jueves, 27 de junio de 2013

Comentario a Festen de Thomas Vinterberg. Por Manuel Sol.




Festen es la primera película del movimiento Dogma 95 iniciado por Thomas Vinterberg, su director, y Lars von Trier. El filme sigue los postulados de sobriedad propuestos por el movimiento, lo que implica prescindir de escenografías, musicalización, efectos especiales, flashbacks, la apelación a un género cinematográfico, entre otros recursos.  Es de esta manera como nos presenta un tema crudo, el de una familia en la cual el padre viola a sus hijos, situación que permanece como secreto cercado en una familia burguesa marcada por el reciente suicidio de una hija.
La verdad es puesta al descubierto, luego de mucho tiempo, en la celebración del cumpleaños número 60 del padre; el festejo cumple su función de válvula de escape y permite la exhibición de lo reprimido, el momento de escándalo que, pese a los intentos de ser acallado, finalmente aparece pues después de todo se trata de una fiesta.
Junto con sus esposa Helge, el festejado, recibe a invitados y familiares, entre ellos una hija soltera, madura, que parece agobiarse por saltar de una relación a otra sin mucha satisfacción; otro hermano padre de tres hijos que al igual que su esposa parecen tener poca importancia en su vida conflictiva y desordenada la cual funciona como pantalla para acallar su realidad; no por coincidencia es este personaje, al que parece no importarle nada, el que menos resiste el testimonio de violación de Christian, el hermano gemelo de Linda la hija que se suicida ante el horror de revivir en sueños las violaciones de su padre.
Nuestra primera impresión es inevitable, estamos ante temas cardinales para el psicoanálisis: El patriarca de la horda primitiva que somete a los hijos súbditos generando los celos pero también la identificación, después, su derrocamiento y con ello la reunión fraterna entre los hermanos unidos por una culpabilidad común. Por otra parte el incesto, tabú generalizado el cual nos recuerda que nuestras diferencias como humanos son más bien del orden del folclor y, en cambio, existen similitudes que nos estructuran.
Pero esta observación puede cometer el error de quedarse en el frío descreimiento que ve en las elaboraciones freudianas una mitología o, en el mejor de los casos, una metáfora de la subjetividad humana. Uno de los aciertos de Festen es que nos presenta, en un justo equilibrio, la temática en su dimensión paradigmática y por otra parte su carácter formal nos acerca a la realidad de un tema más común de los que nuestras sociedades quisieran aceptar.
Si nuestro interés por el psicoanálisis nos mueve a ocuparnos por lo menos en la mirada del acontecer subjetivo en el que vivimos, no habría de sernos ajena la existencia usual de abusos no sólo al interior de las familias, sino también en la trata de menores la cual funciona muchas veces bajo el consentimiento de las autoridades; como han mostrado los testimonios de periodistas como Lydia Cacho.
De igual manera casos como el de Josef Fritzl —quien encerró a su hija en un sótano de 1984 a 2008, abusando sexualmente de ella desde la edad de once años y procreando 7 hijos/nietos— indican que lejos de ser mitos, las explicaciones del psicoanálisis arrojan luz sobre estructuras inherentes a nuestra constitución psíquica capaces de aparecer en la realidad en sus formas más extremas.
Aunque sabemos de la inmediata condena dirigida por nuestras sociedades a casos de abuso de menores e incesto, sabemos también que son realidades que se ocultan. En las sociedades actuales el cuerpo del niño, a pesar de ser tabú y prohibición primordial, o precisamente por ello, es objeto de goce: la trata de menores ocurre en el subsuelo, en el vecindario de Josef Fritzl nunca nadie pareció darse cuenta de la terrible situación, igualmente la violación a un menor se esconde, se calla.
Este es el caso de Christian, portador de una verdad que intenta ser reprimida no sólo por la familia sino también por los invitados, representantes de una sociedad que rehúye la mirada a estos problemas. Luego de los testimonios donde acusa a su padre de violarlo a él y a su hermana siempre hay alguien que prosigue con un brindis o cambiando el tema exhibiendo una frivolidad por momentos grotesca, renegación de lo dicho por Christian. “Hace falta más que eso para sacudirlos” le dice su padre. Pero Christian vuelve una y otra vez; como ese sujeto revoltoso e impertinente que describe Freud en su primera conferencia en la Clark University es el inconsciente al que desalojan del salón pero hace todo lo posible por regresar. Se le toma por loco, descarriado, hasta se le acusa de tener mucha imaginación, su madre le dice “debes aprender a distinguir entre la realidad y la ficción”.
Un documento famoso por abordar el tema de la seducción y el abuso sexual de niños es el texto Confusión de lengua entre los adultos y el niño[1] (1932). Freud intentó convencer a Sandor Ferenczi, su autor, de no dar a conocer su escrito, pues lo consideró un retroceso con respecto al abandono de la teoría de la seducción. En cierta medida parece que Ferenczi da una mayor importancia al trauma real de un abuso que a la fantasía de una seducción: “nunca se insistirá bastante” dice “sobre la importancia del traumatismo y en particular el traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños de familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias y de violaciones mucho más a menudo de lo que se cree”. Y más adelante continúa “la objeción de que se trata de fantasías de los niños, es decir, de mentiras histéricas, pierde toda su fuerza al saber la cantidad de pacientes que confiesan en el análisis sus propias culpas sobre los niños”.
Desde una perspectiva que busca reposicionar el compromiso del analista ante la posibilidad de realidad del relato del paciente, Ferenczi se ocupa de analizar las reacciones y los efectos del abuso sexual en el niño. En primer lugar subraya una diferencia en la forma de concebir el encuentro, a eso se refiere con confusión de lengua, el niño, nos dice, permanece en el “ámbito de la ternura” mientras el adulto “persona madura sexualmente” lo vive desde el ámbito de la pasión.
Esta separación de términos nos confunde aún más respecto a la posición de Ferenczi pues por un momento parece ignorar la teoría sexual de Freud y volver a la concepción del niño como un ser inocente que nada sabe de la sexualidad. Ferenczi habla de una teoría de la genitalidad propia en la que distingue una fase de la ternura y una fase de la pasión, la primera correspondería al infante, la segunda al adulto; su encuentro daría lugar a esa confusión en la que el infante no sabe como interpretar el ser objeto de un amor pasional y el adulto “transforma a un ser que juega espontáneamente, con la mayor inocencia, en un autómata, culpable del amor, que, imitando ansiosamente al adulto, se olvida de sí mismo”.
Si bien para el niño es imposible simbolizar e incluso entender situaciones de la vida sexual de los adultos es necesario decir que esto no pasa necesariamente porque viva sus pulsiones de una manera tierna, observemos a los niños, también a los padres, si de algo no carece esa relación temprana es de pasión. A diferencia de Ferenczi cuando en los Tres ensayos[2] Freud habla de una corriente tierna de la vida sexual lo hace para referirse al atemperamiento de las metas sexuales entre el periodo de latencia y la pubertad, es decir, para Freud la ternura aparecería como producto secundario luego de una represión.
Lo que habría que rescatar del uso que hace Ferenczi de las palabras ternura y pasión es su referencia a eso que llama una confusión de lengua, es decir, una forma distinta en que es vivida la sexualidad por una parte en el infante, quien no ha alcanzado el desarrollo de la genitalidad y por otra del adulto, quien entiende esta meta.
La violencia del abuso sexual a niños tiene esa particularidad, es el encuentro, para ponerlo en términos freudianos, de una organización pregenital y una genital. Entre los efectos que este encuentro tendría para el infante Ferenczi señala: primero una reacción de rechazo y desagrado inhibida por el temor y la indefensión ante la autoridad del adulto. Resignada esta reacción, y ante el sometimiento, habría una identificación con el agresor que le haría desaparecer como realidad exterior. La introyección del agresor, según Ferenczi, da la posibilidad de transformación y modelado siguiendo el proceso primario y poniendo al servicio del principio del placer otros mecanismos como la negación, la idealización o la escisión.
Esto nos recuerda las razones que da Linda para su suicidio, su padre vuelve a violarla, ahora en sus sueños, pero la fuerza del evento es tan dura como lo había sido en la realidad; no le queda otra salida que quitarse la vida para escapar de su agresor y a la vez quitársela al padre introyectado que sigue abusando de ella. En Linda, a pesar del tiempo, sigue actuando esa sobrecarga de estímulos sin ligadura producto del abuso sexual y del incesto hechos realidad.
A pesar de que en un primer momento los intentos de la familia por acallar y desacreditar a Christian nos hacen desconfiar, la película no tiene la intención de hacer dudar al espectador de lo verídico de su testimonio. Helge no sólo da lugar a la fantasía, no es la representación de un padre mítico, sino que encarna ese papel dejando a sus hijos en la necesidad de lidiar con una terrible realidad.
Es en 1897 cuando Freud abandona la teoría de la seducción, pues sabe que no es posible hallar para toda neurosis un rastro concreto de abuso o seducción. Ya en una carta a Fliess del 6 de abril[3] le informa de un elemento nuevo como fuente de la histeria, le habla de “las fantasías histéricas, que […] por lo general se remontan a las cosas que los niños oyeron en época temprana y sólo con posterioridad entendieron”.
Este punto de inflexión importantísimo para la teoría psicoanalítica implica la comprensión de la existencia de una realidad psíquica actuando paralelamente a la realidad exterior. Otra escena en la que el deseo incestuoso es capaz de generar la fantasía de seducción por parte de un adulto, generalmente uno de los padres, con lo que el trauma se ve supeditado a la fantasía tamizada por el deseo.
Hay entonces un complicado cruce de fronteras en la construcción de un relato de violación referente, por ejemplo, a la parte negada y ocultada o a los restos no simbolizados del hecho vivido por el infante. Sería una necedad buscar un relato objetivo pero de ninguna manera eso implica negar la existencia real de este tipo de hechos. Es necesario evitar el maniqueísmo de sobrevalorar no sólo a la realidad sino también al fantasma.
Una de las tareas del psicoanálisis consiste precisamente en entender las implicaciones de su puesta en duda de la realidad objetiva, como estudiosos de esta disciplina debemos ser capaces de tratar con las trampas de la memoria, entender sus efectos y determinaciones en los sujetos y en la realidad; pero no podemos dejar de lado los efectos de la propia realidad y los momentos en que cobra efectividad, en el psiquismo, la violencia de un suceso al que una persona puede ser sometida sin que su mundo interno participe como causante del acto.

Manuel Sol Rodríguez




[1] Ferenczi, Sandor. Confusión de lengua entre los adultos y el niño. Disponible: http://www.isabelmonzon.com.ar/confulenguas.htm. Abril 2013.

[2] Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas VII. Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
[3] Freud, Sigmund. Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud. En Obras completas I. Buenos Aires, Amorrortu, 1992.

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