lunes, 17 de enero de 2011

El hombre sin cabeza/ González Rodríguez


Quizá con retraso, cómo muchas de las cosas en mi vida, pero he terminado de leer El Hombre sin cabeza de Sergio González Rodríguez publicado por Anagrama. Debo confesar que la primera vez que lo intenté leer no pude aguantarlo, algo en el estilo directo, pesado, triste y oscuro, de esta escritura hecha con punzón, me resultaba pesado al punto de convertirse en desagradable.
Me remitía a todos esos lugares miserables de nuestra realidad que he tratado de evitar en mi vida y que sin embargo conozco de una manera u otra, no sólo por referencias, sino porque es la realidad de un México que mamamos desde niños y que encontramos una y otra vez, a la vuelta de la esquina en cualquier callejón negro de las calles en cualquiera de nuestras ciudades. Las escenas que describe son vívidas al punto de lastimar, todos los mexicanos hemos estado cerca de historias parecidas, conocemos los escenarios, las situaciones. Lo que lastima es verlas plasmadas no como si fueran parte de un texto de Sade o Masoch, de Genet o de Robbe – Grillet, tampoco es literatura surrealista lo que ahí se produce: se narra nuestra realidad y nada más, desnuda y maloliente, psicótica.
González Rodríguez es narrador, crítico y ensayista, consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural «El Ángel».
Estudió Letras Modernas en la UNAM y colabora en diversas revistas. Entre otras obras, ha publicado El Centauro en el paisaje (1992), finalista ex aequo del Premio Anagrama de Ensayo en Barcelona, España; y una investigación sobre poder político, narcotráfico y asesinatos de mujeres en la frontera de México y Estados Unidos, Huesos en el desierto (2002), la cual fue finalista del Premio de Reportaje Literario Internacional Lettre/Ulysses 2003 en Alemania. También ha publicado la novela El triángulo imperfecto (2003), una nouvelle conceptual-conjetural El plan Schreber (2004) y la novela titulada La pandilla cósmica (2005).
El ensayo - novela que comento, es en realidad inclasificable. Podría ser catalogado como un reportaje, pero los recuerdos y opiniones del autor surgen a través de las páginas, como ríos que cruzan una realidad hosca que parece sin esperanza. Algunos de esos recuerdos son como una especie de reflexión sobre los orígenes de un caos sin esperanza. La muerte es la patrona y la gran invitada en ésta tragantona de imágenes que marea al lector y le deja con la impresión de haber sido apaleado por sus letras (Personalmente, terminé asombrado y fascinado, aterrado y con dolor de cabeza después de leerle).
El autor pretende exponer la fuerza ritual de los descabezamientos que se han convertido práctica frecuente por la narco delincuencia en nuestro país. Su mirada va más allá del acto violento para mostrar las raíces sacrificiales y mágicas del acto. También nos muestra cómo el principal problema de nuestro país es y ha sido la corrupción institucional que ha alejado a los ciudadanos comunes de la política y de sus gobernantes. La degradación social no empezó en este siglo, sus raíces se remontan atrás, mucho más atrás.
Este texto, podría ser un análisis del poder corrupto y sus consecuencias, del regreso del Dios Pan a nuestro mundo, una muestra de nuestro fracaso al entrar en la modernidad, en la Razón, la quiebra del Estado de Derecho en nuestra nación, pero el propósito real de su obra, me es desconocido. Quizá sólo ha querido compartir con nosotros sus pesadillas, vomitarnos su malestar, exponernos el horror – cómo Susan Sontag lo dijo – para combatirlo.
En todo caso, es una novela, un libro que debe leerse… quizá el más importante texto literario mexicano en lo que va del siglo.

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