viernes, 11 de octubre de 2013

Letras sobre letras. Prólogo y presentación del libro de Fernando Figueroa.


¿Cuál es la vinculación de la literatura con la realidad? ¿Hasta qué punto la vida de un autor tiene una ligadura causa – efecto en su forma de expresarnos su fantasía? Indudablemente esas preguntas surgen cuando uno se encuentra con este libro de cuentos escrito por Fernando Figueroa.
Lo primero que topa uno en este conjunto de historias, es su espíritu filosófico, y con ello no me refiero al hecho de que el autor, se ocupe de tomar una línea determinada que defienda el partido, digamos por: Demócrito o Epicuro. Uno de sus cuentos más afortunados, plantea que en el principio de los tiempos la discusión entre la posibilidad de que todo sea producto del destino o del azar, tuvo lugar entre los Demiurgos del Origen y que al final la historia el asunto fue resuelto, sin que quedase claro a quién correspondió la victoria. No, Heidegger se refería a la filosofía como el arte de plantear preguntas más que ofrecer respuestas.
A nuestro autor, le interesan las paradojas de la vida y las plantea con un sentido del humor que se burla de las convenciones. Le gusta jugar con los personajes míticos y los héroes clásicos, con los Dioses y los Demonios, con la Muerte misma. Lo hace con inteligencia y con mordacidad, cada una de sus historias saca partido de las ironías que la vida plantea y, a veces, parece embromar al lector mismo en un tono que, curiosamente, no produce su enojo sino su completa simpatía.
Desde Aristóteles sabemos por su Metafísica que si no existiera el azar, todo sería necesario. Pero el mundo no es así. Lo accidental es parte del mundo, pero no puede ser estudiado por la ciencia porque ésta no se puede ocupar del azar, porque no es causa de nada en particular. Quizá entonces sea la literatura la que deba ocuparse de lo Real del azar, y nuestro amigo, presenta un conjunto de historias que podrían apoyar este punto de vista.
En sus letras corre el espíritu de Rabelais y de Kafka, de Cortázar y de Poe, pero también está presente Chéjov y sobre todo, Monterroso. Me gusta el tono sarcástico pero risueño de sus relatos, que nos regalan deliciosas ficciones, en que las tragedias más amargas tienen un fondo anisado, que se rebela contra el pesimismo total.
La cuestión de fondo en éstas historias es el examen crítico de un mundo contradictorio, complejo, a veces sin sentido, y que tratamos de explicar urgentemente por todos los medios. Es un literatura diferente, inventiva, escrita con gracia y sin demasiadas concesiones, que llega a exigir cierta cultura para la comprensión cabal de su discurso. Aún así, no se trata de letras góticas que no puedan disfrutarse con la simple lectura y ante todo, es lo que debería ser cualquier literatura: una experiencia gozosa y divertida. El ritmo y la armonía de sus historias nos conduce a través de un universo no esquemático que desafía los finales simples y que sorprende todas nuestras expectativas.
Es lo que yo llamo una literatura de viaje. Y no me refiero a aquélla que se gusta en un tren, un avión o un autobús, sino aquella que nos invita a transitar a otros mundos paralelos y cercanos al nuestro, diferentes y semejantes, pero con una estrecha relación con un origen común: el sueño, el deseo y la fantasía. Sus relatos son aforismos y paradojas que van del terror a la ciencia ficción, y que revelan sutileza aún en los momentos más dramáticos.
Llama la atención el estilo de sus cuentos que comprime a veces, en brevísimo número de páginas, más ideas de las que uno imaginaría. Sin duda, es un gesto voluntario, que habla de un estilo que podría uno calificar de oriental, tal y cómo el de Las Mil y una Noches. Eso nos lleva a quedarnos pensando cada historia, a saborearla y digerirla con paciencia. Son relatos luminosos, mágicos y vitales que nos invitan a reflexionar sobre nuestra vida cotidiana y a veces descolorida. Historias de amor, de desilusión y sinsabores, que yo eligiría leer con música de blues o de jazz. En ellas hay siempre un dejo de tristeza que habla de añoranza y pasión, de pasmo ante la conducta de los seres humanos, que van de la arquitectura más sublime, a la simple autodestructividad.
Eso nos lleva a volver sobre la pregunta que nos hacíamos al principio. A interrogarnos sobre qué tanto de la vida de Fernando se refleja en su literatura y cómo ha podido lograr esa mirada de extrañeza sobre la naturaleza humana, que es tan difícil de alcanzar para un individuo.
¿Cómo ha llegado a mirar cómo quien observa en la vitrina, la miseria y la grandeza del hombre?  Se necesita un espíritu no de científico, sino de periodista y artista que vaya más allá del determinismo absoluto y de la ideología. Fernando es un viajero en el tiempo y el espacio que cómo Odiseo se ha arriesgado a jugarse por la aventura a pesar de sus temores, atándose al mástil con tal de oír a las sirenas. Y para mí este gesto de valentía  es fundamental, porque dota de universalidad y belleza a su obra,  de profundidad para reconocer la incertidumbre que nos aqueja a nosotros, los mezquinos y egoístas individuos, en nuestra existencia.

1 comentario:

Vicent dijo...

Me ha gustado mucho su, podríamos decir, prólogo a este autor, los que vemos en la imposibilidad de dividir 1 euro en partes iguales entre tres personas vemos la paradoja de la existencia, esa paradoja y contradicción que subyace escondida y desnuda para quien la quiere oír, ver, escuchar y adentrarse valientemente en ella, quizá desde el discurso histérico y su búsqueda del saber, quizá desde la autoridad, que nos pone su límite, pero siempre valientemente.
Me parece, o quizá intuyo que sintiendo la contradicción paradójica de la vida, de la realidad, quizá repito, podríamos ser más tolerantes y, más en este momento de azoramiento donde parece que lo real ha respondido y debemos encauzarlo o al menos convivir con la nueva pregunta. Y la literatura, ahora sin quizá, es un verdadero modo para conseguirlo.

Un abrazo desde España

Vicent

Documental sobre Jacques Lacan