sábado, 13 de junio de 2009

PSICOANÁLISIS Y LITERATURA. Apuntes de seminario 1997.

PSICOANÁLISIS Y LITERATURA. JULIO ORTEGA B .



La escritura es, originalmente, el lenguaje del ausente; la vivienda, un sucedáneo del vientre materno, primera morada cuya nostalgia quizá aún persista en nosotros...
El Malestar en la cultura (1929).
Sigmund Freud.



Thomas Mann en su ensayo "Freud y el porvenir" afirma que el creador del psicoanálisis: "recorrió el duro camino de sus descubrimientos totalmente solo, en forma totalmente independiente, únicamente como médico y naturalista... sin percatarse del consuelo y sostén que le hubiese deparado la literatura." Empezaremos nuestro seminario de manera irreverente, expresando nuestro desacuerdo con tan genial escritor. Nos asombran incluso sus palabras pues ellas revelarían una lectura por demás parcial, sesgada e imprecisa de la obra del maestro vienés.
No lo demuestra así una lectura de las obras de Freud, ni siquiera del índice a vuelo de pájaro. Freud amaba la literatura. Allí está para demostrarlo el trabajo sobre "El delirio y los sueños en la Gradiva" (1907), primer ensayo que en su vuelo funda la crítica literaria de cuño psicoanalítico; el análisis sobre el cuento de Hoffmann: El hombre de Arena (Lo ominoso 1919); su trabajo minucioso sobre esa alma genial, tan luminosa como sombría que fue Fiodor Illich (Dostoievski y el parricidio 1927 - 1928) y por supuesto, sus polémicas afirmaciones sobre la obra shakesperiana (para los aficionados a los récords Guiness diré que el nombre de Shakespeare aparece nada menos que 42 veces en los textos de Freud), que tanto escándalolo producen al prestigiado Harold Bloom, quien ha llegado a afirmar en El canon de Occidente que la obra de Freud no es más que literatura de imaginación, que sienta su único valor en lo que habría retomado de la obra maestra del cisne de Avon. Y, ¿Por qué no?, no tengo objeción como psicoanalista en reconocer que el complejo de Edipo ha sido construido sobre Sófocles y Hamlet, lo que nos hace colocar al psicoanálisis como una extensión misma de la literatura, en cierto modo, como un pariente cercano y no siempre agradable, incluso incómodo… a veces, como una mosca en el plato de sopa.
El psicoanálisis está destinado a cambiar la perspectiva de comprensión de todo aquello que es humano. La lectura de una obra literaria, es el caso que ocupará nuestro seminario, alcanza nuevas significaciones, algunas de proyecciones sorprendentes, incluso que pudiesen considerarse ajenas a la intención original del autor. Es ineludible que el lector psicoanalista, psicoanalizado, o simple lector del psicoanálisis se pregunte ante una obra: ¿Pero: qué quiere decir con esto el escritor? Se adquiere una relación de intimidad, de asunción de la subjetividad de una obra, hasta antes desconocida. El producto estético, se transforma en: documento que trasciende la buena forma, que rompe las reglas del buen observar y del leer bien, tan propia del crítico de arte. La crítica de arte enseña el cómo escuchar Beethoven, cómo deleitarse ante la vista de un Rembrandt, cómo leer Joyce. cómo se interpreta Rachmaninov. Su posición se encuentra del lado de la certeza. Chesterton decía sobre esto, que la especialización conduce al absurdo, que llegaría el tiempo en que si alguien se atrevía a contar un chiste en un grupo, debería esperar que sólo uno se riesen, sólo aquel que hubiesen aprendido a abrir adecuadamente la boca, a mostrar los dientes y soltar una carcajada sonora, el resto de los oyentes debería guardar un respetuoso silencio ante la diestra ejecución de una risa.
El psicoanalista irreverente, se atreve a decir del texto con audacia, a tocarlo, a interpretar, que es lo mismo que decir: transformar. El análisis literario que éste realiza, supone que más allá de un autor, se encuentra el discurso por el que éste es hablado y no me refiero aquí al discurso social o histórico del todo, sino al discurso del Inconsciente, un inconsciente que no es del todo social, ya hablaremos de ello. En resumidas cuentas, la frase: "Ça parle", de Lacan entonces, no puedo sino leerla: "Eso habla y quizá ante todo, también escribe". También una lectura psicoanalítica supone que hay una argamasa común de la que estarían hechos los seres humanos y que estaría formada por la angustia, no cualquiera, la angustia ante su propio deseo. ¿Es esto tan intragable para los críticos del psicoanálisis y sus excursiones en la literatura?
Reconocemos que el rompecabezas no es sencillo y se complica aún más cuando consideramos que Freud mismo es un autor. De acuerdo con Paul Ricoer, leer a Freud es hacer una "reconstrucción arquitectónica de la obra", "producir... un homólogo, es decir - en el sentido estricto del término - un objeto vicario que tenga la misma organización que su obra", en otras palabras, reformular su discurso en una alteridad. Jean Laplanche ha replicado con solidez que la inscripción teleológica de esa hermenéutica, "esa filosofía reflexiva", conlleva precisamente a todo aquello que Freud recusó y que se manifestó en la desviación junguiana de crear una hermenéutica de inspiración religiosa. Frente al problema que nos ocupa y que no es otro que el de la lectura, Michel Tort se expresa:

El verdadero problema de la lectura no consiste de ningún modo en expulsar toda interpretación, sino en construir una que sea rigurosa con el texto. ¿Qué es una lectura si no precisamente un movimiento de suspensión crítica respecto a una precomprensión, a una prelectura producida por la circulación misma de la obra y que se sustraen los sistemas móviles de los que cada concepto extrae su alcance y su sentido? ¿Qué es si no una ruptura con la inmediatez de las articulaciones de sentido propuestas explícitamente por el propio autor?

Por una cuestión de método, resaltemos desde un inicio la ilusión de que el psicoanálisis descubre que en esta angustia y ese deseo que se esconde detrás, se manifestaría en un lenguaje común, de que entre los seres humanos hay un Inconsciente colectivo, no hay sino transubjetividad y no comunidad espiritual. Hecho por otro lado, negado por la religión y esto lo digo no en contra de ella (...cómo desearía volver a creer en Dios, también desearía por cierto volver a tener dieciséis años.), sino para aclararles a aquellos que así lo piensan, que el análisis, no es una nueva religión o una forma refinada de chamanismo. No se trata siquiera, de vino nuevo en odres viejos, por supuesto que las palabras del psicoanálisis son anteriores a Freud, él mismo ha reconocido que son los artistas, poetas, escritores y dramaturgos quienes han intuido la existencia del inconsciente (Ahí están El Bosco y Archimboldo para demostrarlo). Más aún, palabras como interpretación, pulsión, represión y angustia ya estaban en la lengua cuando Freud las retoma. Se ha llegado a afirmar con cierta audacia incluso, que no hay un vocabulario propio del psicoanálisis. Pues sí, casi todas las palabras del psicoanálisis están tomadas del lenguaje común. El inédito de Freud se mide más bien por haber trastocado su significado, por haber redimensionado, justamente, el valor de esas mismas palabras para construir un sistema de interpretación del mundo que con su presencia ha cambiado el curso de la historia humana. Pero volvamos al tema...
La relación interdiscursiva psicoanálisis-literatura es en sí una relación tormentosa, pasional, con todas las vicisitudes de ese amor tan gozoso como confuso, posible de encontrar entre dos amantes ilícitos. Tomemos por caso a Gradiva, la rosa novelita de Jensen que tanto parece haber conmovido a Freud y que más adelante en el curso retomaremos. Se trata de una relación de equívoco en que el científico toma al otro, la otra en este caso, por lo que no es y paradójicamente en el capricho de este cruce imaginario, se basa la posibilidad de que el sueño se vuelva realidad. Que el amor pueda florecer, de esta manera no es extraño, más bien es lógico, lo que nos coloca en otra dimensión: todo amor se funda en un equívoco. Se trata también, de una relación de equívoco de Freud hacia Jensen, del psicoanálisis a la literatura, con todo: una relación. Es cierto que al inicio Freud la cultiva con un sólo fin, que no es otro, sino corroborar sus suposiciones teóricas acerca de la veracidad de sus construcciones, posición de la que el mismo Freud tratará de desplazarse más tarde. No deja de ser curioso, que una vez roto el romance entre ambos escritores - Freud incluso será invitado a casa de Jensen unos días - se pueda recoger del texto freudiano las siguientes palabras provenientes de su Estudio autobiográfico (1925):

En una pequeña novela, carente en sí de gran valor, La Gradiva, de W. Jensen pude demostrar que el sueño imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actúan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onírica.

Por otro lado, ese juego de espejos es inevitable, al fin y al cabo ser mortal, es ser siempre imagen, pero evidentemente hay por supuesto grados, recovecos y callejones sin salida.
Nos viene también en este momento a la memoria, a fin de fortalecer nuestra postura, el encuentro fallido entre André Breton y Freud en las postrimerías de este siglo desfalleciente. El primero, encuentra en la Interpretación de los sueños, la fuente de inspiración de su trabajo. El segundo, todo un caballero burgués chapado a la antigua, lo imaginamos atento siempre a su correspondencia y leyendo con verdadera curiosidad los efectos de su Tramdeutung sobre un lector no avisado de que se trata de una obra, ¡científica!. Sabemos que Freud, habría leído Los vasos comunicantes y sostenido una breve relación epistolar con el poeta francés, interrumpida ante el airado reclamo de que el análisis de sus sueños, prescindía del elemento sexual que los sueños de sus analizantes le revelaban. Freud contesta al irreverente francés que un análisis completo hubiese sido imposible, pues hubiese exigido revelaciones desagradables acerca de las relaciones con su padre. Breton juzga su excusa inaceptable, probablemente esperaba más del descubridor del inconsciente, quizá más valentía, más sinceridad... más locura, pero: ¿no es eso más bien lo que se espera de un artista, un vértigo de verdad, una rebeldía indomable?. Breton quiere al inconsciente para abandonarse a él, Freud para domeñarlo. La definición de surrealismo acuñada en el Primer manifiesto surrealista (1924), manifiesta una lectura y una comprensión de Freud que trasciende las intenciones del profesor:

Surrealismo: Sustantivo masculino. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.

El método surrealista surge de la lectura de Freud - también de Kraepelin, y otras figuras del novecento -, pretendiendo una exploración sistemática del inconsciente que no abandone la inspiración y que guie al viajero a la recreación artística, poética, de su deseo. Ambas posturas se asemejan, pero allí dónde se esperaría se juntasen, divergen. La liberación total del deseo nos dice el psicoanálisis: mata. La consecución sin límites del principio del placer - término, por otro lado, cuestionable y cuestionado desde la misma teoría - lleva a la locura.
René Crevel es un trágico y maravilloso exaltado que instiga al suicidio en masa, Robert Desnos atenta contra la vida de Elouard, Jaques Vachè induce a los otros a experimentar con opio, Artaud ... ¿sigo con la lista? Con el inconsciente no se puede tranzar o jugar, él es inmanejable. Las coincidencias entre las posiciones de Breton y las de Freud, sin embargo, existen. Ambos perciben bien que no hay delimitación precisa entre la locura y la razón - cosa que Erasmo bien sabía -, que las creaciones del artista tienen una profunda significación simbólica que le trasciende, que la renuncia al deseo en una sociedad represiva enferma, a pesar de todo persiguen fines distintos. Para Breton se trata de liberar al monstruo. Freud, como Ulises, cede ante la tentación de oír las sirenas pero no se atreve ni por un momento en dejar las cadenas.
Generalmente se acusa al psicoanálisis de reduccionismo, lectura pantológica, explicación descontextuada, ficción, etc. Popper le acusa junto al marxismo de pretender dar una explicación omnicomprensiva y clara de todos los fenómenos. Los analistas freudianos verifican en la clínica sus teorías, pero se debe a que sus previsiones sobre los acontecimientos se acomodan ad hoc sobre los eventos.
Las opiniones de Bloom y de Starobinski - que prometemos examinar con calma - sobre el particular, llegan a ser bastante duras también con nosotros los freudianos. El sentir general del crítico literario es que el psicoanalista atropella con la interpretación psicoanalítica la obra literaria. Incluso Susan Sontag - escritora genial - va más lejos y se vuelve contra toda crítica, sin importar su procedencia. Pero, volviendo al caso Breton: ¿No vemos a un literato abusar de sus lecturas psicoanalíticas, sobreinterpretar?. ¿Acaso hemos protestado los psicoanalistas? No parece así, incluso Freud ante la posibilidad de que el psicoanálisis pueda contraer lazos con otros discursos dice no sin cierto recelo cargado de orgullo en su citado Estudio autobiográfico :

En Francia han sido los literatos quienes primero se han interesado por el psicoanálisis. Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura del arte a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnografía y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia médica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis. No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella.

La verdad es que nos hemos enriquecido con el exceso, con el éxtasis de la mezcla de tan variadas disciplinas. Y honor a quien honor merece, han sido precisamente los surrealistas los que introdujeron el psicoanálisis en Paris y llevaron a ese joven médico de nombre Lacan, a tomar contacto con la locura desde una perspectiva descentrada de los emblemas de la Razón.
Por otro lado, tengamos en cuenta que la objeción de Breton al trabajo de Freud es un poco injusta. A pesar de lo enormemente personal que es la Tramdeutung, Freud nunca estuvo dispuesto a establecer ningún pacto autobiográfico con el lector, no hay intención de desarrollar un estudio psicológico de sí mismo, un autoanálisis público. La princesa Marie Bonaparte (literatura ella misma: tataranieta de Lucien, el hermano de Napoleón, y esposa del príncipe Jorge - hermano menor de Constantino I rey de los helenos, y primo carnal de Christian X de Dinamarca, analizante en principio de Freud, después su amiga y mecenas, amante de Rudolph Lowenstein - por cierto: analista de Lacan - y para acabar pronto según el diagnóstico de René Laforgue: una neurótica obsesiva grave), compró en 1936 la correspondencia Freud - Fliess, memoranda de una tortuosa amistad y un conmovedor trabajo de análisis , vendida por la viuda de Fliess en apuros, dejando a Freud verdaderamente aterrado y manifestó su deseo de que fueran destruidas. La testarudez en este caso de la princesa salvó los valiosos documentos hoy básicos para comprender a fondo el psicoanálisis y su parto doloroso. Freud objetaba para su conservación que no quería que pasaran a la posteridad, pues encerraban:

...Todas las nociones y desviaciones erróneas propias del psicoanálisis más primitivo, [y] en este caso son también totalmente personales.
Carta a M. Bonaparte del 10 de enero de 1937.

Sólo la testarudez de la princesa obsesiva se atrevió a oponerse en este caso al querido maestro, tomando el bando del historiador. Gesto único y que hace a la vocación por la sinceridad propia del psicoanalista. Desgraciadamente, en la Librería del Congreso de los Estados Unidos se encuentra correspondencia e información sobre la vida de Freud salvaguardada quizá para siempre.
En este sentido, literariamente queda atrás de los textos de Rousseau, Nietzche, Sartre, Gide e incluso Henry Miller; si describe sus sueños es con la mera finalidad de exponer su método de desciframiento de lo inconsciente, de conquistar lo irracional, en realidad, el proyecto del psicoanálisis así visto, resultaría bastante conservador en términos generales. Es bien sabido que la Viena de principios de siglo era un hervidero de nuevas tendencias científicas, filosóficas y artísticas. Se trata de la ciudad donde podrían haberse cruzado en la calle: Alban Berg, Otto Wagner, Wittgenstein, Kafka, Egon Schiele, etc. Pero, para Freud es mejor Mozart que Schönberg (más todavía, sabemos bien que no era amante de la música - lo que no obsta para que se halla escrito un libro de un título tan atípico como: Freud y la ópera - como lo confesaría a Jeanne Lampl-de-Groot), preferible Hansum que Musil, Leonardo que Klimt. Freud detesta a los lunáticos, en una carta a Oscar Pfitzer su discípulo pedagogo-pastor-psicoanalista le dice: En la vida real... sólo veo el daño que pueden hacer. Al empezar a analizar la personalidad de Dostoievski - a quien sin duda admiraba -, deja caer como loza una afirmación tan contundente como:

En la rica personalidad de Dostoievski podemos distinguir cuatro facetas: el poeta, el neurótico, el moralista y el pecador. ¿Cómo orientarnos en esta intrincada complicación?

¿Pero, se trata acaso de escoger? ¿Puede uno quedarse sólo con una parte del artista? ¿No acaso es el mismo su obra, y en parte por su vida misma, reflejada en su arte es que nosotros podemos deleitarnos ante un Van Gogh, Picasso o sumergirnos en la lectura de Kundera, Lowry o Bukowski? El problema es la estética y su dilema que hoy se encuentra en una crisis profunda.
La verdad es que por momentos él mismo retrocede con temor ante su descubrimiento, hay cierta belleza romántica - incluso el psicoanálisis mismo ha sido visto por Albert Beguin como un hijo del romanticismo - en este gesto, que nos recuerda el Nuevo Prometeo de Mary W. Shelley, donde el creador llega a abominar de su hijo. Sigmund también, se asemeja aquí a Cristóbal que piensa haber llegado a las Indias y desconoce la trascendencia del nuevo continente que descubre . No es del todo así, exagero, concepciones que incluso no pueden ordenarse cronológicamente tales como la teoría del fantasma, pulsión, transferencia, compulsión a la repetición, escisión del Yo y la pulsión de muerte, nos dicen que éste comprendió que había dado a luz - no hay parto sin dolor -, una ola negra que invadirá hasta los puertos más seguros.
Con todo, imaginemos a Freud complaciente con sus visitantes, dejándose retratar a lápiz por el mismísimo demonio de Dalí, invitado en 1938 a la residencia Freud, nada menos que por Stephan Zweig . Inconsciente - ¡curioso adjetivo para nombrarle! - de que su obra funda las bases de existencia de un nuevo arte, simplemente se porta condescendiente, en búsqueda de un lugar de reconocimiento, de legitimación para su hijo.
Un día 6 de mayo, al cumplir 80 años de edad, todavía en Viena, justo antes de su exilio en 1938, Thomas Mann le entrega una carta de felicitación que reúne los parabienes de escritores y artistas, entre otros la firmaron Herman Broch, Salvador Dalí, André Gide, Hermann Hesse, Aldous Huxley, James Joyce, Paul Klee, Robert Musil, Picasso, H. G. Wells y la sublime Virginia Wolf No está de más decir que en ese reconocimiento había de por medio un agradecimiento, la obra de Freud les ha proporcionado a todos ellos una nueva forma de percibirse, de compenderse, lo que equivale también a una metamorfosis que les hará advenir a otras formas de creación.
Parece innegable, por otra parte, que a medida que fueron más conocidos los conceptos psicoanalíticos y la teoría del inconsciente, algunos escritores fueron introduciendo deliberadamente nociones psicoanalíticas a sus obras para iluminar las motivaciones psicológicas de sus personajes, llegando algunos a crear lo que casi se podría denominar un nuevo género: la novela clínica, prima hermana de la literatura inagurada por Freud mismo a través de sus cinco casos clínicos.
¿Cuánto le deben a Freud: Murakami (Nota 2009), Mishima, Cortázar, Paz y Fuentes? Es quizá una pregunta que ni los escritores mismos puedan responder. Existe aún un prejuicio que considera a la literatura y al novelista mismo, como un ser extraordinario, como un símil de Zeus que pare a su obra de su cabeza, de dónde ella saldría armada como Palas Atenea, perfecta merced a un engendramiento milagroso que no la hace producto de ninguna fecundación. La obra así dispuesta, estaría determinada a enfrentarse al mundo terreno, vulgar y estúpido. Es una concepción distorsionada de la realidad del escritor, más aún del escritor moderno. No cabe duda de que toda una generación de nuevos escritores españoles - por citar sólo un ejemplo -, como Perez Reverté, el grande Juan José Millás o José María Merino deben explícitamente su trabajo (de primera calidad) a una lectura detenida de la obra de Freud. ¿Y por qué no habría de ser así? ¿ La literatura es acaso el(la) arte entre las artes? Lo plantearé de otra manera. Por ejemplo: ¿Qué espacio le reservan Uds. al cine en relación a la literatura? ¿Poco, mucho?... por supuesto nada es imposible de decir. Pues bien ahí tienen a Bergman, Hitchcock, Houston, Tarkowsky, Buñuel otra vez, Wim Wenders, los Cohen, Lynch, y Woody Allen, deudores de Freud, cuya obra no sería posible, sin la obra de nuestro tan llevado y traído autor.
Por supuesto, vuelvo sobre el punto. La relación no ha sido siempre fructífera, pero: ¿Se embaraza uno a la primera vez? No piensen mucho en la respuesta. La misma relación conflictiva ha sido la del cine con el psicoanálisis. Freud desconfió del cine y su poder seductor.
Y los analistas se han portado de manera bastante grosera ante un problema que francamente se les ha resbalado la mayoría de las veces de entre las manos.
Bergler4 sostiene que el escritor, bajo la presión de sentimientos inconscientes de culpa, en sus escritos expresa las defensas que ha desarrollado contra sus deseos prohibidos y fantasías, y que, aun cuando el hecho de escribir es exhibicionista, sus tendencias primarias son voyeuristas, constituyendo así sus escritos una defensa contra un voyeurismo profundamente reprimido (traducción: temprano interés en la observación del coito de los padres). Brill5 asegura que "...algunos poetas no avanzan mucho más allá de las primeras y últimas fases orales", y cree que, en el caso del artista: "la fase preedípica ha sido la más importante para su desarrollo".
Posiciones como esta hacen decir a Starobinski6 :

Esta superioridad concedida al (... en este caso: psicoanalítico...) esta manera de reducir al poeta a no ser sino proovedor de una , que elucidará la exégesis, parece implicar voluntad de descalificación de la palabra poética en beneficio de la palabra razonada de la psicologia. Bajo este aspecto, el poeta no es sino productor de sueños y de fantasmas, con los mismos títulos que el soñador, el neurótico o el primero que llegue.

Y añade:

Es una pobre compensación añadir que si el psicoanálisis despotiza el arte, poetiza sin embargo la vida cotidiana y habla a su manera de una poesia , ya que todo el mundo sueña...

Tiene razón Starobinski, una crítica literaria desde el psicoanálisis que considere al artista como a un enfermo neurótico y a la obra de arte como un síntoma no puede ser sino estupidez aplicada. Pero justamente a esto Freud le llamaba: el Análisis salvaje (1910). Por otro lado, las críticas como que identificarían tal mecanismo y tal etapa del desarrollo de la libido o calificarían a la actitud de un personaje o escritor como voyeur , nos dan la sensación de ser pobres y expresar simple sentido común. No se nesecita ser psicoanalista para decir que Süskind ha retratado en El perfume a un personaje narcisista con fijaciones preedípicas y estacionado en la etapa anal. Ese es un juego de obviedades insustancial, gratuito. Refleja el entusiasmo por un evoluciosmo darwiniano al que si bien Freud era afecto, su obra leída desde Lacan, toma distancia. El descubrimiento esencial de Freud es que no hay integridad, sustancialidad de roca del alma humana (o del Yo para utilizar un término freudiano), el camino hasta Análisis Terminable e Interminable (1937). Su obra, nos muestra de manera clara como después de haber levantado las capas sucesivas impuestas por la sociedad y las convenciones, eso que nos hace tan nítidos y formales ante el espejo, se llega a la roca viva que es la castración. Pero esa roca viva es una verdad sin fondo, un mar sin sentido que nos enfrenta con la pulsión de muerte y lo único que Freud encuentra es que la terminación del análisis se convierte en un problema práctico en el que el analista debe asegurarse que su paciente quede en las mejores condiciones psicológicas posibles para vérselas con la vida. Evidentemente, la labor interpretativa del analista no puede ir hasta el fondo, pues curiosamente no hay ninguno. Ya en Malestar en la cultura (1929) frente a las inquietudes de los filósofos y religiosos acerca del sentido de la vida, afirmaba que nadie se hacía la misma pregunta por la vida de los animales y no por ello se perturbaban en absoluto.
Un escritor no es más o menos neurótico, más o menos psicótico, por el hecho de escribir, de la misma manera tampoco puede negarse que las inquietudes de sus personajes reflejen sus propios conflictos inconscientes y que sus actitudes ante la vida y preocupaciones se vean traspuestas a su obra. También puede suceder, que un escritor trate de liberarse de su infierno interno a través de la escritura estableciendo una distancia con su propio mundo interior. La escritura por otro lado, no asegura una revelación auto-curativa de la que pueda obtener alivio un autor, como el sólo hablar una y otra vez de sus problemas, no libera al neurótico de su sufrir. Existen innumerables casos de escritores que encontraron poco alivio en su arte, digamos: Poe, Baudelaire, etc. Confesarse al escribir no necesariamente ahuyenta los propios fantasmas sino que incluso puede reavivarlos. Existe también otra posibilidad a considerar, el lenguaje de la locura hecho transcripción. Podría decir Bernhardt, sin quizás cometer un abuso del todo, Lacan mismo se ha interrogado una y otra vez acerca de Joyce y la función que en él cumple la escritura.
Continuará... (nótese el estilo diferente de mi dictar clase y escribir, intento ser hoy menos pretencioso.)

1 comentario:

LEON PLATA dijo...

Resulta asombroso, por no decir perturbador, que un escritor en apariencia conocedor de psicoanálisis delate un desatino tan inefable por sus dimensiones, al sentenciar que Freud no valoró contenidos literarios en la producción de su obra. Marthe Robert en su libro : "La Revolución Psicoanálitica" dedica numerosas páginas a mostrar el conflicto de "deseos profesionales" de Sigmund: éste se debatió algún tiempo entre su oficio como Médico y la posibilidad de dedicarse únicamente a escribir a manera de artista; tal era su pasión por la literatura. Pero no es necesario conocer sus crisis y el desarrollo de su personalidad para percatarse de la lectura superflua de Thomas Mann; basta con internarse en sus conferencias para conocer - y disfrutar- de una exquisita escritura que se sobrepone al sacro tecnicismo científico; por supuesto, ello no le resta rigor científico alguno a los trabajos sobre Psicoanálisis, pero sí permite que todo lego comprenda y hasta se apropie de su discurso.Tampoco se puede despreciar el otorgamiento a Freud del premio Goethe,en reconocimiento de sus méritos literarios. Por lo demás, agradezco la completitud y calidad el artículo del autor, el cual me hizo pasar de un conato de episodio iracundo ( por la desafortunada afirmación del gran Mann) a un rato de apacible y grata lectura.