ellas. Porque los primeros directores y guionistas de películas del Oeste en Hollywood, no parecen haber tenido un contacto marcado con esta poética. Sí en cambio, Los 7 Samurais de Kurosawa, adoptó mucho del lenguaje cinematográfico de los western's.
Pero considerando con calma, sí hay una literatura ligada al Western, pero que no fue apreciada - del todo-  durante mucho tiempo como una gran literatura y ejemplos de ésta son: Los Pioneros (1823), El Último de los mohicanos (1826) y La Pradera (1827) de J. F.  Cooper, pero éstas novelas no reflejan las narrativas típicas del western.
La primera novela que se considera de Western clásico es El Virginiano (1902) de Owen Wister que visitó el Oeste para inspirarse adecuadamente y realizar su trabajo. Y también están novelas como Log of a Cowboy (1903) de Andy Adams (cowboy y scout) y Eugene M. Rhodes escribió Bransford in Arcadia (1914).
Novelas de mérito literario son The Ox-Bow Incident (1940) de Walter van Tilburg Clark, The Big Sky  (1947) de AB Guthrie, y  Shane (1949) de Jack Schaefer,  que se convirtieron todas ellas en filmes legendarios de mucho éxito.
El escritor alemán Karl May popularizó el género en Europa contando historias sobre indios que aparecieron alrededor de 1890; Stephen Crane publicó una memorable novela cómic con una historia intitulada The Bride comes to Yellow Sky (1898).
El máximo interés por estas novelas vino en los 50s y 60s, dónde hubo un gran número de series de vaqueros en televisión. En este momento los escritores Ray Hogan, Luke Short, Lash Larue, y Louis L'amour cosecharon muchos éxitos. 
El protagonista es, por otro lado, la figura metaforizada del héroe solitario e individual del capitalismo que con decisión, fuerza y voluntad puede vencer la adversidad para encontrar bienestar o felicidad. La fiebre del oro, la conquista del territorio, el viaje hacia lo desconocido que lleva la colonización, el enfrentamiento con los indios y la lucha con los bandidos, son notas de una sinfonía general que lleva por nombre: violencia. Incluso diríamos que la ética protestante que para Max Weber constituye la base del capitalismo, no es la lógica que le mueve y queda dejada atrás, porque el vaquero busca con frecuencia la venganza, rompe los límites, no desea la paz sino busca la pasión y el ímpetu del terror.
El período histórico en el que transcurre la típica cinta del Oeste es el siglo XIX y la geografía es precisamente el territorio bronco, no conquistado de Nuevo México, Arizona, Texas, Kansas, Nevada, Oregon, digamos que es un Oeste muy flexible en términos geográficos, pero que suministra las imágenes de colonización de Norteamérica que incluyen siempre paisajes inmensos, héroes, bandoleros, asesinos y la horda de habitantes originales – los indios –, que aparecen como primitivos, locos, y peligrosos. 
La primera cinta reconocida del género, es The Great Train Robbery (1903) de Edwin S. Porter, que causó gran impresión por su escenas coloreadas y una toma en la que el villano dispara hacia la cámara, lo que se traduce en un tiro al público que asustó al ingenuo espectador de inicios del siglo XX. También hay que reconocer que el Western es un producto básico de valores elementales que es dirigido, en principio, a un espectador no muy avezado en ambigüedades. 
Es también la invención de una tradición histórica de un pueblo reciente, que se funda apenas a finales del siglo XVIII, a partir del enfrentamiento de los colonos con la monarquía inglesa por los injustos y desmedidos impuestos que intenta imponer la corona. A falta de una historia milenaria y documentada, ésta tiene que inventarse, y qué mejor base que la conquista del Oeste para narrar la fortaleza de un pueblo, y la defensa de la tenacidad sobre cualquier otro valor moral sin importar muchas veces las consecuencias. Frente a la crudeza del viento y el frío, el terror y la impiedad de los hombres brutos, el héroe del western siempre sale adelante, a veces incólume, otras herido, y hasta muerto, pero siempre triunfador. La figura del malhechor que se regenera en un acto último o que toma decisiones en contra de su naturaleza y a favor de la gente buena es muy apreciada. 
El héroe típico del Oeste es un vaquero que siempre va a armado y sabe usar su pistola o su rifle (evidente símbolo fálico de poder) de manera pulcra y eficiente ante el peligro. Tiene cierta pureza en su porte, que incluye el sentido del honor, la amistad y la justicia, que no siempre coincide con el código moral establecido por la Ley.
No es un hombre de muchas palabras sino más bien de acciones y el caballo más que una mascota es un acompañante fiel, en cierto modo el substituto del ayudante del Quijote, Sancho Panza se ha convertido en Silver o Belleza Negra, pero con más inteligencia y fidelidad que el escudero. Es más dócil, más fiel y más entrañable el animal que el prójimo, del cuál siempre tendría uno razones para desconfiar.
Un rasgo que siempre estará presente en las historias del Oeste, el individuo tiene que luchar con un enemigo que en apariencia es superior. La premisa de arranque es que parezca en desventaja respecto a su oponente, eso plantea la tensión de si podrá con su tarea, con el encargo que ha puesto Dios sobre él. Esa parece también una característica distintiva del género.
Esta confrontación no es sólo física sino psicológica. No importa si es un animal, un malhechor, o una banda de delincuentes, una tribu de indios, hay siempre de por medio una épica que va tejiendo una trama que ha de desembocar en un final sangriento. Se trata de matar o morir, es la repetición de la Ilíada modificada según el deseo de la ciudad: Héctor enfrentado a Aquiles, pero buscando un final feliz que salve a Troya.
El western empezó realizándose en el estudio, hasta que los directores se dieron cuenta de que podrían sacar ventaja en los exteriores de la ambientación, y empezó a rodarse generalmente fuera del estudio, mostrando paisajes extraordinarios, dónde  las locaciones en la salvaje y bella América, son parte integral de la historia misma. Y aunque los ideales tradicionales han ido variando hacia un tono más reflexivo y obscuro, más crítico hacia los personajes tradicionales; lo que aparece siempre como constante aún en los antihéroes, es un sentido de búsqueda de la aventura y de falta de miedo al peligro. El alcohol también es otro elemento importante pues el vaquero siempre adora el whisky  a veces más que a las mujeres y se enorgullece de poderlo tolerar en grandes cantidades. Curiosa cualidad en un héroe que implica la pérdida de la conciencia y la locura, conducta que por otro lado, fue prohibida y perseguida por muchos años en los EUA.
Este género fue tan importante en Hollywood que prácticamente todos los cineastas importantes lo exploraron y creó también directores, actores casi exclusivamente dedicados al género como John Ford que es el más reconocido director del tema y actores como Van Heflin, John Wayne, Randolph Scott, etc. y después llevó a subgéneros como el el comic western (La Generala  1926, de Buster Keaton; La Quimera del oro 1925, de Chaplin) o el spaghetti western cuyo mejor director fue Sergio Leone que llevó al estrellado a Clint Eastwood (aunque el cineasta Sergio Corbucci es muy conocido por haber introducido al personaje Django protagonizado entonces por Franco Nero y que después será retomado por Tarantino y el japonés Takashi Miike para hacer sus propias versiones) y que ilustraban que la lección de los grandes fue asimilada en otras geografías, no sin cierto dejo de ironía y burla.
Fort Apache fue dirigida en 1948 por John Ford, que es considerado uno de los grandes inventores del lenguaje cinematográfico. Es un hombre que como otros de su generación, estuvo ligado a la historia imperialista de su país y fue marino, también militar, lo que se dice un patriota, y colaboró no sólo con el ejército durante la segunda guerra mundial, sino también en la guerra de Corea y de Vietnam.
Parece que el oficio lo aprendió de D.W. Griffith trabajando como extra en El nacimiento de una nación y de ahí filmó de 1917 a 1924 películas mudas comerciales para la Fox y Universal que resultan ser muy rentables. Pero su primera mayor producción es The Iron Horse (1924) que narra en tono de epopeya la construcción del Tren Transcontinental de las compañías Union Pacific y Central Pacific entre 1863 y 1869.
Ford fue de los directores que resistieron el paso del cine mudo al cine sonoro. Años después le contaba a otro director, Peter Bogdanovich cómo las productoras intentaron despedir con la llegada del sonido a los film makers, para contratar directores teatrales, con el consecuente fracaso de los segundos.
El trabajo de Ford es bien conocido, apreciado por Ingmar Bergman, Orson Welles y puede parecer ahora hasta aburrido en su forma, la película Fort Apache es larga y tiene un montón de lugares comunes que hoy nos son difíciles de apreciar como elementos de análisis.
En primer lugar, debemos destacar que se presentan en este filme elementos que ya habíamos destacado como indispensables: Fort Apache se haya en la tierra de nadie lejos de toda civilización y en medio de un desierto implacable que no se sabe por qué razón despierta la ambición de los hombres, cómo no sea por la misma tierra y el espacio geográfico, con miras al futuro desarrollo industrial y comercial.
Pero llama la atención la trama. Es la historia de un veterano de la Guerra (Henry Fonda) que viaja con su hija (Shirley Temple que había hecho antes carrera como estrella infantil), a un lugar fuera de la civilización que ha sido poblado por los blancos invadiendo el territorio apache chiricaua.
Anexado por los Estados Unidos tras de su guerra con México en 1847, este territorio se conserva con cierta calma hasta que un grupo de apaches ataca a un colono, llevándose a su hijo. Es entonces que el jefe Cochise, que aparece en nuestra película, es erróneamente culpado del crimen y celado en una trampa para ser apresado y castigado, sobrevive y huye a la estafa del ejército de los Estados Unidos, iniciándose una guerra entre soldados y apaches que durará casi diez años, siendo Gerónimo el jefe de los apaches que le sucederá. Y que conocen ustedes porque ha legado su nombre como grito de batalla a todas las acciones heroicas: Gerónimo!!!
Este incidente histórico, combinado con la suerte del general Custer que fue muerto junto con sus hombres en la batalla de Little Bighorn en 1876, son los expedientes de la historia que nosotros vemos en la película, transformado por el guión de Nugent y Bellah que toma como asiento una historia del segundo llamada Masacre y a la que seguro, cómo todos los directores de la época, le metió mano Ford. Es una época curiosa la de la realización del filme, pues es justo 1948, cuándo la Guerra Fría está en sus inicios y la búsqueda de enemigos comunistas está en boga en los EUA, el guión por su parte no deja de acusar estos problemas, operar como declaración política disfrazada (en la que los indios podrían ser una metáfora de los supuestos comunistas perseguidos) y no es casual que haya sido la última película durante un tiempo de Henry Fonda acusado de tener simpatías en la izquierda y puesto en la lista negra.
También tiene su interés por la manera en que está hecha porque se usó fotografía infrarroja para destacar las escenas de día en el desierto y contrastar el cielo, dando más efectividad a las tomas del blanco y negro. En la película los indios que aparecen son auténticos y no son apaches, sino navajos. Y para nuestro gusto y curiosidad aparece en uno de los roles principales el actor Pedro Armendáriz sr. que desarrollará una carrera cinematográfica paralela exitosa en los EUA y en México,  hasta que contraerá un cáncer en 1955 que desembocará en su suicidio, tras de filmar en el desierto de Utah Gengis Khan, una película que causó la muerte de otras 90 personas por haber sido realizada en un terreno contaminado por la explosión de bombas nucleares y sin aviso de las autoridades por considerar secreta la información de las pruebas allí realizadas.
Nos importa el guión por mostrarnos a un Teniente coronel Owen Thursday ambicioso, intolerante, cuidadoso de las formas y que desprecia a los indios creyendo que puede engañarlos, faltar a su palabra, porque son inferiores, casi animales y no merecen respeto. Sus subordinados como el Capitán Kirby (John Wayne) le advierten de sus errores pero él es necio y perseverante, un vaquero al fin que no quiere ni ceder a su hija al hombre que ella ama y le conviene. Precisamente los rasgos que hacen a un buen cowboy y más a un militar de caballería que no puede dudar de lo que piensa en ningún momento. Fortaleza, frialdad, necedad y valentía, son los rasgos de este tipo de personajes. Incluso comprende que el dueño de la tienda de abastecimientos hace trampa, lucra indebidamente con los apaches, pero aún así decide al final defender sus intereses, simplemente porque representa al Gobierno de los EUA.
Ese camino le lleva así a su muerte, condena a sus hombres y a sí mismo, a ser exterminados por unos indios que tienen la razón en todo lo que plantean, son honorables y sostienen su palabra a diferencia de los blancos. Si matan a los soldados es en defensa propia y cumpliendo con su palabra de advertencia. Son más civilizados que los norteamericanos, han sufrido el despojo de sus tierras y sin embargo quieren vivir en paz, pero se niegan a ser encerrados en reservaciones cómo sucedió al final de la triste historia de las Guerras Indias. La película nos ofrece no la imagen del indio salvaje; sino la de un hombre más civilizado que el del mismo soldado de caballería.
No faltan escenas de acción, montajes, campos – contracampos, que hacen un montaje racional excitante de planos yuxtapuestos que enfrenta a la caballería con los indios en las batallas, subiendo la tensión psicológica siempre hasta el punto de llevar a la máxima emoción al espectador. Las escenas de acción todavía son efectivas y emocionan al cinéfilo.
El comandante está equivocado en todas las decisiones que toma, su juicio es incorrecto y sin embargo, persiste en sus errores. Es un héroe sacado de las tragedias de Esquilo que tiene que afrontar la desgracia de sus decisiones y su destino.  Sin embargo, al final de la película John Wayne lo defiende y muestra una imagen pública a los periodistas de un hombre cabal y un héroe, alguien que no cometió errores ¿Cómo puede entenderse esta contradicción? Vimos a John Wayne oponerse a él durante casi toda la película. Ahora está muerto y él representa no sólo su figura sino la imagen del ejército de los EUA, y debe ser defendido, elogiado, embellecido sin importar la verdad.
El western es un género en decadencia que ha venido perdiendo interés del público, con el tiempo las mujeres abandonaron su papel de objeto pasivo y de simple premio para los ganadores. Los códigos morales tradicionales han ido cambiando, volviéndose más complejos, con una lógica menos simple que no es de blancos y negros. Los western's producidos en los últimos 40 años no se acomodan a los mitos literarios o cinematográficos convencionales brindándonos nuevas perspectivas, el autor no confía ya en la ingenuidad del espectador y es más crítico hacia su propia obra, una muestra maravillosa de la evolución del género es la extraordinaria cinta The Unforgiven (1992) de Clint Eastwood que cerrará nuestro actual ciclo de cine.

Bibliografía:
Carter David. The Western. Kamera Books, England 2008.