miércoles, 9 de enero de 2013

Pi. (El orden del caos). Darren Aronofsky. USA 1998.


Pi. (El orden del caos). Darren Aronofsky. USA 1998. 85 min. Blanco y negro.

A Patricia Robles.

JULIO ORTEGA BOBADILLA.


La extraordinaria y complicada película Pi es la opera prima ¾ denominación que se da a los debuts fílmicos ¾  de Darren Aronofsky, quien a los veintinueve años y con el apoyo de escasos 60 mil dólares para su producción recopilados en bonos de 100 dólares entre amigos y conocidos, realizó un filme de 16 mm. en blanco y negro, que sacudió uno de los foros de cine experimental, más  apreciados en el mundo: el Sundance Festival. Es la demostración de que con recursos limitados pero con imaginación y talento, se puede levantar un proyecto trascendente. El gran Jurado le otorgó el premio como la mejor película ese mismo año, y gracias a ese éxito se sentaron las bases, para que la productora Artisan Entertainment se forjase una fama que le permitió después patrocinar una película extraña y atrevidamente descuidada que aún divide los gustos de los cinéfilos: La Bruja de Blair (1999).
Conocemos hoy a Aronofsky por otras magníficas películas como Réquiem por un sueño (2000), El luchador (2008) y El cisne negro (2010), que tienen la virtud de reflejar la vida de seres atormentados por sus sueños e ideales.
Sean Gullette (también conocido como productor y director) interpreta con talento a Max Cohen, un brillante matemático que habría realizado su primera publicación científica a los 16 años y su doctorado a los 20, pero que vive de manera infrahumana en un apartamentucho protegido por seis cerraduras, similar por dentro, al intestino grueso de una computadora gigante.
La obra maestra, difícil de  clasificar, podría ser descrita como una película experimental de ciencia ficción, mezclada con novela negra, y cargada de elementos de crítica social y filosófica. Mezclados en el crisol del drama psicológico, estos elementos, producen una tragedia surrealista de contenido extraño y fascinante.
No es fácil hablar de este film, sin reducir al absurdo la gama de temáticas que abarcan un sinnúmero de relaciones simbólicas que podrían analizarse desde diferentes  perspectivas. La lógica de borde, liminar como diría Barthes, atraviesa todo el film y nos habla de distintas significaciones posibles que coexisten a un tiempo y muestran al espectador que la realidad no tiene una sola cara.
Nuestro personaje de tintes kafkianos, cuando no está en el piso atormentado de muerte por espantosos dolores de cabeza o jugando Go con su jubilado maestro Sol Robeson (Mark Margolis), piensa que la realidad puede ser entendida en términos matemáticos e intenta buscar en su diversidad patrones, que puedan hablar de una cierta regularidad en lo que aparece a simple vista como un todo desorganizado.
Es un hombre solitario, atormentado por cefaleas desde niño, y que toma innumerables píldoras para reducir sus martirios. Su sistema es completamente pitagórico y asume que 1) Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza 2) Todo lo que rodea al hombre puede ser representado y entendido según el lenguaje de las matemáticas 3) Si se grafica cualquier fenómeno, surgen claves que permiten afirmar que hay una regularidad en la naturaleza.
Pitágoras pensaba que había descubierto la clave del enigma del universo al observar lo que él pensó era una armonía de la naturaleza con las razones numéricas. De hecho el número Pi, ocasionó graves trastornos a su concepción del mundo y obligó a su escuela a ocultar su descubrimiento ante su tiempo, temiendo que se generaran conclusiones adversas a su filosofía.
El nombre de su monstruo de cables de nombre Euclides, sugiere la obsesividad del protagonista ocupado en cierto tipo de investigación matemática que realmente existe y ha tenido sus mayores éxitos en fenómenos más o menos simples, pero que no ha podido extender sus conclusiones sobre el llamado “efecto mariposa” más allá de la especulación imprudente.  La película hecha poco antes de las computadoras tal  y cómo ahora las conocemos, nos muestra un enorme y complicado artefacto que quizá hoy sería substituible por una MacBook Pro.
La búsqueda de orden en la naturaleza ha sido una de las pretensiones más apremiantes del hombre ante eso que Lacan denominó con el registro de lo Real y que en la filosofía  tiene un nombre propio concebido por el genial filósofo de Koënisberg, Inmmanuel Kant: el nóumeno.
La búsqueda de un orden de las cosas es una tendencia de buscar regularidades en la naturaleza, que adoptará la forma de la mathesis en el siglo XVI y que reducirá las cosas a una medida o a una fórmula que da cuenta de lo complejo a través de una síntesis que puede transmitirse en forma sencilla. El saber, se nutre de la constitución de una lengua pasible de perfección que toma como modelo la combinatoria, es así como se crea el enfoque de Leibniz  y el cálculo de Condillac.
Paralelamente a estas investigaciones, se crearán los diccionarios, conjuntos de representaciones que pueden ser correlacionadas entre sí. El hombre habla, clasifica, intercambia, tratando de encontrar una coherencia perfecta a su mundo. El lenguaje se convertirá en un medio de análisis que constituye diversos discursos según reglas, y cuya función es establecer un orden sucesivo en la simultaneidad de la experiencia. La pretensión sería establecer una gramática general independiente de toda historia  y de toda lengua, nos dice Foucault en Las palabras y las cosas, un “estudio del orden verbal en su relación con la simultaneidad que está encargada de representar”. El fundamento de todas las proposiciones se basa en un verbo: Ser.
En torno a él ¾ también nos señala Foucault ¾ se articularán las cosas por nombre y adjetivo, formando un “cuadrilátero del lenguaje” (proposición, articulación, designación y derivación) cuyo fin es “atribuir un ser a las cosas y nombrar su ser en este nombre”.
El orden en la naturaleza  y el orden en las riquezas tendrán, luego para la experiencia clásica, el mismo modo de ser que el orden de las representaciones tal como es manifestado por las palabras; y además las palabras formarán un sistema de signos privilegiado, que intentará hacer aparecer el orden de las cosas, para que la historia  natural, si está bien hecha, y para que la moneda, si está bien regulada, funcionen a la manera del lenguaje. Lo que el álgebra es con respecto de la mathesis, lo son los signos y, en particular las palabras con respecto a la taxonomía: constitución y manifestación evidente del orden de las cosas.

Sin embargo, el panorama empírico de la Modernidad traerá como consecuencia un discurso en el que el lenguaje se dispersa. La representación no será más que un efecto de superficie atribuible al hombre. El orden pertenece ahora a las cosas mismas y a su ley interior, este movimiento da lugar a filosofías “materialistas” que rehúyen cualquier soporte metafísico. Se rompe, en este momento, la posibilidad de una mathesis universal.

Aún así, el hombre es reacio a renunciar a aceptar el fracaso del determinismo absoluto y la no existencia de un orden definitivo de todas las cosas, todavía en 1908, el matemático francés Henri Poincaré partiendo del esquema laplaceano, ensayó con sistemas matemáticos no lineales, habiendo llegado a ciertas conclusiones que, son un antecedente histórico y conceptual de la teoría del caos.
El mismo Lacan en la última etapa de su vida, se obsesionó con la obtención de mathemas y modelos de representación que fuesen incluso más allá de la simple representación, por más absurdo que parezca. 

Pero precisamente la incapacidad del hombre para pronosticar en forma exacta los acontecimientos, y dar cuenta exacta del mundo que le rodea, conduce a una crisis de la representación. Así, la cultura europea desplazará su interés de las identidades, a fuerzas ocultas referidas a una determinada sustancia que atenderá a razones como el origen, la causalidad y la historia. Se constituirán tres modos de saber que fundan a su vez tres disciplinas: la biología, la economía fundada sobre la producción, y la filología. Términos como “posibilidades del Ser”, son reemplazados por: “condiciones  de vida”. Toda esta historia de la búsqueda de un saber es la que funda nuestra modernidad y el enfoque empírico de las ciencias tal y cómo lo conocemos de la manera más positivista y tradicional.
El problema en el fondo, es la determinación de si todos los fenómenos del mundo están concatenados ó algunas cosas suceden al azar, problema que atormenta a científicos y filósofos desde Pitágoras hasta Heisenberg.
Lo cierto es que el determinismo absoluto se encuentra en crisis en la ciencia, la filosofía y las ciencias sociales desde hace tiempo, pero la ideología en contra del azar, está muy presente en la vida cotidiana en dónde nosotros los hombres sencillos, nos queremos saber cobijados por un orden creado y sostenido por un Dios justo, equilibrado, un buen padre que nos cuide frente a las adversidades de la vida. Una creencia que está presente en todos nosotros, querámoslo o no, pues hasta el más ateo reza en o le nombra en momentos de enfermedad, dolor o tribulaciones.
En el filme, la pasión del protagonista por los números le hace tener un contacto erótico con su máquina que incluso parece hablarle, al punto que, en su perversión sexual prefiere el trato con cables y chips al de su simpática vecinita hindú, quien estaría dispuesta a ofrecerle una revisión exhaustiva de su hardware sin mayores problemas.
Lamentablemente, Max prefiere las máquinas y las relaciones numéricas a las personas, ni siquiera da uso a su habilidad para procurarse una vida mejor fuera del Barrio Chino neoyorkino.
Se comporta en lo cotidiano como si odiara la vida, por no ajustarse del todo, a la exactitud de los cálculos que pueden hacerse a través de una máquina. Como una curiosidad les indico que el número que él busca de 216 dígitos, en la película no aparece, pues lo que se muestra es una imagen de 218 dígitos.
Su alter ego Euclides se quema al tratar de encontrar una secuencia de números relacionados con “un patrón” de los movimientos de la Bolsa. Sus estudios no pasan inadvertidos para un grupo de ambiciosos corredores que sin ningún freno moral buscan su beneficio y lo acosan para que les proporcione datos para controlar el mercado.
Otro grupo, esta vez de judíos fundamentalistas de la secta hasídica, lo trata de contactar con el fin de que les ayude en sus elucubraciones y pesquisa del “verdadero” nombre de Dios que los situaría a un paso del Paraíso Perdido. Max accede a ayudar a ambas hordas en su búsqueda, pero padece de horribles imágenes de pesadilla relacionadas con su soledad y su niñez aislada de genio matemático.
En el extremo de su sufrimiento persigue el rastro de sangre de uno de sus fantasmas alucinados (proyección de su propia locura) que le lleva a contactar con un repulsivo cerebro sin cuerpo que late como un horrendo molusco en los estertores de la muerte. Ese cerebro sin cuerpo es él mismo.
La pesadilla de nuestro atribulado héroe se complica. Parece ser que el mismo número que representa a Dios, no sólo controla la bolsa, sino que crea huracanes, conforma las espirales de las conchitas de mar, se encuentra en los dibujos de Da Vinci plasmados en región aúrea, y es la chispa que despertaría la inteligencia artificial de las máquinas.
Sus “compañeros” judíos que se han portado aparentemente decentes llegan a espetarle finalmente en su cara que no es puro y que es sólo el recipiente de un nombre santo dirigido a personas santas. El fin justifica los medios y él debe obedecer sin reparar en la justeza o injusticia de esos que se consideren seres humanos más puros que otros, exactamente como lo hicieron los nazis en la segunda guerra mundial cuando eliminaron por impuros a seis millones de judíos.
La trama sigue un camino fascinante que es bien dosificado al público por una cámara claustrogénica acompañada de una música electrónica tensa y nerviosa compuesta por Clint Mansell integrante del grupo: Pop Will Eat Itself band.
Tras desechar la palabra de su maestro Sol sobre la no existencia  de una esencia del universo ejemplificada por la no repetición  de dos juegos de Go iguales y sus sabios consejos sobre que debe descansar, Max decide llevar a las últimas consecuencias su investigación.
Obtiene nuevamente el patrón de Patrón de las 216 cifras, y empieza a encontrar regularidades en todo, su convicción es que ha sido predestinado a ello. La conciencia de ese patrón parece serle finalmente insoportable. Somos seres poblados de sentido  y en búsqueda constante de él, pero el sentido único y fijo nos es insoportable (el lenguaje mismo es una prueba de ello), quizá porque éste no puede ser más que un absurdo sin sentido. El Creador se le revela así como un monstruo sin voluntad, como un organismo natural que como el Dios de Spinoza no cuida más de sus criaturas porque han dejado de importarle o los ha dejado en libertad.
Esta visión única que rebasa la razón humana le impulsa a raparse y cuadricular alrededor de la extraña cicatriz que tiene su cabeza, para decidir en el dramático final ¾ tras destruir el número refulgente ¾ taladrarse la cabeza en busca de una paz sólo asequible en el estado de ignorancia.
La película termina como empezó, con el recuerdo del protagonista de haberse quedado ciego a los seis años por mirar al Sol. Aronofsky pareciera querer decirnos que no estamos hechos los seres humanos para mirar al astro rey, ni a la verdad de frente, a riesgo de quedar ciegos en forma permanente. También quizá sea en el fondo una crítica a quienes abogan por el determinismo absoluto y la racionalidad pura, negando sus afectos, pero también conceptos como libertad, contingencia, libre albedrío, indeterminación, azar e inconsciente.

3 comentarios:

Vicent dijo...

El Ser, Dios, la Muerte, etc. su búsqueda, pieza clave de toda filosofía, se basa en el ideal de la perfecta comunicación, del acto sexual perfecto y existente, ha sido, es y será la mayor aspiración de toda filosofía y cultura.
¿Cuál es la solución a la pregunta histérica-histórica? que reside en ¿qué quiere mamá? ¿que quiere una mujer? ¿qué siente una mujer? ¿ser o no ser?
¿Irresoluble por la eternidad? otra vez la pregunta.
¿Es el lenguaje, el verbo de la Biblia?
Y de lo que habla usted sobre la tensión occidental entre el empirismo y el buscar la verdad surgen de la misma pregunta y se conjugan en la dicotomía individuo-grupo, yin-yang, logos-éthos, hombres fríos y hombres calientes, así al aceptar la incomunicación entre ambas llegamos a la feminidad y al sublevarnos, dijéramos artificialmente contra esta imposibilidad nos masculinizamos, las cercamos con una verdad, tan vana o verdadera como el lugar que ocupemos, pero a pesar de esta dicotomía siempre encontramos otra vuelta de tuerca en el tercer camino, la posible, imposible, utópica comunicación y volvemos a reacer la pregunta, que con el amor se estabiliza y fija ¿si miramos largamente al Sol nos cegamos, pero podemos llegar a Él?

Siempre con el límite del incesto, o imperativo paterno en todas sus manifestaciones nos es lícito avanzar, más allá los límites desaparecen i, Pi toma un sentido en la locura, si lo quiere oír así.
En los dos extremos hay locura y por otro lado destrucción, yo cuando vi la película me dio la impresión, a pesar de estar a mediado de mi análisis, de que este hombre había traspasado el límite, llámele del incesto, o de su negación, quizá acto necesario para la sabiduría de sí ¿las consecuencias? un enigma, en su búsqueda toda la cultura camina, espero que eternamente.

Un abrazo desde València

Vicent Adsuara i Rollan

Luis Ortega dijo...

Pero curiosamente la película acaba, cuando la niña le pregunta cuánto es 748 entre 238 si lo calculamos es igual a 3,14 o número π además si nos fijamos en la calculadora solo ofrece 2 decimales por otros resultados que dá en la película.

Dako Yeaps dijo...

Nota personal: De niño, mi madre me dijo que no mirara el sol. Una vez a los seis años lo hice... El El último número que es el nombre de Dios se resume a un número y no es la cantidad lo importante sino lo que significa.

El número es 1=Uno mismo-Yo soy.
El nombre de Dios es Yo soy, el que soy.

La búsqueda de la perfección nos lleva a uno mismo.

Solo vive!!!

Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.