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martes, 29 de septiembre de 2009

Rosario Herrera en Xalapa, Ver.


Les comparto un importante acontecimiento, la visita de Rosario Herrera a Xalapa, dónde se realizarán una serie de eventos alrededor de ella. Primero, la presentación de su libro publicado por Siglo XXI y luego la conferencia magistral sobre Derrida: Cosmopolítica y Poética. Jueves Ocho de octubre de 2009... en las facultades de Psicología y Filosofía de la Universidad Veracruzana, respectivamente.


domingo, 27 de septiembre de 2009

ELEAZAR CORREA EN LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA



INTERESANTE Y MUY EXITOSA LA CONFERENCIA DEL DR. ELEAZAR CORREA EN LA FACULTAD DE PSICOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA. VERSÓ SOBRE EL TEMA: "IDENTIDAD E IDENTIFICACIÓN" Y REPASÓ LAS POSICIONES CONTRASTANTES DE ZIZEK Y LACLAU, DICHA CONFERENCIA APARECERÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO DE CARTA PSICOANALÍTICA.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Mark Tansey: Derrida queries the man.

Esta pintura fue hecha por Mark Tansey, uno de los más inteligentes y brillantes artistas del cómic en 1990. Es un óleo sobre lienzo (213 x 140 cm) que pertenece a una colección privada y cita a una ilustración victoriana de Sidney Paget: Sherlock Holmes' battle with Professor Moriarty above Reichenbach Falls . En este caso el abismo es su posición filosófica posmoderna. Puede verse la imagen completa en: http://www.artchive.com/artchive/T/tansey/derrida.jpg.html

lunes, 7 de septiembre de 2009

Captítulo VII. Problemas de lingüística general. Benveniste.

Ofrezco a ustedes para su revisión crítica un clásico...

OBSERVACIONES SOBRE LA FUNCIÓN DEL LENGUAJE EN EL DESCUBRIMIENTO FREUDIANO.


En la medida en que el psicoanálisis aspira a plantearse como ciencia, hay razón para pedirle cuentas de su método, de sus pasos, de su proyecto, y compararlos con los de las "ciencias" reconocidas. Quien desee discernir los procedimientos de razonamiento sobre los que descansa el método analítico desemboca en una verificación singular. Del trastorno registrado hasta la curación, todo ocurre como si no interviniese nada de material. Nada se practica que se preste a una verificación objetiva. No se va estableciendo, de una inducción a la siguiente, esa relación de causalidad visible que buscamos en un razonamiento científico. Cuando -a diferencia del psicoanalista- el psiquiatra intenta remitir el trastorno a una lesión, al menos su itinerario tiene el aire clásico de una búsqueda que se remonta a la "causa" para tratarla. Nada parecido en la técnica analítica. Para quien no conoce el análisis más que en las relaciones que Freud ofrece (es el caso del autor de estas páginas) y para quien considera menos la eficacia práctica, que aquí no está en tela de juicio, que la naturaleza de los fenómenos y los nexos en que son planteados, el psicoanálisis parece distinguirse de toda otra disciplina. Principalmente en esto: el analista opera sobre lo que el sujeto le dice. Lo considera en los discursos de éste, lo examina en su comportamiento locutorio, "fabulador", y a través de estos discursos se configura lentamente para él otro discurso que le tocará explicitar, el del complejo sepultado en el inconsciente. De sacar a luz tal complejo depende el éxito de la cura, lo cual atestigua a su vez que la inducción era correcta. Así del paciente al analista y del analista al paciente, el proceso entero es operado por mediación del lenguaje.

Es esta relación la que merece atención y distingue propiamente este tipo de análisis. Enseña, nos parece, que el conjunto de los síntomas de naturaleza diversa que el analista encuentra y escruta sucesivamente son el producto de una motivación inicial en el paciente, inconsciente al principio, a menudo traspuesta a otras motivaciones, conscientes éstas y generalmente falaces. A partir de esta motivación, que se trata de descubrir, todas las conductas del paciente se iluminan y encadenan hasta el trastorno que, a ojos del analista, es a la vez conclusión y sustituto simbólico. Discernimos aquí, pues, un rasgo esencial del método analítico: los "fenómenos" son gobernados por una relación de motivación, que ocupa aquí el lugar de lo que las ciencias de la naturaleza definen como una relación de causalidad.

Nos parece que si los analistas admiten este punto de vista, el estatuto científico de su disciplina, en su particularidad propia, así, como el carácter específico de su método, quedarán mejor establecidos.

Hay una señal neta de que la motivación carga aquí con la función de "causa". Es sabido que el camino seguido por el ana1ista es enteramente regresivo, y que aspira a provocar 1a emergencia, en el recuerdo y en e1 discurso del paciente, del dato fáctico a cuyo alrededor se ordenará en adelante la exégesis analítica del proceso mórbido. De suerte que el analista va en pos de un dato "histórico" escondido, desconocido, en la memoria del sujeto, consienta o no éste en "reconocerlo" e identificarse con él. Se nos podría objetar entonces que este resurgimiento de un hecho vivido, de una experiencia biográfica, equivale precisamente al descubrimiento de una "causa". Pero se ve en el acto que el hecho biográfico no puede cargar él solo con el peso de una conexión causal. Primero, porque el analista no puede conocerlo sin ayuda del paciente, único que sabe "lo que 1e ocurrió". Aunque pudiera, no sabría qué valor atribuir al hecho. Supongamos incluso que, en un universo utópico, el analista consiguiera descubrir, en testimonios objetivos, el rastro de todos los acontecimientos que componen la biografía del paciente: seguiría sin sacar en claro gran cosa, y no, salvo por feliz accidente, lo esencial. Pues si le es preciso que el paciente le cuente todo y aun que hable al azar y sin propósito definido, no es para encontrar un hecho empírico que no haya quedado registrado en ninguna parte sino en la memoria del paciente: es que los acontecimientos empíricos no tienen realidad para el analista más que en y por el "discurso" que les confiere la autenticidad de la experiencia, sin importar su realidad histórica, y aun (más valiera decir: sobre todo) si el discurso elude, traspone o inventa la biografía que el sujeto se atribuye. Precisamente porque el analista desea revelar las motivaciones más que reconocer los acontecimientos. La dimensión constitutiva de esta biografía es que es verbal izada y así asumida por quien la narra como suya; su expresión es la del lenguaje; la relación del analista con el sujeto, la del diálogo.


Todo anuncia aquí el advenimiento de una técnica que hace del lenguaje su campo de acción y el instrumento privilegiado de su eficiencia. Pero surge entonces una cuestión fundamental: ¿cuál es pues este "lenguaje" que actúa tanto como expresa? ¿Es idéntico al que se emplea fuera del análisis? ¿Es solamente el mismo para las dos partes? En su brillante memoria sobre la Función y el campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, el doctor Lacan dice del método analítico (p. 103): "Sus medios son los de la palabra en tanto que ésta confiere a las funciones del individuo un sentido; su dominio es el del discurso concreto en tanto que realidad transindividual del sujeto; sus operaciones son las de la historia en tanto que constituye la emergencia de la verdad en lo real." A partir de estas justas definiciones, y ante todo de la distinción introducida entre los medios y el dominio, es posible intentar delimitar las variedades del "lenguaje" que están en juego.


En primera instancia, encontramos el universo de la palabra, que es el de la subjetividad. A lo largo de los análisis freudianos enteros se percibe que el sujeto se sirve de la palabra y del discurso para "representarse" él mismo, tal como quiere verse, tal como llama al "otro" a verificarlo. Su discurso es llamado y recurso, solicitación a veces vehemente del otro a través del discurso en que se plantea desesperadamente, recurso a menudo mentiroso al otro para individualizarse ante sus propios ojos. Por el mero hecho de la alocución, el que habla de sí mismo instala al otro en sí y de esta suerte se capta a sí mismo, se confronta, se instaura tal como aspira a ser, y finalmente se historiza en esta historia incompleta o falsificada. De modo que aquí el lenguaje es utilizado como palabra, convertido en esta expresión de la subjetividad apremiante y elusiva que forma la condición del diálogo. La lengua suministra el instrumento de un discurso en donde la personalidad del sujeto se libera y se crea, alcanza al otro y se hace reconocer por él. Ahora, la lengua es estructura socializada, que la palabra somete a fines individuales e intersubjetivos, añadiéndole así un perfil nuevo y estrictamente personal. La lengua es sistema común a todos; el discurso es a la vez portador de un mensaje e instrumento de acción. En este sentido, las configuraciones de la palabra son cada vez únicas, pese a realizarse en el interior y por mediación del lenguaje. O sea que hay antinomia en el sujeto entre el discurso y la lengua.


Pero para el analista la antinomia se establece en un plano muy diverso y adquiere otro sentido. Ha de atender al contenido del discurso, mas no menos, y sobre todo, a los desgarrones del discurso. Si el contenido lo informa acerca de la representación que el sujeto se da de la situación y acerca de la posición que en ella se atribuye, busca, a través de este contenido, uno nuevo, el de la motivación inconsciente que procede del complejo sepultado. Más allá del simbolismo inherente al lenguaje, percibirá un simbolismo específico que se constituirá, a despecho del sujeto, tanto a partir de lo que omite como de lo que enuncia. Y en la historia en que el sujeto se coloca, el analista provocará la emergencia de otra historia, que explicará la motivación. Tomará así el discurso como trujamán de otro "lenguaje", que tiene sus reglas, sus símbolos y su "sintaxis" propios, y que remite a las estructuras profundas del psiquismo.

Al señalar estas distinciones, que requerirían abundantes desenvolvimientos, pero que sólo el analista podría precisar y matizar, quisiéramos sobre todo aclarar ciertas confusiones que se correría el riesgo de establecer en un dominio en donde es ya difícil saber de qué se habla cuando se estudia el lenguaje "ingenuo" y en donde las preocupaciones del análisis introducen una dificultad nueva. Freud ha alumbrado decisivamente la actividad verbal tal como se revela en sus desfallecimientos, en sus aspectos de juego, en su libre divagación cuando queda suspendido el poder de censura. Toda la fuerza anárquica que refrena o sublima el lenguaje normalizado tiene su origen en el inconsciente. Freud ha observado también la afinidad profunda entre estas formas del lenguaje y la naturaleza de las asociaciones que se establecen en el sueño, otra expresión de las motivaciones inconscientes. Se vio conducido así a reflexionar sobre el funcionamiento del lenguaje en sus relaciones con las estructuras infraconscientes del psiquismo, y a preguntarse si los conflictos que definen tal psiquismo no habrían impreso su huella en las formas mismas del lenguaje.

Planteó el problema en un artículo publicado en 1910 y titulado El doble sentido antitético de las palabras primitivas. En el punto de arranque hay una observación esencial de su Traumdeutung acerca de la insensibilidad a la contradicción que caracteriza a la lógica del sueño: "La conducta del sueño con respeto a la antítesis y a la contradicción es altamente singular. De la contradicción prescinde en absoluto, como si para él no existiera el 'no', y reúne en una unidad las antítesis o las representa con ella. Asimismo se toma la libertad de representar un elemento cualquiera por el deseo contrario al mismo, resultando que al enfrentarnos con un elemento capaz de contrario no podemos saber nunca al principio si se halla contenido positiva o negativamente en las ideas latentes" (1). Pues bien, Freud creyó hallar en un estudio de K. Abel la prueba de que "la práctica indicada de la elaboración del sueño coincide con una peculiaridad de las lenguas más antiguas". Luego de reproducir algunos ejemplos, pudo concluir: "En la coincidencia entre la peculiaridad de la elaboración de los sueños, expuesta al principio del presente trabajo, y la práctica de las lenguas, más antiguas, descubierta por los filólogos, debemos ver una confirmación de nuestra tesis del carácter regresivo y arcaico de la expresión de los pensamientos en el sueño. Y a nosotros, los psiquiatras, se nos impone, como una hipótesis irrechazable, la de que comprenderíamos mejor y traduciríamos más fácilmente el lenguaje de los sueños si conociéramos mejor la evolución del lenguaje hablado." (2)

Existe el riesgo de que la autoridad de Freud haga que esta demostración pase por cosa establecida, o en todo caso acredite la idea de que habría aquí una sugestión de investigaciones fecundas. Se habría descubierto una analogía entre el proceso del sueño y la se- mántica de las lenguas "primitivas", en las que un mismo término enunciaría una cosa y también su contrario. Parecería abierto el camino a una investigación que buscase las estructuras comunes al lenguaje colectivo y al psiquismo individual. Ante semejante panorama, no está de más indicar que hay razones de hecho que quitan todo crédito a las especulaciones etimológicas de Karl Abel que sedujeron a Freud. No es cosa aquí ya de manifestaciones psicopatológicas del lenguaje, sino de los datos concretos, generales, verificables, proporcionados por lenguas históricas.

No es azar que ningún lingüista preparado, ni en la época en que Abel escribía (ya los había en 1884), ni luego, haya aceptado este Gegensinn der Urworte en su método ni en sus conclusiones. Es que si se pretende remontar el curso de la historia semántica de las palabras y restituir su prehistoria, el primer principio de método es considerar los datos de forma y de sentido sucesivamente atestiguados en cada época de la historia, hasta la fecha más antigua, y no considerar una restitución sino a partir del punto último que nuestra indagación logre alcanzar. Este principio rige otro, relativo a la técnica comparativa, que es el de someter las comparaciones entre lenguas a correspondencias regulares. K. Abel opera sin cuidarse de estas reglas y junta todo lo que se parece. De una semejanza entre una palabra alemana y otra inglesa o latina de sentido diferente o contrario, concluye una, relación original por "sentidos opuestos", desdeñando todas las etapas intermedias que justificarían la divergencia, de haber parentesco efectivo, o echarían por tierra la posibilidad de dicho parentesco demostrando que tienen diferente origen. Es fácil demostrar que ninguna de las pruebas alegadas por Abel puede conservarse. Para no alargar esta discusión, nos limitaremos a los ejemplos tomados de lenguas occidentales, que pudieran confundir a lectores no lingüistas.

Abel da una serie de correspondencias entre el inglés y el alemán, que Freud recoge como muestra de los sentidos opuestos, entre una lengua y otra, y entre los cuales se apreciaría una "transformación fonética con vistas a la separación de los contrarios". Sin insistir por el momento en el grave error de razonamiento disimulado tras esta sencilla observación, conforn1émonos con rectificar las confrontaciones. El antiguo adverbio alemán bass, "bien", está emparentado con besser, pero no tiene nada que ver con bös, "malo", al igual que en antiguo inglés bat, "bueno, mejor", carece de relación con badde (hoy bad), "malo". El inglés cleave, "hender", no responde en alemán a kleben, "pegar", como dice Abel, sino a klieben, "hender" (cf. Kluft). El inglés lock, "cerrar", no se opone al alemán Lücke, Loch, sino que, por el contrario, hace juego, pues el sentido antiguo de Loch es "retiro, lugar cerrado y oculto". El alemán stumm significa propiamente "paralizado (de la lengua) ", se vincula a stammeln, stemmen, y no tiene nada en común con Stimme, que ya significa "voz" en su forma más antigua, gótico stibna. Asimismo, el latín clam, "secretamente", se liga a celare, "ocultar", de ningún modo a clamare, etc. Otra serie de pruebas igual de erróneas extrae Abel de ciertas expresiones que se toman en sentidos opuestos en una misma lengua. Tal sería el doble sentido del latín sacer, "sagrado" y "maldito". Aquí la ambivalencia de la noción no debiera sorprendemos ya, luego de que tantos estudios sobre la fenomenología de lo sagrado han trivializado su radical dualidad: en la Edad Media, un rey y un leproso eran ambos, al pie de la letra, "intocables", pero no se sigue que sacer encierre dos sentidos contradictorios; son las condiciones de la cultura las que han determinado ante el objeto "sagrado" dos actitudes opuestas. La doble significación que se atribuye al latín altus, como "alto" y "profundo", se debe a la ilusión que nos hace tomar por necesarias y universales las categorías de nuestra propia lengua. Incluso en francés [o en español] hablamos de la "profundidad" del cielo o de la "profundidad" del mar. Más precisamente, la noción de altus se evalúa en latín en dirección de abajo arriba, es decir subiendo desde el fondo del pozo, o árbol arriba, desde el pie, sin considerar la posición del observador, en tanto que "profundo" en francés [o español] se define en direcciones opuestas a partir del observador hacia el fondo, ya sea el fondo de un pozo o el del cielo. Nada hay de "original" en estas variadas maneras de construir lingüísticamente nuestras representaciones. Ni tampoco es en "los orígenes del lenguaje" donde hay que buscar la explicación del inglés with-out, sino bien modestamente en los orígenes del inglés. Al contrario de lo que Abel creyó -y hay quien sigue creyendo-, with-out no encierra las expresiones contradictorias "con sin"; el sentido propio de with es aquí "contra" (cf. with-stand) y señala pulsión o esfuerzo en una dirección cualquiera. De ahí with-in, "hacia el interior", y with-out, "hacia el exterior", de donde "afuera, sin". Para comprender que el alemán wider signifique "contra" y wieder (con una sencilla variación de grafía) signifique "de regreso", basta con pensar en el mismo contraste aparente de re- en francés entre re-pousser y re-venir [o en español re-peler y re-tornar]. No hay en todo esto ningún misterio y la aplicación de reglas elementales disipa tales espejismos.


Más con esto se desvanece la posibilidad de una homología entre las vías del sueño y los procedimientos de las "lenguas primitivas". Aquí la cuestión tiene dos aspectos. Uno concierne a la "lógica" del lenguaje. En tanto que institución colectiva y tradicional, toda lengua tiene sus anomalías, sus faltas de lógica, que traducen una disimetría inherente a la naturaleza del signo lingüístico. Pero no deja por ello la lengua de ser sistema, de obedecer a un plan específico, y de estar articulada por un conjunto de relaciones susceptibles de cierta formalización. El trabajo lento pero incesante que se opera en el interior de una lengua no procede al azar, afecta a aquellas de las relaciones o de las oposiciones que son o no son necesarias, de suerte que se renueven o multipliquen las distinciones útiles a todos los niveles de la expresión. La organización semántica de la lengua no escapa a este carácter sistemático. Es que la lengua es instrumento para ordenar el mundo y la sociedad, se aplica a un mundo considerado "real" y refleja un mundo "real". Pero aquí cada lengua es específica y configura el mundo a su manera propia. Las distinciones que cada lengua manifiesta deben referirse a la lógica particular que las sostiene, y no ser sometidas de buenas a primeras a una evaluación universal. A este respecto, las lenguas antiguas o arcaicas no son ni más ni menos singulares que las que hablamos nosotros; únicamente tienen la singularidad que prestamos a los objetos poco familiares. Sus categorías, orientadas de modo distinto que las nuestras, no por ello dejan de tener coherencia. De manera que es a priori improbable -y el examen atento lo confirma- que tales lenguas, por arcaicas que se las suponga, escapen al "principio de contradicción" afectando la misma expresión a dos nociones mutuamente exclusivas o siquiera contrarias. De hecho, seguimos esperando que salgan a luz ejemplos serios. Si se supone que exista una lengua en la que se diga lo mismo "grande" y "pequeño", será que en tal lengua la distinción entre "grande" y "pequeño" carece literalmente de sentido y no existe la categoría de la dimensión, no que se trate de una lengua que admita una expresión contradictoria de la dimensión. La pretensión de realizar semejante búsqueda de distinción sin hallarla realizada demostraría la insensibilidad a la contradicción no en la lengua, sino en el investigador, pues es por cierto un propósito contradictorio imputar al mismo tiempo a una lengua el conocimiento de dos nociones en tanto que contrarias, y la expresión de ellas en tanto que idénticas.


Otro tanto ocurre con la lógica particular del sueño. Si caracterizamos el desenvolvimiento del sueño mediante su total libertad en las asociaciones y la imposibilidad de admitir una imposibilidad, es ante todo porque seguimos su itinerario y lo analizamos en los marcos del lenguaje, y que lo propio del lenguaje es no expresar sino lo que es posible expresar. No se trata de una tautología. Un lenguaje es ante todo una categorización, una creación de objetos y de relaciones entre estos objetos. Imaginar una etapa del lenguaje, tan "original" como se quiera, pero no obstante real e "histórico", en que determinado objeto fuera denominado como siendo él mismo y al mismo tiempo no importa cuál otro, y en que la relación expresada fuera la relación de contradicción permanente, la relación no relacionante, donde todo sería ello mismo y otro, es imaginar una pura quimera. En la medida en que podemos auxiliamos con el testimonio de las lenguas "primitivas" para remontamos a los orígenes de la experiencia lingüística, debemos enfrentamos por el contrario a una extrema complejidad de la clasificación y multiplicidad de categorías. Todo parece apartamos de una correlación "vivida" entre la lógica onírica y la lógica de una lengua real. Notemos también de paso que justamente en las sociedades "primitivas", lejos de que la lengua reproduzca el tren del sueño, es el sueño el que es reducido a las categorías de la lengua, en vista de que es interpretado en relación con situaciones actuales y por mediación de un juego de equivalencias que lo someten a una verdadera racionalización lingüística (3).


Lo que Freud pidió en vano al lenguaje "histórico", hubiera podido pedírselo, en cierta medida, al mito o a la poesía. Ciertas formas de poesía pueden emparentarse con el sueño y sugerir el mismo modo de estructuración, introducir en las formas normales del lenguaje esa suspensión del sentido que el sueño proyecta en nuestras actividades. Pero entonces sería, paradójicamente, en el surrealismo poético —que Freud, al decir de Breton, no comprendía— donde hubiese podido hallar algo de lo que erradamente buscaba en el lenguaje organizado.


En Freud, semejantes confusiones parecen nacer de su constante recurso a los "orígenes": orígenes del arte, de la religión, de la sociedad, del lenguaje. Traspone sin cesar lo que le parece "primitivo" en el hombre a un primitivismo de origen, pues es por cierto en la historia de este mundo donde proyecta lo que podría denominarse una cronología del psiquismo humano. ¿Es legítimo esto? Lo que la ontogenia permite al analista plantear como arquetípico no es tal sino con respecto a lo que lo deforma o reprime. Pero si de esta represión se hace una cosa que sea genéticamente coextensiva con la sociedad, va no es más posible imaginar una situación de sociedad sin conflicto que un conflicto fuera de la sociedad. Róheim ha descubierto el complejo de Edipo en las sociedades más "primitivas". Si este complejo es inherente a la sociedad como tal, un Edipo libre de casar con su madre es una contradicción en los términos. Y, en tal caso, lo que hay que nuclear en el psiquismo humano es justamente el conflicto. Pero entonces la noción de "original" no tiene ya el menor sentido.

En cuanto se pone el lenguaje organizado en correspondencia con el psiquismo elemental, se introduce en el razonamiento un dato nuevo que rompe la simetría que se pensaba establecer. El propio Freud ha probado esto, a despecho suyo, en su ingenioso ensayo sobre la negación (4). Reduce la polaridad de la afirmación y de la negación lingüísticas al mecanismo biopsíquico de la admisión en sí o del rechazo fuera de sí, ligado a la apreciación de lo bueno y de lo malo. Pero también el animal es capaz de esta evaluación que conduce a admitir en sí o a rechazar fuera de sí. La característica de la negación lingüística es que no puede anular sino lo que es enunciado, que debe plantear explícitamente para suprimir, que un juicio de no existencia tiene necesariamente también el estatuto formal de un juicio de existencia. Así la negación es primero admisión. Muy otro es el rechazo de admisión previa que se llama represión. Freud mismo enunció harto bien lo que la negación manifiesta: "Una representación o un pensamiento reprimidos pueden, pues, abrirse paso hasta la conciencia, bajo la condición de ser negados. La negación es una forma de percatación de lo reprimido: en realidad supone ya un alzamiento de la represión, aunque no, desde luego, una aceptación de lo reprimido. Conseguimos vencer también la negación e imponer una plena aceptación intelectual de lo reprimido, pero sin que ello traiga consigo la anulación del proceso represivo mismo." ¿No se ve aquí que el factor lingüístico es decisivo en este proceso complejo, y que la negación es en alguna forma constitutiva del contenido negado, y así de la emergencia de tal contenido en la conciencia y de la supresión de la represión? Entonces lo que subsiste de la represión no es ya sino una repugnancia a identificarse con este contenido, pero el sujeto no tiene ya poder sobre la existencia de éste. También aquí su discurso puede prodigar las denegaciones, mas no abolir la propiedad fundamental del lenguaje: implicar que alguna cosa corresponde a lo que es enunciado, alguna cosa y no "nada".


Llegamos aquí al problema esencial, cuya urgencia testimonian todas estas discusiones y el conjunto de los procedimientos analíticos: el del simbolismo. Todo el psicoanálisis se funda en una teoría del símbolo. Ahora, el lenguaje no es más que simbolismo. Pero las diferencias entre los dos simbolismos ilustran y resumen todas las que indicamos sucesivamente. Los análisis profundos que Freud hizo del simbolismo del inconsciente iluminan también las vías diferentes por las que se realiza el simbolismo del lenguaje. Al decir del lenguaje que es simbólico, no se enuncia aún sino su propiedad más manifiesta.

Hay que añadir que el lenguaje se realiza necesariamente en una lengua, y entonces aparece una diferencia, que define para el hombre el simbolismo lingüístico: es aprendido, es coextensivo con la adquisición que el hombre hace del mundo y de la inteligencia, con los que acaba por unificarse. Se sigue que los principales de estos símbolos y su sintaxis no se separan para él de las cosas y de la experiencia de ellas; debe apropiárselos a medida que las descubre como realidades. A quien abarca en su diversidad estos símbolos actualizados en los términos de las lenguas, bien pronto le aparece que la relación de estos símbolos con las cosas que parecen cubrir sólo se deja verificar, no justificar. Con respecto a este simbolismo que se realiza en signos infinitamente diversos, combinados en sistemas formales tan numerosos y distintos como lenguas hay, el simbolismo del inconsciente descubierto por Freud ofrece caracteres absolutamente específicos y diferentes. Hay que subrayar algunos. Ante todo, su universalidad. Parece, según los estudios realizados sobre los sueños o las neurosis, que los símbolos que los traducen constituyen un "vocabulario" común a todos los pueblos sin acepción de lengua, por el hecho, evidentemente, de que no son ni aprendidos ni reconocidos como tales por quienes los producen. Por añadidura, la relación entre estos símbolos y lo que relatan puede definirse mediante la riqueza de los significantes y la unicidad del significado, en virtud de que el contenido está reprimido y no se libera sino so capa de las imágenes. En compensación, a diferencia del signo lingüístico, estos significantes múltiples y este significado único están constantemente vinculados por una relación de "motivación". Se observará final- mente que la "sintaxis" que encadena estos símbolos inconscientes no obedece a ninguna exigencia lógica, o más bien no conoce sino una sola dimensión, la de la sucesión que, como Freud vio, significa asimismo causalidad.

Estamos pues en presencia de un "lenguaje" tan particular que resulta de la mayor importancia distinguirlo de lo que llamamos así. Es subrayando estas discordancias como mejor puede situárselo en el registro de las expresiones lingüísticas. "Esta simbólica -dice Freud- no es especial del sueño, reaparece en toda la imaginería inconsciente, en todas las representaciones colectivas, populares en especial: en el folklore, los mitos, las leyendas, los proverbios, los dichos, los juegos de palabras ordinarios; ahí hasta es más completa que en el sueño." Queda así bien planteado el nivel del fenómeno. En el área en que se revela esta simbólica inconsciente, podría decirse que es a la vez infra y supralingüística.

Infralingüística, tiene su fuente en una región más profunda que aquella en que la educación instala el mecanismo lingüístico. Utiliza signos que no se descomponen y que comprenden numerosas variantes individuales, susceptibles a su vez de acrecentarse por recurso al dominio común de la cultura o a la experiencia personal. Es supralingüística por el hecho de utilizar signos extremadamente condensados que, en el lenguaje organizado, corresponderían más bien a grandes unidades del discurso que a unidades mínimas. y entre estos signos se establece una relación dinámica de intencionalidad que se reduce a una motivación constante (la "realización de un deseo reprimido") y que echa mano de los rodeos más singulares. Retornamos así al "discurso". Prolongando esta comparación, tomaríamos un camino de comparaciones fecundas entre la simbólica del inconsciente y ciertos procedimientos típicos de la subjetividad manifestada en el discurso. Al nivel del lenguaje es posible precisar: se trata de los procedimientos estilísticos del discurso. Pues es en el estilo, antes que en la lengua, donde veríamos un término de comparación con las propiedades que Freud descubrió como señaladoras del "lenguaje" onírico. Llaman la atención las analogías que se esbozan aquí. El inconsciente emplea una verdadera "retórica" que, como el estilo, tiene sus "figuras", y el viejo catálogo de los tropos brindaría un inventario apropiado para los dos registros de la expresión. Por una y otra parte aparecen todos los procedimientos de sustitución engendrados por el tabú: el eufemismo, la alusión, la antífrasis, la preterición, la lítote. La naturaleza del contenido hará aparecer todas las variedades de la metáfora, pues es de una conversión metafórica de la que los símbolos del inconsciente extraen su sentido y su dificultad a la vez. Emplean también lo que la vieja retórica llama metonimia (continente por contenido) y sinécdoque (parte por el todo), y si la "sintaxis" de los encadenamientos simbólicos recuerda algún procedimiento de estilo entre todos, será la elipsis.

En una palabra, conforme se establezca un inventario de las imágenes simbólicas en el mito, el sueño, etc., se verá probablemente con mayor claridad en las estructuras dinámicas del estilo y en sus: componentes afectivos. Lo que hay de intencional en la motivación gobierna oscuramente la manera como el inventor de un estilo conforma la materia común y, a su modo, se libera de ella. Pues lo que se llama inconsciente es responsable de cómo el individuo construye su persona, de lo que afirma y de lo que rechaza o desconoce, y esto motiva aquello.













1 Introducción al psicoanálisis, 1 (1968).
Las referencias a los textos de Freud se harán con las abreviaturas siguientes: G. W. con el número del volumen para los Gesammelte Werke, edición ~ cronológica de los textos alemanes, publicada en Londres, Imago Publishing; S. E. para el texto inglés de la Standard edition, en curso de publicación por
Hogarth Press; C. P. para el texto inglés de los Collected Papers, Hogarth Press, ( Londres. [La edición española citada es la de Biblioteca Nueva, Madrid, 3 ~ tomos, 1967-1968.]


2 Psicoanálisis aplicado, pp. 1056-7; Collected Papers, IV, pp. 184-191; G. W., VIII, pp. 214-221.


3 Cf. La interpretación de los sueños, cap. n, p. 306, n. 1: "(...)1os 'libros de los sueños' orienta]es (…) Efectúan casi siempre la interpretación guiándose por la similicadencia o analogía de las palabras..." G. W., n-m, p. 103; S. E., IX, p. 99.

4 G. W., XIV, pp. 11-15; C. P., v, pp. 181-185; B. N., 11, pp. 1134-6.







Benveniste Émile
Problemas de lingüística general
Siglo XXI Editores
18 Edición, México 1995.
Capítulo VII Observaciones sobre la función del lenguaje en el descubrimiento Freudiano
pp. 75-87

martes, 25 de agosto de 2009

CARTA PSICOANALÍTICA 14 EN EL AIRE....


Revista Carta Psicoanalítica
ISSN: 1665 - 7845

Número 14. Junio de 2009

Editorial
Julio Ortega Bobadilla

Psicoanálisis y cultura. Cien años con Lévi-Strauss

Coloquio realizado por la Escuela Libre de Psicología, Casa de las Humanidades UNAM, México D.F., el 1 y 2 de agosto de 2008

Palabras de bienvenida
José Eduardo Tappan Merino

El cuerpo de la cultura: “La estructura inconsciente del cuerpo humano”
Adriana Guzmán

De Dioses y Sectas: Figuras del amo alucinado
Juan Manuel Rodríguez Penagos. Enrique Mora Jiménez

Coincidencias entre Lévi-Strauss y Freud
Edith Calderón Rivera

El psicoanálisis: un oasis de experiencia en el desierto de la vida contemporánea
Helena Maldonado Goti

La fuerza de lo Real
Julio Ortega Bobadilla

Lacan y Lévi-Strauss
José Eduardo Tappan Merino

Infancia: ¿Con-di(c)ción o evolución?
Liora Stavchansky Slomianski

Actualidades de la lectura de Lévi-Strauss del “Ensayo sobre el don” de Marcel Mauss
Eleazar Correa González

“R es mi tío”
Marina Lieberman

Mal-estar con el deseo
Hans Saettele

Psicoanálisis y Cultura (Una lectura mítica sobre el nosotros)
Juan Carlos Muñoz Bojalil

Mitología de Lévi.Strauss
María Eugenia Olavarría

Artículo invitado

Psicoanálisis y Medicina. Divergencias propedéuticas en el campo de la Salud Mental
Jesús Cañal Fuentes





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martes, 18 de agosto de 2009

Contrato para maestra... virgen y mártir.

UNA AMIGA FILÓSOFA, ENCONTRÓ POR AHÍ, ÉSTA COPIA DE UN CONTRATO PARA MAESTRA DE PRIMARIA (ESCUELA ELEMENTAL)... LÉANLO CON ATENCIÓN... CREO QUE LES VA A HACER GRACIA.

20 películas indispensables.


Antecedente: Dos amigos estuvimos teniendo una discusión un poco absurda. Se trataba de decidir, por encargo, cuáles serían las 20 películas indispensables para un cinéfilo. Durante largo tiempo estuvimos sacando los pros y los contras de cada una de ellas… la lista que obtuvimos y que compartimos es:


LISTA de JULIO ORTEGA:


1) El nacimiento de una nación de D. W. Griffith

2) El ciudadano Kane de Orson Wells

3) La soga de Hitchcock

4) Blancanieves de Walt Disney

5) El Padrino de Ford Coppola.

6) El hombre elefante de David Lynch.

7) Metrópolis de Fritz Lang

8) El gabinete del Dr. Caligari de Weiner

9) Las alas del deseo de Wim Wenders.

10) El espejo de Tarkowski.

11) Rashomon de Kurosawa

12) El libro de cabecera de Peter Greenaway.

13) El ladrón de Bicicletas de Vittorio de Sica

14) Ocho y medio de Fellini.

15) Adiós a mi concubina de Chen Kaige.

16) El acorazado Potemkin de S.M. Einsenstein.

17) El hombre de mármol de Andresej Wajda.

18) Pierrot el loco de Jean Luc – Goddard,

19) Jules et Jim de Françoise Trauffaut.

20) Gritos y susurros de Bergman



LISTA de EUGENIO PALOMO:

1) Juana de Arco de Carl Th. Dreyer

2) El nacimiento de una nación de D. W. Griffith

3) Avaricia de Erich Von Stroheim.

4) El acorazado Potemkin de Einsenstein

5) Maquinista de la generala de Buster Keaton.

6) Madre de Pudovkin.

7) Citizen Kane de Orson Wells.

8) M de Fritz Lang

10) Blade Runner de Ridley Scott.

11) Persona de Bergman

12) Trono de sangre de Kurosawa

13) Deserto rosso de Antonioni.

14) El desprecio de Goddard

15) Faraón de Kawalerowiz.

16) La tierra de la gran promesa Andresej Wajda.

17) Antonio Das mortes de Glauber Rocha.

18) Lancelot de Bresson

19) Nosferatu de Murnau

20) Las amargas lágrimas de Petra Von Kant Fassbinder


Y ustedes amigos… ¿Cuál sería su lista de esas 20 películas?

domingo, 16 de agosto de 2009

El estatuto del deseo en la decisión de una intervención médica.


Inside me I'm screaming, nobody pays any attention. If I had arms, I could kill myself. If I had legs, I could run away. If I had a voice, I could talk and be some kind of company for myself. I could yell for help, but nobody would help me.
Johnny Got His Gun (1971) de Dalton Trumbo.


Existe una nueva problemática en lo que se refiere al hombre y que se empareja con las elucubraciones de ese género tan malamente llamado ciencia-ficción, pues sabemos nosotros que la ilusión, el sueño y la fantasía son la morada oculta del saber y la verdad, por tanto no hay ficción sino propiamente anticipación. Las promesas de la modernidad, basadas en buena parte en el desarrollo de la técnica han dado a la luz un nuevo ensueño prodigioso y siniestro tan formidable como la invención del monstruo del Dr. Frankenstein, producto del desvelo de la tierna, grácil: Mary W. Shelley. La Posmodernidad hendida por una incertidumbre gozosa y transformaciones sin antecedentes en el campo de la intimidad, plantea nuevos escenarios para el juicio ético que amenazan los valores considerados tradicionalmente como inalienables al hombre.
El rol del médico ha cambiado del papel de luchador contra el Mal, chamán eficaz, pastor y guardián de la vida de la persona, al de un ser casi omnipotente que puede decidir sobre el futuro del hombre de manera sobrecogedora. Su poder sobre el paciente, es tal que, nos recuerda al mismísimo poder de la Madre sobre su producto, al cual puede con su pasión o indiferencia marcar o borrar del todo.
Digámoslo en otras palabras y con nuestro ejemplo hagamos un comentario psicoanalítico y por qué no: filosófico. El niño en su relación con la Madre, se topa con un ser prácticamente omnipotente. Su vida pende del fino hilo de amor por el cual se sostiene vivo en este mundo, alimentación, cariño y deseo de vivir le son proporcionados por esa presencia en mucho indescifrable. Esta sombra, esa Cosa carnal e invasiva que es mamá juega para él un rol determinante en su origen y en su posterior forma de encarar su destino, así entonces el Edipo ya está ahí presente como una Demanda de amor y un deseo de madre. Bebé quiere presencia absoluta, servidumbre completa por parte de mamá. Mamá va y viene, aparece y desaparece en un juego de presencias y ausencias (1, 0, 1, 0, 1, 0...) que revitalizan el deseo e inauguran el protopensamiento, siempre dirigido a encontrar la respuesta de esa falta, a buscar también la forma de paliarla a través del juego y la imaginación, de la representación simbólica.
Es un juego de vida y de muerte, de oscuridad y luz, que establece una primera dialéctica en el sujeto, juego dual que repetiremos una y mil veces a lo largo de nuestras vidas a través de los desencuentros y encuentros con la venturosa dicha del amor o las cartas marcadas de la suerte. Aquí tendrá su origen una división estructural, un desgarramiento germinal que hace que el ser humano esté abierto siempre a algo distinto de lo que se imagina obsceno e inconsciente, azaroso e incontrolable, que le hace estar condenado a alienarse en las barreras de la "salud" para no precipitarse en los abismos de la "locura".
Esta dialéctica marca nuestra visión del mundo y nos clava, a veces, en cosmovisiones pletóricas de prejuicios y estilos que no recogen sino ese espíritu banal, dual y maniqueo comprensible sólo a partir de esa historia infantil de todo o nada. De aquí, por otro lado, se derivan ideas que reproducen en diferentes niveles, esas contradicciones imaginarias, pero fundamentales que rigen la lógica del sentido común frente a la dualidad normalidad y patología. Ya los antiguos chinos estructuraban en una dialéctica curiosa del Ying y del Yang de la que tal vez no nos hayamos desprendido aún y a la que hemos ido agregando sin pensar series de oposiciones como: Bueno − Malo; Luz − Sombra; Activo − Pasivo; Cordura − Locura; Masculino − Femenino; Vida − Muerte.
El tejido de la materia compleja que ahora nos ocupa, además de tocar la oposición Vida − Muerte en un paciente, roza cuestiones como la autonomía y la libertad. Una nueva violencia se ejerce sobre el hombre, más sutil y al mismo tiempo más efectiva. Foucault ha previsto el hecho de diferentes formas, al leer en la benevolencia de las intenciones más humanísticas el asomo de nuevas prisiones y cadenas al espíritu humano.
Según este autor, el cuerpo no es más la prisión del alma, sino que el alma es la prisión del cuerpo.
Y aquí uno debe preguntarse: ¿Qué nuevas reflexiones podrían suscitar el desarrollo sin precedentes de la biotecnología? Aquí, el cuerpo desde el dominio mismo de eso Real salta desde donde ha sido forcluido, expulsado y toma venganza cruel de la miopía y el descuido judeo-cristiano de Occidente por la carne. La temática general de la bioética puede enunciarse con preguntas como las siguientes: ¿Qué es preferible, salvar la vida o mirar por la calidad de ella? ¿Todo lo que técnicamente es posible hacer, puede o debe éticamente hacerse? La materia concreta abarca cuestiones como: aborto, eutanasia, dejar morir a recién nacidos deficientes, experimentación fetal, inseminación artificial y fecundación in vitro, experimentación e investigación sobre humanos, manipulación genética, clonación, trasplante de órganos, todo eso que implica sin que se mencione a voz en cuello, las relaciones entre médico y enfermo.
Recuerdo que en Johnny Got His Gun (1971) de Dalton Trumbo readaptada para un video de Metallica y luego refilmada en 2008 (movimientos inútiles para un clásico), el protagonista se encuentra prácticamente enterrado en lo que sería su cama de hospital. Está vivo pero no puede hablar, oye pero no puede comunicarse… simplemente está ahí, vegetando e imaginando a sus seres queridos del pasado, haciendo recuento de sus momentos placenteros y pagando por sus pecados. Todo es doloroso, porque no tiene piernas ni brazos y no puede elegir entre vivir o morir, simplemente está ahí para vegetar y mantener en alto la conciencia moral de sus médicos.
Estos problemas son sólo algunas posibilidades de las complicaciones éticas que surgen con los nuevos desarrollos de la medicina y las ciencias biológicas. Este asunto, conocido como bioética, comprende una reflexión interdisciplinaria entre médicos, abogados, psicólogos, científicos, religiosos y filósofos en la toma de decisiones concernientes a la salud y la vida. Se han establecido centros para la investigación en bioética en Australia, Gran Bretaña, Canadá, y los Estados Unidos. Muchas escuelas médicas han agregado con pertinencia, la discusión de problemas éticos en medicina a sus planes de estudios. Distintos gobiernos han buscado tratar con los problemas más polémicos fijando comités especiales para proporcionar consejos éticos.
Recientemente el código ético de los médicos españoles ya admite la pluralidad ideológica (¡Vaya!) entre sus asociados. En la redacción aprobada hace relativamente poco tiempo y en relación con el aborto, la frase: "el médico es un servidor de la vida humana" da lugar a una interpretación que atiende a la calidad de vida y sustituye a la anterior que no consideraba deontológico: "...admitir en la existencia humana un período en el que la vida humana carece de valor. En consecuencia el médico está obligado a respetarla desde su comienzo."
Estos mismos médicos españoles han cerrado filas, no obstante, en cuanto a mantener su condena a la eutanasia activa aunque el término mismo desaparece del texto anterior y en consecuencia, también su anterior definición como: "homicidio por compasión". Al parecer no hay una legislación completa sobre el hecho en la legislación española como no sea en el Código penal que la contempla como un homicidio, si bien atenuado por sus motivaciones que podrían ser las de conmiseración o misericordia.
Holanda, Bélgica y la ciudad de Oregon parecen ser las únicas partes en el mundo que han legislado sobre el tema de manera explícita y permiten la intervención del médico para interrumpir una vida cuando esta decisión ha sido justificada y anticipada por el paciente.
Pero, varios temas significativos en el plano filosófico son atravesados por los asuntos que comprenden la bioética. Una pregunta trascendental es, si la calidad de una vida humana puede ser una razón para acabar con la existencia misma o si se debe decidir prolongarla a toda costa.
Hoy en día la ciencia médica puede conservar la vida a infantes discapacitados o inválidos que hace unos años se habrían muerto poco después de su nacimiento, los pediatras contemporáneos se enfrentan regularmente con esta pregunta antes reservada al azar, al destino o a Dios.
Recordemos aquí que 1981 en la Gran Bretaña cobró publicidad nacional un pediatra que cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de los padres con un niño con síndrome de Down, el tribunal descargó, en esa ocasión, al galeno de responsabilidad. Al año siguiente, en los Estados Unidos se despertó un gran descontento por la decisión de otro doctor para no proceder con cierta cirugía que aseguraría la vida de otro bebé con síndrome de Down, siguiendo también los deseos de los padres. La sentencia hacia el doctor por la Suprema Corte de Indiana fue aplazada y el bebé se murió antes de que una posterior apelación pudiera hacerse en la Suprema Corte Americana.
A pesar de los esfuerzos por los diferentes Estados de asegurar que a esos infantes discapacitados se les proporcione el tratamiento adecuado que salvaguarde sus vidas a toda costa, países a la vanguardia de estas cuestiones como la Gran Bretaña o los Estados Unidos no han llegado a un acuerdo sobre las decisiones que deben tomarse cuando estos niños "con características especiales" nacen o quien debe tomar estas decisiones.
Los adelantos científicos en materia de medicina han planteado muchas preguntas sin una respuesta clara. Ni siquiera aquellos que defienden la sacralidad de la vida humana están seguros de que los doctores tienen que usar su criterio para prolongar la existencia del paciente y la distinción entre lo ordinario y extraordinario, entre los actos y omisiones, es una materia compleja y de márgenes imprecisos. Muchos afirman que los deseos del paciente deben respetarse sobre cualquier otra consideración y si éstos no pueden determinarse, la calidad de la vida del paciente es la base más pertinente para tomar una decisión sobre el destino del enfermo.
En México el panorama de discusión sobre el tema se encuentra particularmente atrasado... la eutanasia está prohibida y el retroceso del panorama político social no hace viable una discusión abierta sobre un tema tan polémico sin que sea condenado por los poderes reinantes.

El Consejo de Europa a través del Convenio de Asturias de Bioética, ha signado una serie de disposiciones generales en lo que respecta a la protección de los Derechos Humanos y la dignidad del ser humano con respecto de las aplicaciones de la Biomedicina que siguen los principios considerados más elementales de respeto a la dignidad humana. Entre los capítulos de dicho convenio está reservado uno que habla del respeto o la toma en consideración de los deseos del paciente. Es curioso, que en una sociedad capitalista occidental como la nuestra donde la marca de la represión y el acondicionamiento del deseo a patrones sociales permisibles señala una resistencia al deseo en sus formas más puras, se respete el deseo de un... casi muerto. Formulación sencilla, en realidad alude a una cuestión compleja y trascendental y que refiere al estatuto del deseo en situaciones críticas donde el deseo es precisamente lo que ha abandonado el cuerpo y digámoslo claro, el deseo es siempre disconfort. De paso, señalemos que, las concepciones de R. Leriche tan caras a la reflexión médica son claramente absurdas y fuera de lugar en casos de muerte cerebral, pero quizá no resistan un análisis detenido. Dice el autor: "La salud es el silencio de los órganos". Cuando se afirma esto se olvida que la tensión del deseo sexual y del hambre no cumplen con este requisito. Una buena salud sin deseo sexual, sin hambre, sin sed, sin fatiga, sin necesidad de dormir, no es en realidad, una salud en absoluto. Más aún, esas tensiones no son desagradables del todo y no sólo por la promesa de saciedad. Y no es tampoco inútil traer a colación que el dolor mismo puede ser experimentado como placentero como en el caso del masoquismo.
Pero volvamos al tema central en esta reflexión, que no es otro que el de autonomía del paciente. Esta no sólo se refiere al caso de la eutanasia activa sino también comprende el área de experimentación sobre seres humanos en la que han sido detectados una serie de abusos que nos recuerdan tristemente a Menguele. Generalmente se está de acuerdo que los pacientes deben dar consentimiento formal a cualquier procedimiento experimental. ¿Pero cuánta y cómo se da dicha información a los pacientes en un momento dado? El problema es particularmente sutil en el caso de experimentos al azar controlados, en la que los científicos consideran que la manera más deseable de comprobación de la eficacia de un nuevo procedimiento es la ignorancia de un paciente.
La misma asignación de recursos médicos se ha vuelto un problema que involucra la decisión entre vida y muerte. Cuando los hospitales tienen un número limitado de máquinas de diálisis los médicos deben establecer criterios sobre cuáles de sus pacientes que padecen alguna enfermedad que hace disfuncionales sus riñones, pueden utilizar las escasas máquinas.
Algunos médicos han defendido el criterio de que se atienda a los enfermos por orden de llegada, considerando que es una medida de elemental justicia. Sin embargo, la mayoría ha pensado que, pacientes más jóvenes o enfermos con dependientes económicos a cargo deben tener preferencia.
Pensemos también en el ventilador mecánico que ayuda a respirar a la persona cuando hay insuficiencia respiratoria y el cuerpo no puede exhalar e inhalar por sí sólo o la respiración es muy insuficiente para la supervivencia como es en el caso de: Infartos cerebrales, infarto del corazón, insuficiencia cardiaca, neumonías severas, estados de coma, comas diabéticos, infección generalizada, problemas neurológicos, tumor cerebral entre algunos otras enfermedades en casos como éstos, la decisión médica es más bien espontánea y confiada en un criterio no claro. Reflexionemos también sobre el conflicto que para el médico representa enfrentar la tradición de ciertos grupos religiosos que entre sus normas morales sostienen la no transfusión de sangre o que prefieren que los pacientes sean llevados a morir a su casa en casos en los que la medicina podría quizá prolongar la vida artificialmente ¿Qué debe hacer el médico? ¿Respetar el deseo del paciente?
Nuevos problemas éticos surgen a medida que se realizan nuevos adelantos en biología y medicina. El nacimiento en 1978 del primer ser humano concebido fuera del cuerpo humano comenzó un debate sobre la justeza ética de las técnicas de fertilización in vitro. Esto ha conducido al planteamiento de preguntas sobre la validez del congelamiento de embriones humanos y qué debe hacerse con ellos, tal y como sucedió en 1984 con dos de ellos congelados por un equipo médico australiano que quedó ante ese dilema cuando los padres fallecieron súbitamente. Una controversia más en este campo, se ha levantado con indignación sobre ciertas clínicas y agencias que ofrecieron, en un momento dado, una madre substituta como un recipiente que albergaría un bebé producto de la esperma del marido de una madre infecunda para ser entregado después al nacer a la pareja que ha pagado por el encargo. Varias preguntas surgieron: ¿Debemos permitir que las mujeres puedan alquilar sus úteros al postor más alto? Si una mujer que ha estado de acuerdo en actuar como madre substituta cambia de parecer y decide guardar al bebé: ¿Debe permitírsele llevar a cabo su repentino deseo?
Estos problemas han sido sólo el adelanto de lo que en la discusión sobre la reproducción humana será el dominio de la ingeniería genética. Los films: Gattaca (1997) de Andrew Niccol y antes THX 1138 (1971) de Georges Luckas, plantean de manera sorprendente, la posibilidad de una sociedad estructurada sobre la base de la manipulación genética que discrimina entre seres humanos "Válidos" e "Inválidos", suministrando sin más a sus miembros de un entorno asfixiante, controlado y perfecto que se asemeja más a la cárcel de un útero materno, que a la vida y sus descalabros, salpicados por encuentros fugaces con la felicidad y el placer.
Por otro lado, no deja de inquietarnos y mucho, una pregunta siempre que nos la planteamos: ¿Es la vida un valor que deba situarse sobre toda otra consideración ética? Recordemos aquí algunos nombres de personas que decidieron bajarse del tren de la vida y cuya brillantez opaca a la de casi cualquier ser viviente: Empédocles, Geràrd de Nerval, Virginia Wolf, Marlyn Monroe, Jorge Cuesta, Maiakovski, Vincent Van Gogh, Amadeo Modigliani, Malcom Lowry, Ernest Hemingway, Alfosina Storni, Paul Celan, etc.
Todos ellos, muertos célebres, inmortales que alcanzaron con su elección, la tarea de llevar a cabo el máximo su deseo tal y como Antígona lo hizo para con su muerte conseguir una estatura divina, desbordándose más allá del dolor, jugándose finalmente por una decisión implacable que ennoblece trágicamente, la condición humana.
H. G. Wells visionario de la circunstancia humana y sus abismos, expuso hace tiempo en su novela "La Isla del Dr. Moreau" − Prometeo demente protagonizado en el cine en 1933, 1977 y 1996, respectivamente, por una tríada sobrecogedora: Charles Laughton, Burt Lancaster y Marlon Brando −, una visión pesadillesca de las implicaciones del deseo de semejarse a Dios del hombre e intervenir en el curso de la Naturaleza, al punto de negar al Omnipotente y recordar la frase de Dostoievski: "Si Dios no existe, todo está permitido". No puedo menos que recordar aquí a Lacan quien dando una vuelta de tuerca más al asunto ha dicho: "Si no hay Dios (Nombre del Padre, Institución, Ley), entonces todo está prohibido". Esta lógica del impedimento ha sido recalcada por Zizek con una sola explicación posible: el Goce en sí, que nosotros experimentamos como "trasgresión", es en su estatuto más profundo algo impuesto, (agreguemos: calculado) y ordenado.
Es en este contexto, que llama más la atención la problemática que nos ocupa y que al gremio médico no le hace ningún inconveniente, cuando deciden apoyar un respeto a los deseos del paciente cuya presunción de base es la de una unidad del Sujeto casado con un deseo sin más. Cómo si el paciente supiera siempre lo que quiere, lo que es mejor para él y lo que debe hacer.
El sujeto escindido siempre está en lucha consigo mismo, engañado por la imagen de sí mismo está confundido frente a su propio deseo. El deseo no es en sí cuestionado como cara de una moneda: cuyo envés, siempre lleva un revés. El deseo del paciente no es para el médico cuestionable porque ignora que, como Lacan ha dicho: "El deseo es el deseo del Otro". ¿Hay alguien que no haya sufrido en carne propia eso? ¿Todavía hay quien pueda negar al psicoanálisis su perspicacia? La fábula de los tres deseos que a Freud tanto le gustaba citar, es elocuente. El deseo allí es motor y condena que surge del Otro siempre. Perderse un poco en Freud y más en Lacan no estaría de más para los médicos, de hecho el mago del verbo francés remitiría a los galenos como primer paso para su reflexión a la lectura presurosa de: La Crítica de la razón práctica, La filosofía del tocador, Los diez Mandamientos y La epístola a los romanos.
Y… desde luego… Sigmund Freud… que debía ser lectura obligada para todos los médicos... un hombre que escogió la eutanasia cuando el dolor de la vida le hizo perder el sentido de ésta. Quizá ese sea un criterio en sí, que no han considerado demasiado los galenos, y que deberían masticar un poco antes de sentirse omnipotentes dioses domésticos.

Christopher Bollas: Mental pain

Conferencia de Christopher Bollas: Mental Pain.