miércoles, 19 de marzo de 2008

El Goce del adicto: Psicoanálisis y toxicomanía.

El primer paso para resolver un problema es definirlo adecuadamente y precisamente respecto al tema de la toxicomanía encontramos variadas dificultades para llegar a una precisión en lo que respecta a las coordenadas de su estructura.
Se ha dicho repetidas veces en los medios que el problema de las drogas es social, que es un inconveniente de nuestros tiempos. El empuje desenfrenado a la búsqueda de placer, como reza el anuncio de cierto refresco de Cola: ¡Goza! Parece ser el signo implacable de nuestros tiempos, el mandato superyoico, el ideal a alcanzar inmediata y forzosamente. El fracaso de nuestras sociedades, sin embargo, prueba lo inútil de nuestros afanes para alcanzar el Paraíso Perdido, que imaginamos, alguna vez existió.

El pobre adelanto del siglo XX ha sido reducir esos sueños idílicos a la producción de múltiples substancias, a su envase e industrialización, de tal manera que se pusiese al alcance de todo aquel que pudiera pagarlas el engaño de una felicidad infecunda. El coste ha sido alto (violencia social, polución, cambio climático) y no hemos podido eliminar para nada el Malestar en la Cultura. La farmacopea ha fracasado en eliminar el deseo humano por obtener respuestas frente a preguntas insolubles y la gente se refugia en la religión, las sociedades secretas, las terapias alternativas, los placebos y otras formas de esclavismo que ofrecen seguridades que no brindan los fármacos.
El caso que nos ocupa, que es el de las drogas, junto con el tabaquismo y el alcohol, son elíxires que – podemos decir – han acompañado al hombre desde el principio de su existencia. Reservadas en las culturas primordiales a los viejos, los chamanes y aquellos que debían iniciar un viaje de reflexión interna hacia el fondo de sí mismos del que retornarían con una sabiduría incrementada; a través del tiempo y merced al progreso civilizatorio de Occidente se convirtieron en una moneda corriente que dejó de ser tabú, para convertirse en una forma de relación con el deseo que más que desarrollar u optimizar nuestra relación con éste, nos aleja más y más de éste, pudiendo llegar a sustituir la relación con el mundo, por una representación fantasmática que llega a suplir completamente a la realidad. No en balde los pitagóricos insistían en un hermetismo de sus tradiciones y conocimientos, considerando que si los mitos órficos o báquicos fuesen accesibles a todo el mundo, podrían acarrear daños incalculables.
El bienestar casi completo e instantáneo que proporcionan las drogas le coloca por encima de las relaciones sexuales (que necesitan previo calentamiento, súplicas y hasta sufrimiento) y no es por ello difícil imaginar que un drogadicto pueda sustituir a las personas por el goce en polvo ó líquido, de substancias que son más manejables que los seres humanos de carne y hueso.
En este extremo goce narcisista que implica completamente al cuerpo y que llega a prescindir del semejante, se efectúa una refusión con el Otro materno que lleva a un goce no fálico, es decir, de naturaleza sin límite. El drogadicto vuelve por un escaso instante a volver a ser el bebé de brazos, alucinando la vuelta a la completud en el vientre de su progenitora. Nada puede satisfacerle más que ese estupor situado, más allá de la racionalidad y el pensamiento. Ese acto de completud lasciva y en el fondo incestuosa, substituye a cualquier operación simbólica y lo sitúa más allá del lenguaje, en el reino de la completud propio del psicótico.
La experiencia empírica, muestra por otro lado, que el efecto que tiene el uso prolongado de substancias depresivas, estimulantes ó alucinógenas sobre el desempeño sexual es simplemente nefasto, corroborando la substitución del interés sexual normal por uno de naturaleza perversa, tal y cómo lo señalaba Freud desde sus Tres Ensayos para una teoría sexual (1905).
Así pues, la toxicomanía se sitúa en el intervalo que separa la perversión de la psicosis, según la clínica razonada en la teoría lacaniana, sin llegar a ser del todo una estructura clínica, oscilando la posición del sujeto adicto entre esos dos mundos aparentemente incompatibles. Por la droga y en búsqueda de la droga se tocará el terreno de la violencia del deseo sin restricciones, el terreno del Mal que es el otro nombre del deseo. El pasaje al acto y otras formas de substitución del lenguaje serán así corrientes en el quehacer del drogadicto.
El cuerpo se juega de manera singular en la toxicomanía. La droga viene a ocupar el lugar del objeto que permitiría una vía de acceso privilegiada e inmediata hacia el goce, así como un modo de impugnar al Otro y a la dependencia que tenemos de éste. La droga se convierte en el Santo Grial, la Piedra filosofal, el aqua vitae, de la cual se espera salvación y plenitud, convirtiéndose así en un objeto de necesidad imperiosa.
La satisfacción del deseo se vuelve necesidad, devolviendo al hombre a su condición animal sin aceptar postergación, ni sustitución metafórica de ningún tipo del objeto. El toxicómano se acerca a la imagen mítica del vampiro ancestral que debe chupar sangre para poder sobrevivir y que en su búsqueda arrasa con la vida.
En la esperanza de ir más lejos en el goce, el toxicómano recula de los límites del símbolo, al drogadicto le es necesario, alcanzar otras formas de goce más brutales. Rosa Aksenchuk
[1] dice sobre cierto tipo de prácticas que englobarían a nuestro estudio: “En este sentido, las prácticas sadomasoquistas se presentan como una tentativa de síntesis entre dos virtualidades: por un lado, la anulación o desaparición de la voluntad que supone el abandono del sujeto al goce del Otro; y por el otro, la búsqueda de un nuevo goce que supere en grado sumo a una sexualidad más convencional, a la que el par sadismo-masoquismo vendría entonces a dar respuesta, en tanto pone en juego la posibilidad de gozar ya no desde la aproximación limitada y provisional de órganos particulares sino desde un cuerpo que goza y esto está más presente en el masoquismo que en el acto sexual más convencional”.
La droga es, pues así, el rechazo de la finitud, de la castración y del ser para la muerte. Negación de todo límite posible, que prefiere la promesa de la completud a la miseria de la falta que caracteriza a los seres humanos normales. En términos lacanianos, frente a la castración que humaniza, el imperativo superyoico promueve el cumplimiento inhumano del ideal del goce por el goce mismo, fuera de toda temporalidad y finitud.
La droga se posiciona así, fuera del goce fálico, en tanto que dicho goce impulsa hacia el Otro, mientras que su goce parece situarse en un más allá de lo imaginario y lo simbólico, en el plano del mero real. Su goce empuja al autoerotismo y niega la diferencia, la diacronía, forzando al cuerpo a romper cualquier límite y al toparse con la imposibilidad corpórea, real de lograrlo, revienta al sujeto y lo vuelve gargajo, expectoración, mera excrescencia fuera de cualquier máscara posible.
Alfredo Moreno
[2] afirma:”El sujeto se conecta a una instancia que lo conecta directamente al goce, además que no pasa por el forzamiento del cuerpo del otro. Hablamos, de esta manera, del sustituto de la sexualidad”.
Quizá no pueda concordar del todo con el autor de esta frase, la sexualidad no se substituye, más bien se intenta negar la diferencia sexual a partir de la afirmación de un goce no fálico. El inconsciente sigue siendo sexual a pesar de este intento y precisamente la reducción del toxicómano a excrescencia lo sitúa en un punto muerto en el que ese más allá del deseo se reduce a simple vómito: la refundición a pesar de todo, en el goce del Otro sin jamás poder alcanzar el goce del Uno.
Para Moreno
[3]:
“La droga llega a enmascarar o sustituir el deseo de carácter inconsciente. Al suceder esto, el deseo queda a un más desconocido que nunca detrás del sujeto de la droga. Existe el goce o existe la nada. La necesidad es absoluta” (…) “El toxicómano se muestra como una máquina sin deseos, así como la negativa del fantasma de la castración a través de la negación del falo”.
Nuevamente disiento con el término “máquina sin deseos” para calificar al toxicómano. Más bien se trata de un deseo loco de ser máquina, y de rechazar la esencia de deseo que caracteriza al hombre. Insisto, rechazo a la necesidad del otro como cuerpo, como objeto de goce, como carne y como manantial vital. Negación que tiene como base identificable, casi siempre, una historia de sufrimiento infantil y de rechazos por parte de ese otro.
En esa negación, el cuerpo se dilata en el mundo constituyendo un cuerpo libidinal que se extiende en una única cara sin reverso abierta y extendida que se prolonga sin cortes hacia el exterior, constituyendo un mundo de sueños alucinatorios en el que todo es posible, no hay borde, porque no hay límite.
En el artículo de 1925 conocido como La Negación, Freud nos hacía notar que el Yo se constituye primariamente por un proceso de exclusión e inclusión. El yo primitivo, regido por el principio del placer, se introyecta todo lo bueno y expulsa de sí todo lo malo. Pero otra consecuencia de no menos importancia en esa operación, es que en base a esa lógica binaria placer — displacer, procede a juzgar la existencia real de los objetos en el mundo, tomando como base, no la percepción simple, sino la posibilidad de que debido a las bondades del objeto en el mundo, éste sea pasible de ser introyectado (considerado como interior y propio), empezando a conformarse en esta tesitura los bordes de lo real y lo imaginario, lo exterior y lo interior. Ese algo que es acogido en el Yo se constituirá como representación y base de representaciones que servirá de base para el encuentro en la realidad de un mundo posible. Si algo no existe en el Yo, no ha dejado marca, entonces no será buscado en el exterior. El planteo freudiano es completamente radical: No existe antítesis entre lo objetivo y lo subjetivo en un principio, más aún: sujeto y objeto se confunden en las primeras aproximaciones de comprensión al mundo. La más inmediata finalidad del examen de la realidad no es, hallar en la percepción real un objeto, sino reencontrarlo y compararlo con la representación correspondiente primeramente introyectada, convencerse de que aún existe.
Poco a poco, el principio de placer va cediendo su lugar a otras consideraciones. La experiencia le enseña al niño que cualquier cosa de la realidad puede ser utilizada —independientemente de su cualidad inmediata como buena o mala— para obtener un dominio del mundo que asegura poder sobre su entorno. No sólo eso, el manejo del lenguaje constituye la construcción misma de las cosas del mundo. Derrida en su libro De la gramatología (1998) va más lejos, y enfatiza esta situación, poniendo el acento en la imposibilidad de separar el lenguaje hablado del escrito y la importancia de éste último, para enladrillar el edificio científico que opera en los fenómenos, nos ofrece como ejemplo, la obra de Husserl: El origen de la geometría, dónde éste refiere cómo el lenguaje matemático (simbólico y que no forma parte de ninguna naturaleza) es la condición de posibilidad de ciertos objetos ideales y, por tanto, de la mismísima objetividad científica.
El adicto quisiera prenderse de la percepción bruta y no pasar a la reflexión, a la representación como tal, quedar en el acto puro fuera de la dimensión más simbólica del pensamiento. La renuncia a la primera impresión se niega a aparecer, la pobre metabolización de la realidad queda en el plano de la atemporalidad del ensueño ó del accionar del pasaje al acto.
Frente a este complicado panorama, surgen miles de preguntas. Una de ellas acuciante versa sobre el tratamiento posible. La respuesta no puede provenir sólo del campo psicoanalítico sino que tiene que estar ligada a la interdisciplinaridad. Un tratamiento psicoanalítico ortodoxo es inviable pues topará con el exceso del síntoma sin poder producir los cambios necesarios en la subjetividad que pasarían por la reinserción del vínculo social.
Las experiencias en diversos países demuestran que no es desde el campo de la represión y la pedagogía autoritaria como puede rescatarse al toxicómano de su patología, sino desde una perspectiva psicológica que sea dinámica y se haga cargo de su locura, soportándola y acompañando al enfermo en las diversas etapas que atraviese a lo largo de su desazón. Las experiencias comunitarias son útiles como marco de apoyo del drogadicto, pues le reinsertan en un medio controlado a la vinculación social de la que se ve expulsado mediante el uso de la droga. La experiencia del Dr. Claude Olievenstein en el Centro Marmotan en París, relatada en textos como Destin du toxicomane (1983) y La drogue ou la vie (1983), se opone a la adopción de un modelo rígido predeterminado.
Los modelos que hasta ahora hemos adoptado en México han sido siempre soluciones de compromiso, destinadas a llenar formatos estadísticos e informes que demuestren que no se tiene en el abandono a esos infortunados. Pero los contratos terapéuticos a determinado número limitado de sesiones, la aproximación cognitivo – conductual, moral ó de corte social, lo que descarta es que no hay un modelo predeterminado de tratamiento posible, porque no hay un caso único de drogadicto.
Emiliano del Campo
[4] explica:
“Esto quiere decir que el sujeto no debe de ninguna manera estar incluido en una dependencia incondicional, a la institución o a un terapeuta. Que la fase inevitable y necesaria de dependencia debe ser constantemente controlada por el imperativo de ser destruida. Imperativamente: es el término de la dimensión ética sin la cual la practica de esta actividad debería ser prohibida”.
Según Olievenstein
[5]: la función terapéutica, se debe apartar de los modelos clásicos, «el clínico debe aventurarse, de alguna manera, hacia una zona prohibida, entonces, por una vez, el debe franquear las fronteras, no como investigador sino con una mirada casi de iniciado (iniciático) para que el encuentro pueda producirse" Se trata de producir "momentos fecundos"», que alternen el acto y la palabra, para develar – cada vez un poco más – el misterio que sostiene la íntima y personal convicción del drogadicto en su manara de gozar, la que habita en su gran reserva de recuerdos que, cargada de gran afectividad, y que sostiene su identidad mutable. De este modo, la mesura del deseo podrá ir sustituyendo a la desmesura del goce. Se irá produciendo así a un sujeto de la demanda de curación, que no pulveriza de golpe el ser de un sujeto drogadicto.
El intento es que él mismo se pueda reconocer, para que se instale un efecto terapéutico, reconocerlo ante todo en su auténtica subjetividad, lo que va a permitir que acceda a formas más estables de relación, creer que siempre nos engaña, no solo es desconocerlo sino condenarlo moralmente a una figura degradada. Olievenstein insiste: "El rol del terapeuta es aquel que conduce poco a poco al deseo del paciente de construir una identidad diferente de aquella del drogadicto(...) sin esta alucinación a dos no hay lugar para la falta"
Sólo franqueando las fronteras que reprimen el sin-sentido se puede actuar en la subjetividad del drogadicto, "como co-explorador del sentido, paso a paso, en los mismos caminos-para un verdadero trabajo de reajuste de la historia del sujeto, tal como ella es vivida por él, una realidad más tolerable devendrá en él. Lo que no será posible, repitámoslo, sin la parte de iniciación del clínico en los "hechos primeros" de la vida del drogadicto"
[6]
Por supuesto, toda suerte de resistencias se juega en marcha, en la cura del drogadicto como parte de las transferencias múltiples.
En otras palabras, una terapia efectiva de la drogadicción, debe apoyarse en una comprensión dinámica psicoanalítica, en la utilización de los recursos que provee una comunidad terapéutica y en la evitación de la violencia y el forzamiento del tratamiento hacia el paciente. Esquemas que no se utilizan en el panorama de la salud mental en México, que pulula en modelos de corte AA (Alcohólicos anónimos) que evitan toda reflexión y comprensión hermenéutica del complejo problema que representa el horizonte de la drogadicción, refundiéndolo a un programa de superación moral, que si bien resulta adecuado para muchos alcohólicos, no puede serlo para los drogadictos, porque no se trata de la misma cosa.
La perspectiva médica, por otro lado, reduce el problema a la simple clasificación, ordenación y segregación social ó la aplicación acrítica de modelos neurológicos que hacen ver al toxicómano como un mal nacido, ó un criminal con tendencias impulsivas innatas. La violencia intrafamiliar, la marginación social, la familia disfuncional, son por otro lado, causas falsas dentro de la etiología imaginada por los teóricos de la salud mental. Si ese fuese el caso, todos los que provienen de esos horizontes estarían sumidos en las drogas, pero no es así.
Horizonte triste del toxicómano en nuestro país, expuesto al simple cambio de drogas por parte del psiquiatra, a la vigilancia social y a la cura sugestiva. Expuesto a la medicina sin control, la ética sin exigencia y la filosofía sin rigor, que representa la filosofía positivista de los tratamientos cognitivo conductuales y catárticos. Para el Estado resulta muy caro su tratamiento verdadero, para sus familiares resulta una carga, y para él mismo la droga se constituye en su único mundo posible ante la negación de una, otra, cualquier puerta que pudiera abrirse por parte de la medicina social.
Por eso se hace necesario un cambio de mentalidad en las estrategias de tratamiento que logre una comprensión mayor del problema subjetivo detrás del síntoma de la toxicomanía. Nada sino el psicoanálisis provee esa indispensable comprensión del problema anímico, histórico y genético de la realidad del toxicómano, y cómo decíamos al principio, el primer paso a resolver un problema es comprenderlo.
Queda por otra parte, sin resolver, y no es el momento más que para plantearlo, el asunto de la guerra contra las drogas. Esfuerzo inútil y tragedia nacional, establecida por encargo cruel de los Estados Unidos a su esclavo México, sin atender a los costos humanos y sociales del problema, a las implicaciones políticas de corrupción y de violencia. La guerra contra el narcotráfico nos hace daño a todos los niveles... por supuesto, el consumo de las drogas es peligroso para los jóvenes, pero también lo es el manejo de automóviles y no por ello se prohibe su uso. También el alcohol es perjudicial y es tolerado por la sociedad, de hecho, su prohibición en Estados Unidos lo único que trajo es poder a la mafia y otras organizaciones delictivas.
¿Podrá llegar el día en que nos plantemos sin pasión y seriamente otra salida al problema que no implique seguir al pie de la letra las instrucciones de nuestros vecinos del norte? ¿Cabrá la posibilidad de estudiar la legalización de ciertas drogas blandas como una salida a la invasión del narcotráfico?




[1] Aksenchuk Rosa. Toxicomanía y psicoanálisis. Del goce globalizado a la ética de la diferencia. Revista Psikeba. Nº 2 . Agosto de 2006. ISSN 1850-339X.
[2] Moreno Alfredo. Cuerpo, Toxicomanía y Psicoanálisis. Revista Acheronta. No. 23. Octubre de 2006. ISSN 0329-9147.
[3] Ídem.
[4] Del Campo Emiliano. La estructura de la pre-psicosis y pre-adictiva en la clínica de la drogadependencia. Revista Acheronta. No. 10. Diciembre de 1999. ISSN 0329-9147.
[5] Olievenstein Claude. La drogue ou la vie. 1983. Edit. Robert Laffont. Paris. Op. Cit. Del Campo Emiliano.
[6] Ídem.

1 comentario:

Alejandro Muñoz dijo...

Muchas gracias por el texto, me ha servido enormemente como referencia teorica (por las citas que tienes de Freud) para un trabajo en la Universidad.