domingo, 25 de octubre de 2009

Poética y psicoanálisis... presentación libro Rosario Herrera.

¿Cómo hacer una presentación de un libro?

Es una pregunta difícil de contestar, sobre todo si se trata del texto de una amiga querida de muchos años y con la que he estado en contacto afectivo de una manera u otra a través del tiempo.

Diré algunas palabras sobre su persona: Luz María del Rosario Herrera Guido nació en el DF y es Licenciada en Filosofía (UMSNH), Maestra en Psicología en la Universidad Autónoma de Querétaro, Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (UNED), Doctora en Psicoanálisis en el Centro de Investigaciones y Estudios Psicoanalíticos de México. Es integrante de la Asociación Internacional de Estética, la Asociación Internacional de Ética, la Asociación Filosófica de México, Miembro Honorario del Círculo Psicoanalítico Mexicano y Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SIN, Nivel I), del CONACYT, perfil PROMEP (2003-2009). Desde 1974 hasta la fecha labora como Profesora de tiempo completo en la UMSNH, durante 1992-1996 fue Directora de la Facultad de Filosofía y tuvo a su cargo la coordinación general de publicaciones y la dirección de la Revista Devenires, dentro de la Facultad de Filosofía de la UMSNH.
Ha participado como conferencista magistral y ponente en eventos nacionales e internacionales (Buenos Aires, Perú, Colombia, Chile, Brasil, Costa Rica, Madrid, Morelia, Guadalajara, México, San Cristóbal de las Casas, Querétaro, La Paz, Baja California, Chihuahua).

Su nuevo libro es fiel a los temas que ella trabaja: filosofía y psicoanálisis, cultura y educación, poética, hermenéutica, filosofía política, filosofía y escritura, pensamiento contemporáneo.

Freud durante su tiempo de vida, quiso probar que el psicoanálisis era una ciencia, fue una obsesión que le acompañó siempre como un sueño repetitivo. De esos que vuelven cada tanto, especialmente en noches de luna de octubre, despertándonos inquietos para arrojarnos finalmente al insomnio.

El creador del psicoanálisis, se esforzó por asignarle un estatuto epistemológico que pudiera hacerle reconocer como ciencia por los filósofos y científicos de su tiempo. No lo consiguió, en parte por las resistencias ideológicas del prejuicio de una época a sus ideas socialmente incómodas, que finalmente reivindicaron el papel subversivo de la sexualidad, pero también, debido a su propia esencia que le sitúa lejos de las ciencias ampliamente reconocidas y constituidas en el mundo académico.

Gombrich, uno de los autores más importantes en la historia del arte, ha situado como los acontecimientos más importantes del siglo XX, a la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial y al psicoanálisis.

Al equipararlo con esos dos acontecimientos formidables, le da el estatuto de cataclismo, temblor, desastre del mundo y revolución. Una trayectoria de colores oscuros y luces destellantes.

Nadie que haya aspirado el ambiente cultural de ese siglo − al que no acabamos de decir adiós −, ha podido evitar la obligación o el encanto de relacionarse con el psicoanálisis. Remo Bodei nos dice que su saber trascendió los límites específicos de su disciplina, convirtiéndose en una koiné o lingua franca que se utiliza para interpretar múltiples fenómenos, sea en el ámbito de las ciencias humanas, sea en la frontera entre éstas y las ciencias naturales (la medicina, la psiquiatría, la psicología, la biología, etc).

Señala también que está de moda hablar mal del psicoanálisis, sobre todo en la cultura del imperio norteamericano, y que el filo cortante de la teoría, se ha perdido en buena medida por la aceptación y vulgarización de sus conceptos, así como la mala práctica de algunos de sus seguidores. Se reconocen siempre menos los aciertos que las fallas.

Pero quizá el mayor problema que sufrió Freud y que aún nosotros cargamos es el de situar a la ciencia y su lenguaje formal en el lugar de verdad. Hubo un tiempo en que el saber más importante fue la filosofía y llegamos al momento en que el saber empírico, las pruebas del laboratorio y las estadísticas parecen situarse del lado de la verdad. Sin embargo, poco pueden decir esas prácticas del significado y origen del miedo, la alegría, la angustia, la esperanza y el goce.

Curiosamente en el tratamiento de la locura, los psicólogos se apartan, cediendo el camino a los psiquiatras, concediendo que la enfermedad mental es un hecho biológico que será mejor estudiado y domado por el médico. La depresión − lo escupen las voces de los especialistas en la radio y la televisión − es una enfermedad, producto de un desbalance bioquímico del cerebro. La falta de oportunidades de empleo, de realización personal, el extremo celo de los padres sobre los hijos o su desinterés total de ellos, el miedo que nos causa la violencia creciente en nuestro país, y el individualismo egoísta de nuestra sociedad, son sólo eventualidades sin importancia.

Sin embargo, el poder psiquiátrico − lo ha mostrado Michel Foucault − se presenta como una práctica en la cual la verdad no se pone en juego, más bien, se trata de articular un poder disciplinario a través de un dispositivo aplicado. No se trata de curar al enfermo, sino de controlarlo, aislarlo y hacerlo dócil a un régimen dietético en el sentido más amplio, se le restringe para probar de la vida a su manera. Se le normaliza en lo que es factible, porque siempre seguirá siendo una fuerza rebelde, o se le aparta de la sociedad para no volverlo a dejar entrar.

Lacan por su parte, retomó ese sueño y lo mezcló con la cultura de su época, cómo se hace un buen Pernod Martini para ofrecernos un producto original e insólito, que no acaba de saber bien para aquellos que no tienen el gusto atento que requiere el perfume extravagante de un cóctel cosmopolita.

Le hizo tomar el lugar de verdad, lo acomodó en el lugar de una ética del deseo, incluso una filosofía, le concibió transitando de automaton a tyché, de método riguroso a fulgor de un disparo oportuno, lo llevó de psiquiatría de etiqueta a peste bubónica, a moda y demanda social. Y le intentó transmitir, usando un estilo particular que a mí, individualmente, no me acaba de convencer. Estoy más cerca de los conceptos que de la figura de Lacan, a quien no venero como hombre, semidios o profeta de ninguna nueva religión. Quizá porque no me iluminó la luz de su carisma personal, y mi transferencia hacia el texto se queda en la letra y no en esa médula del hombre que la produjo.

De su persona me sorprende su lucidez, tanto como la crueldad con sus seguidores, muchos de los cuales formó según su imagen y semejanza. Sus caprichos y sus ademanes de amo los puede uno observar en Utube sin ningún esfuerzo, y no me convencen. No parece encantador sino impertinente, algo farsante y hasta malcriado, lenguaraz y un poco desvergonzado. También es posible que sean éstas las razones por la que sus alumnos le adoraban y hasta hoy tratan de imitarle, sin haber comprendido que su enseñanza y ejemplo no eran santificables.

Es difícil hacer hoy un recuento total de su proyecto, que parece inconcluso a final de cuentas. Creo que él mismo perdió el camino al final de su vida, cuando dejó los matemas y el signo utilizados como un lenguaje metafórico, para intentar llegar a una transmisión sin pérdida a través de la topología y la teoría de nudos.

Sokal y Bricmont, científicos y epistemólogos contemporáneos, han criticado que Lacan en ninguna parte de su obra fundamenta o justifica suficientemente, la importación de terminología de las ciencias exactas al dominio del psicoanálisis. Dichos autores especulan que la intención de Lacan era impresionar e intimidar a un público no familiarizado con conceptos científicos, para darle una apariencia de rigor y cientificidad a sus formulaciones.

Es una crítica formal y devastadora, los autores subrayan que en cualquier otro campo del conocimiento, el recurso de importar terminología científica para explicar fenómenos de una esfera del conocimiento distinta, debería ser congruente con una sustentación convincente. Lo cierto es que, ambos, se ocupan en un libro de demostrar los errores de Lacan al abordar una terminología sobre la que parece no tener conocimientos suficientes. Por ejemplo, señalan su confusión de los números imaginarios con los números irracionales, y la extrapolación arbitraria de conceptos de dominios diferentes con significados muy distintos, como la noción matemática del “espacio compacto” aplicada al “campo de goce” en psicoanálisis.

La utilidad de la terminología de las ciencias exactas para el psicoanálisis ha sido defendida por los discípulos de Lacan, pero al menos estas dos críticas – su no justificación rigurosamente empírica y la aplicación errónea de ciertos conceptos –, no han sido debidamente contestadas y las extrapolaciones del campo de los conceptos lacanianos a las ciencias sociales no son siempre precisas. Quizá sea también, porque el psicoanálisis está más cerca de la filosofía y el arte que de la ciencia.

La formalización extrema en el campo lacaniano, parece ir acompañada de traspiés y resbalones. Quizá el problema que preocupó a Freud, respecto a la necesidad del psicoanálisis por demostrar su cientificidad y formalidad, volvió a Lacan como una pesadilla recurrente, periódica e incomprensible.

Es la mía una visión personal, en la que aprecio que esa vuelta al logos socrático, se aleja de la locura presocrática y quizá también de la poesía. A pesar de lo que he criticado antes de Lacan, me gusta más ese Lacan cínico, que un laboratorista que intenta desesperadamente ir más allá de la metáfora y apresar lo real a través de lo real mismo. Prefiero al Lacan que duda, que al maestro del lenguaje altamente formalizado que puede explicar todo y no equivocarse, al estilo de un par de profesores que lo único que siembran con eso es la esterilidad.

Coincido con Rosario Herrera al citar al mismo Lacan, en que el discurso del psicoanálisis transita entre lo metafórico y lo científico especulativo, lo lingüístico y lo poético. Un sistema científico universal sería la muerte de la poética, y una poética universal la muerte de la racionalidad y de la ciencia.

También pienso que en esa disciplina que llamamos psicología y definida de manera dolorosa por Canguilhem como una filosofía sin rigor, ética sin exigencia y medicina sin control, el psicoanálisis es la única alternativa para su práctica clínica (a final de cuentas la más importante), para no hundirse en la metodología pseudocientífica, una hermenéutica doctrinal o una práctica irresponsable.

No es un secreto que "poética", en el sentido exacto de la palabra, quiere decir el estudio de la obra que va a realizarse. El verbo, del cual proviene, no significa otra cosa sino "hacer", “crear”.

Dice Stravinsky − enemigo jurado, por cierto de nuestra disciplina −, que la poética de los filósofos de la antigüedad, no consentía lirismos sobre el talento natural, ni sobre la esencia de la belleza. La misma palabra englobaba para ellos las bellas artes pero también las artes útiles, y se aplicaba a la ciencia y al estudio de las reglas verdaderas y precisas de un oficio. Así ocurre que la Poética de Aristóteles sugiera constantemente ideas de trabajo personal, de ajuste y de estructura.

El libro de nuestra Rosario aplica los principios de un estudio semejante sobre la disciplina del psicoanálisis. Emplea de manera consecuente su experiencia intelectual y vital para examinar el ¿Qué hacer? del psicoanalista.

Analiza los principios de este arte más que ciencia, empujando la balanza hacia la pregunta ética: ¿Has actuado conforme el deseo que te habita? Su visión del inconsciente es fiel a los textos de Lacan en que éste afirma que más que una bodega, es un fenómeno que se produce en el momento, una poesía que se actualiza y adquiere sentido con la escucha del otro. Un texto producido por el cúmulo de significantes que nos preceden y que actúan, sin que nosotros estemos al tanto de ello.

Sabemos con Heidegger, pero también intuitivamente desde siempre, que la poesía está emparentada con la verdad. Cuando se poetiza se va más allá del pensar, se brinca de la tierra al campo de lo celeste. Se deja atrás la simple argumentación para jugar en la línea ambigua dónde la luz se convierte en sombra y viceversa. El poeta no construye conceptos, sino crea remolinos.

La casa del Ser es el lenguaje, pero el poeta tuerce este lenguaje para ir más allá del pensar hacia lo desconocido y lo profundo. Freud cuando inventariaba las cualidades que debían formar a un analista, hablaba de conocimientos en materia de filosofía, historia de las religiones, mitología, literatura, quizá debía haber agregado dotes poéticas. Capacidad para flechar, como el arquero zen con los ojos cerrados, en el blanco lejano. Pero el secreto de ese tino no está en el aprendizaje que puede obtenerse de un manual de tiro, sino en la capacidad de fundirse con el entorno, incluso borrarse para originar juegos armónicos, melodía, presteza de vibraciones, en un solo e insólito movimiento.

Esos significantes polisémicos, no están ahí para ser develados por un maestro de la significación que conoce en base a un código las claves del mensaje que se produce. El código y el mensaje están en el paciente, y sólo él, podrá realizar la labor de significación. Una interpretación se puede dar así, a través del silencio y no necesariamente en una construcción difícil atestada de palabras.

En el camino, Rosario, plantea algunas afirmaciones difíciles que extrañaran al lector no familiarizado con el discurso lacaniano y el retorno a Freud, e incluso lo tomarán por sorpresa y hasta escandalizaran. Cito:

− El psicoanálisis ve al Bien como un obstáculo al deseo pues rechaza los ideales de la felicidad y la salud (que al asumirlos la psicología del Yo, renuncia al discurso psicoanalítico). Por ello, el deseo del analista no es el bien ni la cura del analizante. En tanto la ética tradicional vincula el bien al placer (que introduce la problemática hedonista), la ética del psicoanálisis revela la duplicidad del placer, pues hay un límite al placer que de desbordarse se convierte en dolor (en goce).

− La verdad y el error se copertenecen. La verdad es revelada en los lapsus. La relación entre la verdad y el error es evoacada por Lacan a través de la estructuración que emprende la palabra, en busca de la verdad, como el error que se fuga en el engaño y es atrapado al fallar. Lacan, muy avanzada su enseñanza, habla del inconsciente como “un embuste”.

El sujeto es el efecto del significante, pero esta operación deja un resto: el objeto @. El ser en psicoanálisis se llama objeto @, y es un ser que escapa al significante, se encuentra fuera de las palabras, es el ello que remite al silencio de la pulsión. Es la represión primordial, como innombrable, el ombligo del sueño que escapa a la captura significante, pero es fundante del inconsciente.

No me corresponde esclarecer éstas aseveraciones. Aquí tenemos a la autora, para comentar y explicar algo de su propio libro. Debemos agradecer a Rosario el viaje y la fortuna de tenerla entre nosotros, tenerla aquí me proporciona también la oportunidad de darle personalmente las gracias por el cariño y la amistad a través del tiempo, también por su ejemplo como analista, crítica de la sociedad, editora, filósofa. Si no hubiera sido por su revista La Nave de los Locos, quizá no habría yo concebido hacer una revista como Carta Psicoanalítica. Esa nave aún llega al puerto de otras generaciones, hace poco encontré en Puebla a un librero ofreciendo números al público como si fueran nuevecitos, y fui testigo del interés de jóvenes por sus contenidos.

El libro es una anatomía intelectual de las inclinaciones de la autora, ella ha querido compartir con el lector su intimidad de investigadora del alma y psicoanalista, nos quiere hacer cómplice de su escritura y generosamente nos dice cómo llegó a ciertas conclusiones que no son evidentes. Nos muestra el camino que ella siguió y nos invita a los lectores, trata de seducirnos, a la aventura de seguirla.

Los referentes de Rosario son filósofos como Deleuze o Kant, Heidegger o Nietzsche, Althusser o Kierkegaard, desde luego Derrida. También Gadamer, Ricoer o Beauchot. Poetas como Heine y Paz, escritores como Bataille y Tournier. Y del psicoanálisis toma a Miller, Soler y Pommier, así como a los argentino-mexicanos Braunstein y Saal. Marcas de su trayectoria en el camino de esta disciplina, señales también de sus transferencias, de sus amores y algunos desamores.

Algunos de esos nombres, compartidos con ella a través del tiempo, mueven aún profundamente mi espíritu, otros ya sólo me fatigan. Le reconozco infinitamente a mi amiga su falta de cautela y la sinceridad franca que nos ofrece como autora. Siempre en el centro, Freud y Lacan, este es un libro dedicado a entender su práctica y su pasión por la exploración del inconsciente. Su libro no es un inventario de pasos para convertirse en analista, ni un manual de clínica, sino más bien un poema abierto a la lógica de sentido que ustedes quieran darle. No es producto de la aplicación dogmática de la teoría o un milagro de revelación, sino de la concentración en el trabajo de muchos años, de búsquedas afortunadas y también desvíos infructuosos, ella nos ofrece la nuez de algo que le ha tomado una entrega de muchos años al estudio de la filosofía y el psicoanálisis.

Sus propuestas merecen discutirse, ella levanta la hipótesis de que el inconsciente está estructurado no sólo como un lenguaje sino como una poética. Sobre la falta en ser y la división del sujeto.

¿Cómo explicar todas estas cuestiones sin embrollarse en la teoría demasiado? Cesare Pavese terminó su vida en Turín después de sufrir un amor desgraciado, antes de suicidarse escribió este poema:


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo.

Tus ojos serán una vana palabra, un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana cuando sola sobre ti misma te inclinas en el espejo.

Oh querida esperanza, también ese día sabremos nosotros

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como abandonar un vicio, como contemplar en el espejo el resurgir de un rostro muerto, como escuchar unos labios cerrados.

Mudos, descenderemos en el remolino.


Esta muerte trágica vuelta reproche contra la amada, terminó con un poema que habla del valor de las palabras y lo inefable que se esconde detrás de ellas. Del famoso objeto @ lacaniano que va más allá del espacio y el tiempo. Su cuerpo de poeta desfallecido renace en esos signos, hermosos sin par, pero letales. Nos duele a todos la vida por esa muerte que demuestra lo inútil de vivir sin poder amar o ser amado. Éste es el poder de la poesía y también de la letra. Gracias por tus letras y tu poesía, Rosario.

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Documental sobre Jacques Lacan